El último viaje de mi hermana

20 de agosto 2025

Aparece, tratando de escapar de la cámara con un chico en la noche de Roma. Aparece riéndose, intentando no perder el equilibrio en una góndola, cuando Venecia aún no corría peligro de desaparecer.

Aparece en Egipto, con la piel muy morena y el pelo muy rubio, entre sus amigas, con treinta y pocos años. Sana, guapísima.

Mi hermana me mira desde las fotos en papel que guardaba en una caja de su cuarto y que ahora ordeno en la casa vacía.

Encuentro en ellas caras que reconozco y otras que no he visto nunca. Elijo. Clasifico. Reparto.

Las fotos en papel tienen más fuerza que las digitales. Y la desventaja de que no las puedes borrar. Algunas acaban en la basura. Antes, las rompo en un intento torpe de proteger las caras de las personas que salen en ellas.

Guardo en fundas las que voy a devolver.

Todas son momentos felices de personas que ella quería y que devolveré a algunos de sus dueños: fotos de la adolescencia de sus ahijados, bodas de sus amigas, momentos en familia, en la playa. Sobre todo, fotos de viajes. Viajar era una de las pocas aficiones que teníamos en común.

Su último viaje al que no llegué para despedirla fue un 20 de septiembre, hará pronto 13 años. Un cáncer metastásico de pulmón, estadio 4 se la llevó a donde no se vuelve.

Seis meses antes cancelé un viaje a París por aquel diagnóstico. Y no fue lo único que cancelaría. Trabajé mucho, mucho y lloré mucho, mucho.

Durante su enfermedad, las dos asistimos al entierro de mi padre.

También él aparece en las fotos. Radiante en unas, enfermo ya en alguna, pero siempre sosteniendo la mirada gris y verde a la cámara. Nos enseñó a mirar de frente, viniesen como viniesen las cosas.

A él le recuerdo con mucho amor. A ella con la pena de la hermana que fue y no, sin llegar a entendernos. Trece años de separación en años y sentimientos de algo que no existe: dos hijas únicas. Planetas de una misma órbita con diferentes ecosistemas. Hay muchas partes de nuestras vidas que nos gustaría que hubiesen sido diferentes pero que fueron de una manera particular.

Mi hermana no se sintió nunca mi hermana y en su enfermedad me prefería lejos, pero, por si acaso, me mantuve lo suficientemente cerca.

En aquel tiempo aquella actitud mía no se entendió y esa incomprensión aumentó el dolor. Ahora me da igual porque siempre la protegí y con que yo lo sepa, llega. Nos quisimos a nuestra manera y ese cariño sin interferencias se juzgó como desinterés. Allá con los jueces de vidas que no conocen completas.

Mirando estas fotos, ordenándolas por ella, revisitando a sus amigas, sé que donde está ha llegado a entender. O eso quiero creer.

Las relaciones familiares son muchas veces complicadas y cada duelo por un miembro de la familia lleva cargas de diferente intensidad. Una parte nuestra se muere cuando ellos lo hacen y, al mismo tiempo, descubrimos partes de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.

En 2026 empezaré un nuevo proyecto en esta casa que estoy vaciando para que vuelva a estar llena. Quiero llenarla con otras voces y otras vidas que la hagan de nuevo continente de sueños. Pero para afrontar el futuro hay que mirar al pasado como mi padre nos decía, de frente. Aunque haya quedado atrás.

Huir o esconderlo no sirve porque siempre vuelve. Y es necesario hacer las paces con él. Quedarán fotos. Las que necesito cerca para recordarla como quiero. Siempre tendrán su sitio en la casa y en mí.

He pasado mucho tiempo sin mirarlas, pero ahora puedo. Puedo hacerlo bien y darles el espacio que realmente merecen.

Los duelos no se superan pero se aprende a vivir con ellos.

Seleccionar las fotos de mi hermana me ha ayudado. Si están pasando por algo parecido, que sepan que es normal no poder mirar las imágenes de alguien que se les ha ido hace poco.

Con el tiempo, el día menos pensado podrán hacerlo. Si hacen el ejercicio de ordenarlas, a su ritmo, irán ordenando también lo que sienten.

No estoy de acuerdo con que el tiempo por sí solo cure, pero sí que coloca cada sentimiento en su lugar. Y desde ahí, empieza uno a construirse de nuevo.

A continuar historias que parecían cerradas. A seguir escribiendo otras, mientras tengamos la oportunidad de hacerlo.