Mouchos e curuxas, sapos e bruxas, demos, trasgos e diaños… al abrigo de una encina centenaria paladeo el néctar de los dioses, el oro de los romanos y la poción mágica de algún druida galaico. Seguramente la queimada ha hecho su efecto y estoy sumergida en un sueño, mecida por los efectos de la bebida espirituosa, pero entonces me pellizco y percibo que estoy despierta, más despierta que nunca, al cobijo del árbol centenario que da nombre a esta sierra y al Parque Natural que la protege: A Serra da Enciña da Lastra.
Néctar, oro y poción mágica: miel, vino y aceite, producto del trabajo y la sabiduría de tres artesanos, de esas gentes que hacen que Valdeorras sea un lugar diferente, alejado del bullicio del turismo masivo pero amante de la fiesta, del encuentro con los amigos y de la tradición, en definitiva un lugar mágico.

Estamos en la esquina más oriental de Ourense, casi rozándonos con León y Zamora, descubriendo una comarca marcada por una arraigada cultura vitivinícola que forma parte del Geodestino Trevinca-Valedorras, compartiendo valores naturales, históricos y patrimoniales.
Valdeorras es mucho más que vino y naturaleza, es la auténtica desconocida de Galicia, un tesoro aún por descubrir que reluce entre laderas tapizadas de viñedos y frondosos bosques de robles, castaños y otras especies autóctonas, además de esconder un destacado patrimonio que se enaltece con la personalidad de sus gentes todavía alejadas de la incesante corriente del turismo masivo.
La Ruta do Viño de Valdeorras es una buena excusa para conocer este lugar soñado y descubrir muchos de los pueblos de la comarca, o incluso extender la visita a otras zonas cercanas como A Veiga, donde si caminamos por el bosque sorteando rocas y pequeñas cascadas nos veremos frente a la legendaria Cántara da Moura, hogar de un hermoso ser mitológico que toma forma de mujer de piel extraordinariamente blanca y cabellos dorados.
Perdernos por los senderos de A Serra da Enciña da Lastra puede ser un excelente comienzo para disfrutar soñando despiertos de todas las sorpresas que promete este estimulante viaje, entre naturaleza exuberante y caminos sombreados por encinas, olivos, castaños y cerezos cargados de pequeñas joyas rojas que no nos resistimos a probar.

Por el camino las piedras nos hablan, nos cuentan historias de tradiciones seculares, de antiguos tesoros como los hornos de cal que aprovechaban la piedra caliza, un recurso escaso en el resto de Galicia donde prácticamente todo el suelo es granítico, para fabricar cal viva muy demandada en la construcción hasta mediados del siglo XX e incluso usada para la fabricación de remedios contra ciertas enfermedades de la vid, tan presente en la comarca.
Piedras que son testigos de oficios milenarios de un patrimonio pétreo que aflora tras siglos de silencio salpicando los campos de vid, lagares rupestres que ya los romanos usaban para pisar la uva y obtener el vino, el otro oro de Valdeorras que no se recoge en el Sil, pero que el legendario río moldea en su aroma y sabor.

Y precisamente guiados por el Sil, señor y dueño de estas tierras, es como vamos descubriendo pequeños pueblecitos, aldeas como Vilar de Silva y Cobas, vislumbrando a lo lejos los tejados de pizarra que encumbran sus apiñadas casas de piedra de mampostería, con ventanas adinteladas en madera, rebosantes de historia y tradición.

Luego en cada aldea, frente a una lareira al abrigo del frío otoñal, o a la sombra de un castaño en flor protegidos del sol en primavera, esas gentes únicas de Valdeorras nos regalan historias que juzgamos increíbles; dicen los mayores que en la comarca hay cuevas excavadas que preservan antiguos tesoros, también que hay un viejo monasterio que el paso del tiempo ha convertido en bodega e incluso que hay santuarios que parecen mágicos, porque se ocultan al abrigo de la montaña, para luego reaparecer por sorpresa en cada curva de una serpenteante carretera.
Entonces, hay que ponerse en marcha para confirmar o desmentir a los más viejos y sabios, así es como descubrimos alguno de esos lugares que guardan todavía más encanto de lo imaginable.

As Pinguelas es uno de ellos, se llega desde el casco antiguo de A Rúa en un breve paseo bajo el susurro de un refrescante arroyo. En este lugar pintoresco, al abrigo de cerezos y nogales las cavidades naturales del terreno servían antaño para almacenar el vino y algunos de los aperos necesarios para la cosecha. Hoy los bodegueros valdeorreses siguen cosechando y guardando ese tesoro sumergido en plena naturaleza, preservando la tradición de sus ancestros, sin desdeñar los avances tecnológicos que mejoran la conservación del producto y en definitiva la sostenibilidad del sector.
Muy próximo a este lugar se encuentra Seadur, otra aldea que esconde decenas de tesoros bajo tierra que afloran en forma de bodegas-cueva.
Pero de camino decidimos perdernos por alguno de los pueblecitos que salpican la comarca y sin perder de vista el fotogénico embalse de San Martiño, al que se asoman las más privilegiadas bodegas de la zona, llegamos a la aldea de Petín, donde el puente romano-medieval de A Cigarrosa nos recibe con sus arcos bañados por el Sil dando paso luego a unas intrincadas callejuelas llenas de tipicidad.

