La actividad nocturna en la ciudad portuaria variaba poco en relación al día. Peones y mozos, todos de piel morena, acarreaban palés subidos en las carretillas elevadoras o tirando manualmente de las transpaletas. Iban apilando los palés dentro de los gigantescos contenedores como si fuesen elementales puzles para que, luego, una vez llenos, las grúas los trasladaran a los buques portacontenedores, que esperaban fondeados en el puerto. Los oficiales de mayor rango fumaban apoyados en las barandillas de los buques o charlaban desde sus teléfonos móviles, mientras los capataces de carga jaleaban a los operarios para que el trabajo fluyera. En los límites del puerto, varias dotaciones de cascos azules vigilaban para que todo discurriera sin incidentes.
Desde el ventanal del edificio de la autoridad portuaria la noche era tan rutinaria como cualquier otra. Era el turno de noche en el tercer piso, correspondiente al de los agregados internacionales, Robert Marcusso tomaba su whisky mirando por esa ventana como lo hacía desde doce años atrás. Era un tipo de mediana edad y aspecto descuidado, con el cabello algo largo y unos labios demasiado carnosos que le daban un aspecto siniestro de pez. Fumaba lanzando bocanadas contra el cristal que acababan esparciéndose por todo el cuarto.
David Maes era belga, un joven de veintiocho años que había alcanzado un puesto relevante en el organigrama de la Comunidad Europea. Disfrutaba de su primer destino fuera del continente lo que le suponía un suculento sueldo y, en pocos años, una reputación distinguida. Le molestaba sobremanera que Marcusso fumara dentro de la habitación pero no servían de nada sus quejas, el norteamericano parecía pasarse todo por el arco del triunfo.
— Me repugna ese beduino con el que tratamos. Huele hasta mal y nos mira como si nos perdonase la vida -dijo al ver desde la ventana salir del edificio al pirata vestido de negro- ¿Tú crees que le importará algo el destino de su pueblo?
A Maes, alejado del humo, le salió un gesto de contrariedad. Tal vez fuese la falta de empatía del norteamericano o que la pregunta le incomobada. No contestó nada, siguió tecleando en su ordenador como si nada.
— La verdad es que a quien le importa una mierda lo que pasa en este lado del mundo.
Añadió Marcusso frente al ventanal.
— Por eso estamos aquí, Bob. Le importa a occidente y por eso tuvimos que intervenir. ¿Te parece poco? -dijo el joven, pasados unos instantes.
Habló como si fuese un pensamiento evadido de su intención, sin dejar su trabajo, arrepintiéndose al oírse su última palabra y observar por encima del monitor al otro.
— ¿Nunca te he dicho que eres jodido idealista? Eres demasiado joven -contestó el norteamericano riéndose de buena gana- ¿Norteamérica y Europa papás de esta civilización? No seas absurdo.
El joven se levantó de su mesa y fue hasta el aparato del aire acondicionado y lo bajó dos grados.
— Abre la puta ventana para que salga la zorrera que estas formando. -dijo sentencioso.
Marcusso lo hizo. Una vaharada de aire cálido entró en el cuarto.
— ¡Hey, mira, acércate, el franchute de Eugène acaba de poner otra película de AI en el cielo!
Exclamó el norteamericano apresurando al joven con la mano.
Desde una elevación cercana al puerto, una construcción circular emitía unas señales imperceptibles que se plasmaban en el cielo. Sin rastro alguno, se adivinaban formas animadas disputando protagonismo a las estrellas. También refulgían lucecitas que se movían raudas dejando una estela que configuraba una especie de sendero estelar. El cielo había tomado una tonalidad más clara, como si la bóveda celeste estuviese henchida de una luz ulterior, y esta luminosidad clarificara la noche dándole una apariencia de cercanía.
— Esto es lo que le importa a occidente: engañar para acabar con la emigración. -dijo Marcusso, cuando tuvo a su lado al joven- Llevarles al camino equivocado para aniquilarles en manos de otros y aprovechar la carne con la que se pueda mercadear. Esa es la trascendencia y la decisión, David.
El joven se sintió molesto. Dio un par de pasos para separarse pero se detuvo de pronto.
— Son los gobiernos con el voto popular los que promulgaron esa ley -contestó Maes con un impostado aplomo y sin volver la cabeza- Era inasumible tanta emigración. Era una responsabilidad que había que tomar con urgencia. Además, tu país lo hizo antes.
— ¿Mi país? -dijo el norteamericano con cinismo- Yo soy de quien me paga, muchacho, como el beduino ese que mata y comercia con los cuerpos de niños y jóvenes. Mi país es esto, no te equivoques.
Añadió tocándose el bolsillo.
— Morían igual cuando llegaban a tierra europea de manera ilegal. Los países europeos no tenían una cabida ilimitada. Ellos creían que llegaban a una tierra prometida pero pronto se daban cuenta que no.
— Es mejor matarlos y comerciar con los órganos de sus hijos. -expuso Marcusso, adelantando sus dilatados labios en una mueca grimosa.- ¡Oh, qué solución, maldita sea!
El joven fue hasta su mesa y se dejó caer en la silla. Escudriñó con rencor la figura de su compañero, el cual apuraba al máximo su whisky sorbiendo en el vaso con un ruidito molesto.
— Tienes una forma grosera de ver las cosas. -dijo al fin- Mañana hablaré con nuestro superior para que no me coloque de turno contigo.
Marcusso fue hasta un mueble y se puso otra bebida. Estaba algo ebrio porque titubeo su paso y remedó su postura de manera torpe.
— Tú eres de los que te crees todavía las buenas palabras de las leyes y las resoluciones de los gobiernos. Eres joven, claro, demasiado joven. Pero sabes qué: algún día comprenderás con asco que todo es un jodido circo. Nunca nos importó nada, sólo invadir, explotar, comerciar, y cuando se acaba el botín se soluciona con el abandono y la exterminación. Eso sí, sin mancharnos las manos, que sean otros gilipollas los que carguen con la culpa. Y el mundo que conocemos tan intachable y tan complacido.
— No llamo ahora mismo al guardia porque estás borracho -dijo con desprecio- Pero lo que estás diciendo no se corresponde con la realidad, Bob. Esta gente emigra a occidente por las guerras que nunca acaban. No desean irse, les empujan. Son personas sin estudios, sin la preparación necesaria para tener opciones en nuestros países. Deberían quedarse en su tierra y enderezar esa tendencia que los masacra.
Marcusso, al reírse de forma descarada, derramó algo de su vaso. Sacudió su mano y buscó un cigarrillo en su camisa.
— Enderezar, dices. -añadió después- No sabes en que berenjenal te has metido, muchacho. Dentro de algunos años, vomitarás…..Pero ya será demasiado tarde, no sabrás adonde ir.
Fue andando hasta el ventanal y respiró hondo el aire nocturno. No olía bien, mezcla de aceite requemado y agua salina putrefacta. En el muelle todo seguía igual: gente de color trabajando y gente blanca ordenando. Marcusso alzó las cejas y lanzó el pitillo casi entero por la ventana. En el cielo seguían danzando las imágenes confeccionadas por la AI.
— Algunos las estarán viendo sin saber que mañana morirán. Pero no oiremos nunca sus gritos. De eso se trata.
Musitó para sí.
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