Pedro Navaja

18 de marzo 2026

Todo nuestra vida transcurre en conexión con distintas pantallas digitales, que nos gestionan la existencia con una eficiencia que no solemos poner en entredicho

Estoy sentado en una oficina de la Seguridad Social aguardando turno. Una máquina me proporciona un número, como en la carnicería. Un trozo de papel que tiene poderes ansiolíticos, los cuales funcionan en conexión con una pantalla digital. Todo nuestra vida transcurre en conexión con distintas pantallas digitales, que nos gestionan la existencia con una eficiencia que no solemos poner en entredicho. El número que me ha entregado la máquina está muy lejosdel último que ha aparecido en la pantalla por lo que saco del bolsillo otra pantalla: la del móvil en el que estoy escribiendo esto, con el fin de complementar la prestación ansiolítica del boleto que lleva el número de mi turno. Le doy un beso al papelito, como si fuese un billete de lotería, y me lo guardo en el bolsillo otra vez. Tengo un teléfono móvil de esos que vienen con una especie de puntero para escribir en la pantalla. Una cosa absurda que me pareció genial en su día pero que falla más que una escopeta de feria, en las ferias donde trucan las escopetas. Por lo que acabo tecleando como todo hijo de vecino o usuario de móvil y con ganas de hacer algo inconfesable con el puntero. La tecnología solo funciona al cien por cien en tu cabeza, que es de lo que se trata para que la consumamos. Esa fe ciega produce suculentos beneficios a las empresas y no pocas desilusiones a los usuarios. Aunque, como usuarios de la vida, ya estamos acostumbrados a eso. 

Cuando llega el momento de sentarme ante la funcionaria y explicarle mis cuitas, el trato de la mujer es tan amable que comienzo a ponerme nervioso. Cuanto más paciente y atenta se muestra, y se muestra muy atenta y paciente, mayor es la cantidad de pequeñas burbujas que escucho explotar dentro de mi cerebro: son los prejuicios allí acumulados desde hace siglos, desde la época de Larra y su "Vuelva usted mañana". Ella parece que me lo nota, porque el trato se torna aún más exquisito. Entro en pánico. Miro hacia los lados, buscando una cámara oculta en alguna parte, así de mezquino soy. Cuando consigo aceptar tanta amabilidad, ya está solucionada la papeleta que me había llevado hasta allí. Me despido dándole las gracias por su cortesía y me encamino hacia la salida flotando un palmo por encima del suelo.

Salgo al fresco de la mañana y se me aparece el rostro de Rubén Blades, con bigotito y todo. Está cantando: "la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida". Se pinta una sonrisa en mi cara, sin proponérmelo.