Descubriendo Valencia

Pontevedra
22 de agosto 2021

Añorando mejores tiempos, en los que trotábamos por el mundo sin otro pasaporte que ese documento envejecido repleto de sellos estampados en letras exóticas, me sorprendí hurgando en las páginas viajeras de la National Geographic. Mientras, imaginaba una nueva forma de viajar, hacia pueblos pintorescos, naturaleza exuberante o interesantes ciudades, en uno de los países más ricos en patrimonio y cultura, consciente de que España tiene todavía muchas cosas que mostrar

Descubriendo Valencia Marga Díaz

Añorando mejores tiempos, en los que trotábamos por el mundo sin otro pasaporte que ese documento envejecido repleto de sellos estampados en letras exóticas, me sorprendí hurgando en las páginas viajeras de la National Geographic. Mientras, imaginaba una nueva forma de viajar, hacia pueblos pintorescos, naturaleza exuberante o interesantes ciudades, en uno de los países más ricos en patrimonio y cultura, consciente de que España tiene todavía muchas cosas que mostrar.

Vaciamos las cámaras, cargamos las maletas y volamos hacia Valencia, la capital del Turia, una ciudad que conserva la esencia del pasado en contraste perpetuo con la arquitectura más vanguardista. De hecho los Jardines del Turia recorren la capital hasta adentrarnos en La Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde nos aguardan los edificios más futuristas: El Palau de las Artes, el Museo de las Ciencias, el Hémisferic (enorme cine digital en 3D), o el fascinante mundo submarino del Oceanographic, obras del arquitecto valenciano Santiago Calatrava de gusto incontestable, aunque no exentas de polémica.

Bañadas por el lago diseñado a sus pies, estas construcciones acompañan al hermoso jardín del Humbracle o al puente d'Asut d'Or. Aquí por la noche la ciudad se vuelve mágica y nos regala una experiencia preciosa al caminar con las luces reflejando los hermosos perfiles en las aguas del lago.

Al amanecer, antes de que apriete el calor nos adentramos en la Valencia más auténtica, donde la huella del Modernismo ha logrado conjugar un hermoso acento decadente con el cuidado exquisito de calles y edificios. La concurrida Estación del Norte y el animado Mercado Central son algunos de sus mejores exponentes. En el mercado además de adquirir productos típicos de la gastronomía valenciana, nos va a sorprender la variedad de colores de frutas y hortalizas que se funde entre el bullicio de vendedores y clientes.

Otro referente de la vida valenciana es el Barrio del Carmen en la Ciutat Vella, donde podemos atravesar las antiguas puerta de las Torres de Quart y de Serranos adentrándonos en las callejuelas del casco antiguo, en el que despunta la torre barroca de la iglesia de Santa Catalina como un guía visible desde cualquier punto, para llegar al corazón valenciano.

A un paso asoma la Catedral, una mezcla de estilos en la que predomina el gótico, aunque con elementos del románico tardío y modificaciones posteriores, renacentistas, neoclásicas y barrocas. Según la tradición en la hermosa capilla del Santo Cáliz se guarda el Santo Grial. Los frescos renacentistas del Altar Mayor, con su coro de ángeles tocando instrumentos musicales, y las puertas del retablo pintadas al temple son otras maravillas que hacen de la Catedral una visita imprescindible, aparte del reclamo del emblemático Micalet y sus fantásticas vistas.

Muy próxima, en la Plaza del Arzobispo, la Cripta Arqueológica de la Cárcel de San Vicente Mártir acoge una experiencia sensorial muy interesante: los restos de la antigua cripta en la que se encarceló al Santo. La visita transcurre entre luces y sombras mientras la voz sugerente de una proyección audiovisual consigue trasladarnos a épocas lejanas y oscuras.

Tras este asombroso viaje al pasado donde la leyenda de San Vicente Mártir cobra tintes de novela histórica negra, volvemos al bullicio de la Valencia comercial, tradicionalmente privilegiada por el paso de las rutas de oriente y occidente. De este carácter mercantil de la urbe nació uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad: La Lonja de Mercaderes.

Conocida también como Lonja de la Seda, es una hermosa muestra del gótico civil Valenciano. Su entrada precedida por un fresco patio de naranjos anticipa la maravilla que acoge este edificio enigmático repleto de figuras y símbolos. De ahí accedemos a la Sala de Contratación, un laberinto de columnas que la hace tan asombrosa como bella. Atravesando una pequeña capilla dedicada a la Inmaculada, una puerta labrada en piedra nos acerca a la Sala del Tribunal con salida también al patio. Las escaleras exteriores dan acceso al Consulado del Mar donde se conserva un bello trabajo en tonos dorados y policromados del artesonado de la antigua Casa de la Ciudad, hoy desaparecida.

