Esta semana llegaba a mi correo la invitación a unirme a una recogida de firmas que se está llevando a cabo tras un nuevo caso de fallecimiento de una niña olvidada en un coche. Las firmas obtenidas en la plataforma por iniciativa particular servirían para hacer llegar a los fabricantes de coches el interés ciudadano en que incorporen de serie dispositivos anti olvido de bebés.
Necesito volver a escribirlo y que ustedes lo vuelvan a leer: DISPOSITIVOS ANTIOLVIDO DE BEBÉS.
Soy de firma fácil con toda clase de causas, especialmente las perdidas, pero esta vez no firmé.
No por fastidiar ni porque no me importe.
Es que no me cabe en la cabeza que no vayamos a la raíz del problema: jornadas extenuantes, conciliación inexistente, padres (e hijos) sometidos diariamente a unos horarios imposibles. Madres y padres yendo a trabajar enfermos y llevando a sus hijos enfermos también a la guardería o al colegio porque no tienen con quien dejarles. Cada vez más ahogados. Más crispados. Con menos horas de sueño todos, niños y mayores. No tenemos tiempo ni de pasear al perro. Ni de sacar la basura. Vamos corriendo a todas partes y hacemos correr a nuestros hijos para llegar a tiempo a todo.
Por si esto no fuese suficiente vivimos hiperconectados a nuestros móviles que suenan a todas horas distrayendo nuestra atención e interrumpiendo todo, el trabajo y el tiempo de ocio cuando lo tenemos. Estamos agotados.
No creo que la solución al problema sea otro dispositivo, más consumo, más gasto, más eslabones para la cadena que nos han puesto al cuello.
Los precios suben, los sueldos no.
Las pequeñas empresas cierran.
La presión fiscal es insoportable.
A la iniciativa privada se la ha posicionado como el enemigo, en lugar de como el aliado que es para crear empleo. La cuota de autónomos es la mayor de Europa.
No se crea vivienda pública. La gente está empezando a vivir permanentemente en furgonetas camper. Sin ducha. Y pagando.
Mientras, la clase política lleva robándonos años los Fondos Públicos, dándonos las migajas en forma de subvenciones o ayudas para tenernos calladitos. Último presunto sinvergüenza, otro ex-presidente.
Lo peor es que todo esto lo normalizamos y lo aceptamos.
En cambio, nos atacamos unos a otros con más saña que nunca, especialmente en redes, escondidos como alimañas.
La reacción de muchos ha sido atacar a un padre que se ha quedado sin su hija y seguramente sin ganas de vivir. Tiene otros dos hijos que criar. Nada de eso importa, es un blanco fácil para la podedumbre moral que estamos cultivando. Que se quede él solo con toda la culpa. ¿Para qué ir más allá si a lo mejor resulta que no nos gusta lo que vemos porque nos concierne a todos? Ya no hay sentido de comunidad. Hemos mordido el anzuelo del odio y la división y nos lo hemos tragado hasta la garganta.
Ya no pensamos con criterio propio.
No sé nos ocurre hacer algo más constructivo como, por ejemplo, una Huelga General. Paralizar el país, quedarnos en casa todos unos días. Liarla como hacen los agricultores que están hasta el gorro de cómo se trata al campo. No. En las ciudades, pedimos más tecnología, que para eso la tenemos: para no olvidarnos a los niños en los coches. Y por supuesto, cambiando el móvil cada vez que la obsolescencia programada nos lo ordena y dejando que el algoritmo nos dirija la cabeza y controle hasta nuestras conversaciones. Consumiendo plataformas, cerrando los cines. Haciendo la compra en grandes superficies o en Internet, cerrando pequeños establecimientos.
«La culpa la tiene el comercio on-line».
Sí, pero es que detrás estamos los consumidores.
«Es más barato.»
Sí. Porque está hecho en un país por un trabajador que cobra una miseria por hacerlo. Para que además te dure menos tiempo que el que se fabrica por trabajadores regularizados en espacios físicos que pagan impuestos para mejorar los Servicios Públicos de todos. Incluidos los de la gente que no les compra.
No necesitamos más dispositivos tecnológicos. Necesitamos despertar.