Viajar en solitario es una experiencia que recomiendo. Sin que esto suponga excluir los viajes con amigos, pareja o incluso en grupos.
Viajar en solitario supone empaparse totalmente del ambiente local, mezclarse con la gente, hacer amigos espontáneos, practicar un idioma nuevo o aprenderlo. Cosas que cuando se viaja en compañía, no suelen hacerse, bien porque a quien te acompaña no le apetece, bien porque no es necesario, ya que la otra persona se encarga de hacer la mitad del trabajo.
Viajar en solitario ayuda a poner a prueba los límites propios y a conocerse mejor.
Desde luego, tiene sus inconvenientes. Los hoteles, si es ese el tipo de alojamiento que se elige, tienen pocas habitaciones individuales y se carga un suplemento por utilizar individualmente una habitación de uso doble. Esta tendencia está empezando a cambiar, lo mismo que la de los restaurantes en los que, si te atreves a comer sin compañía, te dan la mesa peor. Desde su punto de vista, pierden al menos el precio de un cubierto. Aunque haya más comensales solos (tendencia creciente) y lo compensen con ellos.
El molde social está hecho para moverse en pareja o en grupo. Si eres mujer la situación se agrava. Son muchas las mujeres que han viajado solas a lo largo de la Historia, pero eso no parece ser suficiente para que una mujer que viaje sola siga llamando la atención en el año 2025.
Matilde Muñoz Cazorla era una de esas mujeres a las que le gustaba viajar sola. A sus setenta y dos años había recorrido gran parte del mundo. Primero, por su profesión de azafata de vuelo y después, supongo que como hace mucha gente que viaja por trabajo, para conocer mejor los lugares en los que había estado, ya libre en ese momento de compromisos laborales y horarios.
Imagino, sin conocerla, que una viajera experta como ella se sabría de memoria todas las recomendaciones que se hacen si eres mujer y viajas sola, a las que los hombres no tienen que atenerse y sobre las que hay escritos libros enteros. Interesante al respecto es el libro de Helena Palau: Supongamos que viajo sola, de la editorial Arpa, porque le da una vuelta de tuerca al tema principal y tiene unas fotografías preciosas.
A pesar de todas las lecturas (dicen que siempre llevaba un libro y un mapa en su mochila) de toda una vida de viajes y de ser una mujer sana, fuerte y preparada (hablaba seis idiomas), a Mati, como la llamaba su familia, la asesinaron dos hombres en la isla Indonesa de Lombok, cercana a Bali. Fue un asesinato premeditado y con violencia con el objetivo de robarle.
No era la primera vez que viajaba a la isla. Se hospedaba siempre en el mismo hotel y en la misma habitación. Los ladrones y asesinos entraron por una ventana. Todavía se investiga si hubo connivencia del personal del hotel para facilitarles la entrada. Ésta y otras muchas incógnitas quedan todavía por despejar en la muerte violenta de Mati que, siendo viajera con una rutina marcada, extranjera occidental y mujer, fue considerada por sus asesinos un objetivo fácil.
La muerte de Matilde no debe darnos miedo a seguir viajando solas. Al contrario, debe animarnos a exigir más seguridad para las viajeras, más visibilidad, mejor trato, más respeto.
Porque por desgracia en nuestros tiempos ser mujer viajera en solitario es el doble de arriesgado. Por supuesto que también hay asesinatos de hombres que viajan, pero la mirada en un salón que no es el de tu casa siempre se dirige primero a la mujer que llega sola. Aunque haya más de un hombre sin compañía a la vista en el mismo lugar. Ya no digamos en el recibidor de un hotel.
Porque seguimos siendo observadas de manera distinta a los hombres si utilizamos un transporte público solas en ciertos países.
Porque no es “aconsejable para nuestra seguridad” que vayamos solas a lugares a los que los hombres pueden ir sin peligro.
Porque la noche no es tan segura para nosotras como para ellos.
Todo eso tiene que cambiar. Y también debería hacerlo la mentalidad que ha llevado a la gente, mujeres y hombres, afirmar en las R.R.S.S. que Matilde prácticamente se buscó su propia muerte por viajar a un país asiático sola. Críticas que iban dirigidas hacia ella y a su modo de vida en lugar de juzgar a quienes le robaron y la asesinaron.
A las mujeres que viajamos sin miedo porque no queremos tenerlo, nos queda aún mucho por hacer. El problema es que todo lo que hay que modificar: medidas de protección, comprensión, interés de los gobiernos, políticas hoteleras, apoyo de las embajadas… todo eso, no podemos hacerlo solas. Nos tienen que apoyar.
La familia de Matilde le ha escrito como homenaje una carta preciosa, en la que escribe:
“Tu manera de mirar el mundo era una lección constante. Nos enseñaste a vivir con valentía, a abrirnos a lo desconocido sin miedo, a disfrutar cada instante (..) Nos mostraste que viajar no es solo recorrer países, sino también descubrir personas, compartir momentos, escuchar, aprender y dejar huella en cada lugar. Sentimos dolor, pero también gratitud porque tu vida nos inspira a ser más libres, más curiosos, más humanos”
Si no hubiese sido por la insistencia de la familia, de sus amigos y de los medios de comunicación que se hicieron eco de las peticiones de búsqueda, probablemente el cadáver de Matilde aun seguiría enterrado en la arena de una playa, porque ni a las autoridades españolas ni a las balinesas, les parecía especialmente llamativa su desaparición, ni urgente su búsqueda.
Hoy, todas las que alguna vez hemos sido viajeras solas, les acompañamos en su dolor y no pedimos, exigimos, que una muerte tan brutal, se investigue hasta el final y que al menos no haya sucedido en vano. Que se recuerde el asesinato de Matilde en Indonesia, como un punto de inflexión en la seguridad de las mujeres que viajan solas.
Mientras, seguiremos empeñadas en cambiar el problema de fondo: el abuso del hombre que se cree con derecho a hacer lo que quiera con una mujer, solos porque es físicamente más fuerte que ella.
El machismo que campa a sus anchas donde hay una mujer que viaja sola.