Después seguimos ruta hasta Seadur, lugar vitivinícola por excelencia, pues sus covas además de elaborar algunos de los mejores caldos de la comarca, presumen de estar declaradas Bien de Interés Cultural por preservar destacados valores históricos y culturales.
La localidad organiza anualmente en Semana Santa una ruta en la que se visitan muchas de esas covas y se degustan los productos típicos de esta zona privilegiada, regados con vinos tradicionales especialmente Godellos y Mencías, las dos estrellas de la Denominación de Origen de Valdeorras.

Así comprobamos que en Valdeorras el tesoro oculto existe y toma forma de aromáticos vinos, de uvas cultivadas en empinadas laderas que mueren en el Sil: treixadura, godello, garnacha, mencía…, cosechadas y trabajadas con esmero en antiguas cuevas.
Con el sabor afrutado todavía refrescando el paladar, partimos en busca del misterioso santuario perdiéndonos a través de sinuosas carreteras, hasta divisar encajadas en el fondo del barranco y custodiadas por la montaña, las torres de As Ermitas.

A medida que nos vamos acercando la perspectiva cambia y con ella nuestra percepción del santuario que se nos antoja cada vez más místico, recordando las leyendas que hablan de milagros y de apariciones.
El frondoso bosque y el lago que le preceden anticipan su belleza y acrecientan el misterio escondiendo viejos molinos centenarios.
Luego reaparece la iglesia, una joya del barroco gallego encajada en la roca, arropada por dos torres monumentales que custodian un rico cuerpo escultórico en el que algunas figuras todavía conservan su antigua policromía. El interior alberga un estupendo retablo y un altar de plata acogiendo la imagen de la Virgen de As Ermitas. La bóveda del templo completa el conjunto, decorada con hermosas pinturas de gran simbolismo religioso.
Al abrigo del santuario, la aldea de As Ermitas se pliega silenciosa ante la grandeza del paisaje. Sus habitantes guardan todavía la huella de creencias ancestrales conservando un Vía Crucis que asciende a lo más elevado del pueblo, formando parte inseparable de algunas de sus casas.
La sensación de sosiego que desprenden la aldea, el santuario y la montaña nos lleva a la ensoñación, pero una nube oscurece el cielo anunciando tormenta, invitándonos a tomar el camino de vuelta para recalar, en menos de media hora, en otro lugar legendario, donde poner fin a nuestra ruta.
El Pazo do Castro es un hermoso edificio del siglo XVII, evocador de un pasado de caballeros y reinas, de misterios e intrigas y para los más impresionables incluso de espíritus errantes. Visitamos sus bellos salones repletos de mobiliario antiguo y hasta un pequeño museo de carruajes. Luego, vencidos por el cansancio, nos dejamos caer en un sueño profundo, despreocupados ya de la poco esperable visita de alguno de sus antiguos habitantes.

Aquí termina nuestro viaje de ensueño, hemos degustado los mejores vinos y manjares, hemos regresado a un pasado lejano casi olvidado y hemos rozado con los dedos lo místico y lo legendario, en definitiva hemos descubierto que en Valdeorras existe de todo y todo es posible, un lugar todavía por descubrir y sin duda por disfrutar.
Instagram de Marga Díaz: https://www.instagram.com/margadiaz.viajes/

A Serra da Enciña

A Serra da Enciña

Aldea de Covas

Aldea

As Pinguelas

Bodega Alan de Val

Bodega Joaquín Rebolledo

Bodegas Godeval

Mosteiro de Xagoaza

Paisaje As Ermitas

Paisaje junto al Sil

Pazo do Castro, fachada

Pazo do Castro

Ponte da Cigarrosa

Pueblo As Ermitas, aldea

Rectoral de Seadur

Ruta do Viño de Valdeorras

Santuario As Ermitas

Santuario Bóveda Iglesia

Santuario Iglesia de As Ermitas

Sobradelo A PonteNova

Vilar de Silva

Visita a las Covas de Seadur

Bodega Cova da Xabreira

Bodega Terriña. Degustación

Casas Tradicionales

Cerezo con fruto

Degustación en Rectoral de Seadur

Lagar rupestre con Mario Yañez, su descubridor

Premio al Mejor Godello 2026 (bodega Joaqunín Rebolledo)

Degustación na Enciña. Miel O Marquesado, Aceite T. Guigurras y vino Cepado

A Serra da Enciña

A Serra da Enciña

Aldea de Covas

Aldea

As Pinguelas

Bodega Alan de Val

Bodega Joaquín Rebolledo

Bodegas Godeval

Mosteiro de Xagoaza

Paisaje As Ermitas

Paisaje junto al Sil

Pazo do Castro, fachada

Pazo do Castro

Ponte da Cigarrosa

Pueblo As Ermitas, aldea

Rectoral de Seadur

Ruta do Viño de Valdeorras

Santuario As Ermitas

Santuario Bóveda Iglesia

Santuario Iglesia de As Ermitas

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Degustación na Enciña. Miel O Marquesado, Aceite T. Guigurras y vino Cepado