Cuando el poder pesa más que el país

12 de febrero 2026

La extrema derecha como herramienta política de los grandes partidos

El avance de la extrema derecha en España no es un accidente ni un fenómeno inevitable. Es, en buena parte, el resultado de una ausencia consciente de estrategia política por parte de los principales partidos del país. No porque no exista una vía para frenarla, sino porque no interesa hacerlo.

Durante los últimos años, las grandes formaciones han estado más ocupadas en sus propios cálculos electorales que en construir un proyecto de país sólido, compartido y
estable. En lugar de cooperar para defender los valores democráticos básicos, han optado por una lógica perversa: unos utilizan a la extrema derecha para movilizar el miedo, y otros la necesitan como palanca para llegar al poder.

Como advirtió el Premio Nobel de Literatura José Saramago: “La democracia es un sistema que necesita ser defendido todos los días”. Esta frase debería resonar en cualquier sociedad que se precie de ser libre y plural.

Un ejemplo reciente de que sí existe una alternativa lo encontramos en Portugal, donde en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales se produjo una movilización amplia del electorado para frenar a la extrema derecha. La unidad de votantes de centro, izquierda e incluso sectores conservadores permitió una victoria clara del candidato moderado frente al ultraderechista, demostrando que cuando hay voluntad política y responsabilidad democrática, el extremismo puede ser contenido.

Esta dinámica convierte a la ultraderecha en una herramienta política útil para ambos bloques en España, en lugar de en una amenaza que exige una respuesta firme, coordinada y responsable. Se rentabiliza su existencia en vez de neutralizarla. Y mientras tanto, su discurso se normaliza, sus propuestas se blanquean y su espacio político se ensancha.

No estamos ante un fallo puntual, sino ante estrategias cerradas, cortoplacistas y profundamente irresponsables, que ya están demostrando sus consecuencias: polarización extrema, debilitamiento institucional y desconfianza creciente en la política. Cuando los partidos renuncian a pensar en clave de país y solo actúan en clave de poder, el resultado es siempre el mismo: pierde la democracia.

Frenar a la extrema derecha no pasa solo por confrontarla en campaña, sino por gobernar mejor, con más justicia social, más diálogo y más coherencia democrática. Pasa por recuperar la política útil, la que resuelve problemas reales y no fabrica enemigos imaginarios.

España necesita menos cálculo y más responsabilidad. Porque cuando el poder pesa más que el país, al final, es la extrema derecha la que acaba marcando el rumbo.