Ni el viento ni los chaparrones lograron aguar la cita más emblemática del Entroido marinense.
Este miércoles, Marín celebró el Enterro da Sardiña, con raíces en el siglo XIX y reconocida como fiesta de interés turístico por la Xunta de Galicia.
La jornada, marcada por un cielo encapotado y lluvias persistentes, mantuvo intacto el espíritu satírico que define este acto organizado por el Ateneo de Santa Cecilia de Marín.
Solo el franquismo (entre 1936 y 1976) y la reciente pandemia lograron interrumpir una tradición que hoy presume de ser la más antigua de Galicia en su género.

La protagonista de la tarde, ya “muy mayor”, sucumbió este año a un exceso de agua. Y no le faltó coherencia al guion pues la lluvia acompañó buena parte del desfile, obligando incluso a trasladar la lectura del pregón por culpa de las rachas de viento.

El velatorio se celebró bajo una carpa en la Alameda, donde vecinos y curiosos compartieron vino y pan de maíz en un ambiente más festivo que luctuoso.
Porque si algo caracteriza a este entierro es su capacidad para mezclar tradición marinera, crítica social y retranca colectiva.

A pesar de los aguaceros intermitentes, la comitiva no se arredró. El cortejo fúnebre recorrió las calles Jaime Janer, Busto de Abaixo, Doctor Touriño, Sol, Real y Almuiña hasta desembocar en la plaza de España, antes de poner rumbo al muelle.
Allí, fiel a la costumbre, el cuerpo sin vida de la sardina fue devuelto al mar entre aplausos, paraguas abiertos y sonrisas cómplices.

Ni siquiera el mal tiempo logró deslucir una ceremonia que es mucho más que un acto simbólico.
El Enterro da Sardiña volvió a demostrar que el Entroido de Marín es, sobre todo, una celebración compartida en un espacio donde la sátira refuerza la convivencia vecinal y donde la tradición, año tras año, sigue encontrando abrigo incluso bajo la lluvia.
