Quienes enseñan a volar

19 de marzo 2026

Hay escenas en la naturaleza que, por mucho que se repitan, no dejan de impresionar.

Ver a un pájaro joven abandonar el nido por primera vez es una de ellas.

Es un instante lleno de incertidumbre, torpeza, vacilación y belleza. No lo hacen desde la seguridad, ni porque sepan exactamente qué hacer con el aire, sino porque hay algo en ellos que los empuja: instinto, un conocimiento que ya estaba ahí antes del primer vuelo.

También el canto.

Cada ave encuentra el suyo, pero antes ha habido escucha, repetición, ensayo. Notas que se persiguen, pausas que se corrigen, sonidos que van encontrando su sitio a fuerza de oírlos una y otra vez. Una herencia invisible en cada nota, en cada pausa.

Siempre me han impresionado más esos aprendizajes discretos que los grandes gestos. Lo que queda sin hacerse notar demasiado. Esa clase de enseñanza que no necesita imponerse para permanecer. No solo en el vuelo o en el canto, sino también en la forma de estar en el mundo: cómo se afronta el miedo, cómo seguir adelante cuando toca hacerlo y cómo mantener el rumbo.

Hay cosas que no parecen importantes mientras ocurren. Frases que se repiten tantas veces que uno deja de escucharlas, gestos que pasan desapercibidos. Y, sin embargo, son esas pequeñas cosas las que un día vuelven cuando hacen falta.

Aparecen en una decisión, en una respuesta, en algo que uno hace sin pensarlo. Y entonces se entiende: no eran detalles sin más. También era una forma de enseñar.

Hay días en los que uno recuerda todo eso de una manera más nítida.

No por la fecha en sí, sino por lo que despierta.

Por la forma en que ciertos recuerdos regresan y por todo lo que uno reconoce en sí mismo y no surgió solo.

Es ahí cuando se hace evidente que, aunque ya no estén, siguen en todo lo que somos.

Como el vuelo.

Como el canto.

Como tantas cosas que aprendimos de ellos.

Feliz día del padre.

Chorlitejo patinegroAida García