La planta alta de la Torre fue utilizada además como cárcel de mercaderes para quienes no pagaban sus deudas, así que es fácil dejarse llevar por la imaginación hasta la Venecia Shakesperiana, donde la falta de pago del mercader casi le hace perder la honra y hasta su propia carne.

Abandonamos la Lonja con la sensación de dejar atrás unos tiempos algo truculentos, y cambiando de aires caminamos las calles del centro hasta encontrarnos con una de las grandes plazas valencianas, la del Ayuntamiento, donde se celebra la Mascletá entre construcciones modernistas y de estilo ecléctico como el Palacio de Comunicaciones (Casa de Correos) y otros edificios emblemáticos como la propia Casa Consistorial con su torre del reloj apuntando al cielo.

Desde aquí en un paseo de pocos minutos llegamos a uno de los rincones con más encanto de Valencia: la Plaza Redonda, un pequeño espacio que comparten tiendas de artesanía y de productos típicos con bares de tapas o cafeterías, representa como nadie el bello contraste entre tradición y modernidad.

Dejando paso a la cultura, siempre presente en cada viaje, Valencia nos abre un amplio abanico de opciones, imposibles de abarcar en pocos días.

El Museo de Bellas Artes, que acoge obras de grandes maestros como Murillo, Velázquez, Goya o Van Dick y por supuesto Sorolla y otros grandes artistas valencianos, es una buena opción para comenzar el día.

Podemos continuar por el Museo Arqueólogico de la Almoina que en un abrir y cerrar de ojos nos traslada al pasado de la Valentia romana pero también a los antiguos territorios musulmanes o a la Valencia más cristiana.

Y si buscamos algo menos intenso, el Museo Fallero nos presenta un recorrido por la fiesta valenciana, desde sus inicios hasta la actualidad, mostrando los ninots más representativos y curiosos de las Fallas.

Finalmente el Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias, confieso que mi favorito, nos recibe con una imponente fachada: El Palacio del Marqués de Dos Aguas no deja lugar a dudas, este es un edificio especial. En su interior la sucesión de salones y cámaras decoradas con gusto exquisito y la importante colección de cerámica y pintura lo convierten en una de las visitas más recomendables de la Valencia artística.

Pero el arte en Valencia va mucho más allá de lo que acogen sus museos, y aparece en cada rincón en fachadas monumentales de iglesias como la de los Santos Juanes o en interiores deslumbrantes como el de la excepcional San Nicolás totalmente cubierto de frescos barrocos .

En contraste, la hermosa sobriedad del románico se conserva junto al gótico naciente en el conjunto Medieval de San Juan del Hospital: La Iglesia acoge en la Capilla de San Miguel unas hermosas pinturas murales y el Cementerio Medieval media docena de sepulcros protegidos en arcosolios, algunos de ellos con restos de policromía, una visita imprescindible que cobra especial interés al caer la noche.

Dejando atrás las huellas de la Valencia artística y monumental, un paseo por los espacios verdes de la ciudad nos va a permitir un respiro en los meses calurosos, cuando la canícula marca las horas centrales del día. Además los jardines de Monforte, los antiguos Viveros del Jardín Real o la Alameda, sirven también para descubrir bellas esculturas, árboles señoriales y algunos de los puentes más emblemáticos que atraviesan la ciudad.

Pero no hay que olvidar que Valencia es una ciudad abocada al Mediterráneo y por tanto conserva ese carácter abierto y desenfadado, así que en las noches de verano cuando la ciudad se vuelve más amigable sin el bochorno de la humedad y de las altas temperaturas, se despliega un sinfín de opciones para el ocio. Cafés, pubs y restaurantes compiten con las terrazas de la Plaza de la Reina, donde probar la horchata fresca o una variedad de helados frente a la impresionante portada de la Catedral. Y a la vuelta de la esquina, en la Plaza de la Virgen, las terrazas son otro clásico punto de reunión al aire libre, junto a la monumental Fuente del Turia que casi incita al baño.

Los días pasan y antes de regresar nos quedan las últimas opciones en las afueras de Valencia, o no tanto, porque la Malvarrosa con su amplio paseo a pie de playa está a un paso del centro. Allí podremos disfrutar uno de esos momentos únicos probando una buena paella o un arroz á banda al caer la tarde.

La Albufera es otro de los lugares emblemáticos de Valencia adonde nos debemos desplazar en coche o en bus. Podemos acercarnos directamente al embarcadero o bajar en la parada de uno de los pueblecitos aledaños y desde ahí caminar para tomar una de las barcazas que ofrecen paseos, algo que suena demasiado a "turistada" pero en verdad merece la pena. Adentrarse en el humedal y navegar con la lenta cadencia que permite el lago, con el único sonido de fondo de las aves que habitan la Albufera es una experiencia relajante muy recomendable.

Un final de viaje sosegado después del ajetreo de una ciudad tan polifacética y llena de vida como Valencia.

 

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