Cada vez que los temporales azotan la ría de Pontevedra, la arena de las playas revela un preocupante residuo: montones de cacharros del pulpo.
A simple vista parecen simples envases de PVC, pero para los pulpos son refugios, nidos… incluso hogares de la próxima generación.
Estos cacharros, conocidos también como alcatruces o nasas portuguesas, están prohibidos en Galicia, entre otras razones porque las hembras de pulpo los utilizan para desovar.
Si un pescador los arranca del mar, no solo se lleva al ejemplar adulto, sino que también condena a la descendencia ya que los huevos quedan atrapados, sin posibilidad de convertirse en pulpos juveniles. Es como llevarse una casa con toda la familia dentro.
La forma en que se usan complica su vigilancia. Sin boyas que los delaten, los furtivos marcan la ubicación con GPS y, cuando vuelven, lanzan un hierro que engancha el cacharro en cuestión de minutos. Así logran recogerlos sin ser vistos. Por eso, cuando no se les pesca "con las manos en la nasa", demostrar la infracción es casi imposible.
Los números son alarmantes. El año pasado se decomisaron más de 15.000 de estos envases en toda Galicia, una cifra récord que deja atrás los 2.239 de 2024 y los 3.500 de 2023, según los datos oficiales facilitados por la Consellería do Mar.
Cada cacharro que desaparece del mar significa no solo la pérdida de un pulpo adulto, sino también de toda una puesta de huevos.
De modo que estos hallazgos en la arena son un recordatorio de que lo que vemos en la playa es apenas la punta del iceberg de todo un entramado delictivo.
Cada cacharro de PVC arrancado del fondo del mar nos recuerda que el equilibrio marino es frágil y que la próxima generación de pulpos depende de que aprendamos a respetarlo.

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