Abalorios

22 de abril 2025

Estaba solo frente al portalón y seguía sonando la música placentera. Tuve que fijarme muy bien, forzar la mirada sobre una de las juntas del empedrado de la acera, para darme cuenta de que algo se movía

Dentro de mis oídos sonaba esa música que tanto me agradaba. No recordaba haberme puesto auriculares ni siquiera recurrir al mp3, pero lo cierto es que la melodía sonaba y me hacia caminar más ligero y feliz. Pronto abandoné el bullicio propio de un sábado en la Gran Vía y me introduje por una calle que, adrede o no, me conduciría al empedrado de la vía angosta y empinada. Sentí su olor segundos antes de enfilarla. Apenas dos o tres personas recorrían sus aceras sin importarse los unos de los otros. Pero ellos no tenían narices, o eso intuí al verlos cabizbajos, sin ninguna melodía que les empujara, sin alzar el rostro para dejarse empapar de aquel aroma que, aunque algo enranciado, vivificaba.

Seguí subiendo la cuesta y adiviné el portalón, aunque la fachada no era la misma. La modernidad había cambiado su aspecto y sólo la mampostería que perimetraba el tejado era la misma de entonces. Al plantarme frente al portalón noté una ligereza en el cuerpo que me hizo girarme buscando algo que se me hubiera caído. No había nada. Estaba solo frente al portalón y seguía sonando la música placentera. Tuve que fijarme muy bien, forzar la mirada sobre una de las juntas del empedrado de la acera, para darme cuenta de que algo se movía. Me agaché para acercarme lo suficiente y sólo entonces fueron creciéndose y haciéndose más notorios. Eran abalorios transparentes que botaban dentro de una danza que me resultó cómica y, al tiempo, grácil. Al intensificarse esa levedad que mermaba mis carnes, comprobé que los abalorios se escurrían desde mi cuerpo piernas abajo. Iban cayendo despaciosamente, ingrávidos casi, para después rebotar sobre la acera llegando a elevarse por encima de mi estatura. Escudriñé mis alrededores en busca de alguien que confirmara esa singularidad pero nadie había con o sin nariz.

Me senté sobre el peldaño del portalón dejando que los abalorios me rodearan. Cada vez eran más grandes y, dentro de su transparencia, comencé a vislumbrar rostros diminutos. Caras que reían, lloraban, parloteaban mudas, hacían muecas de burla o, simplemente, me miraban sin pestañear. Mi cuerpo seguía destilando y perdiendo consistencia, sin embargo era una sensación grata, similar al esfuerzo de un deporte que nos entusiasma.

Cuando eran casi como una pelota de tenis, tomé varios abalorios y los acerqué a mis ojos. En apariencia eran consistentes, pues botaban sobre el suelo sin romperse, pero al tocarlos se fragmentaban evaporándose. Mi sonrisa se fue agradando cuando vi que dentro de aquellas cuentas había caras conocidas. Mi mujer, mis hijos, mis padres, mis abuelos, compañeros del colegio, vecinos, porteros de las fincas cercanas, dependientes de los comercios, hasta reconocí a un inspector de policía, uno que fumaba en pipa y que se acodaba descarado sobre su alfeizar cuando mi madre tendía la ropa, ese mismo que decía mi bisabuela María que daba unas palizas de muerte a los pobres raterillos que pillaba. Todos, según se terciaba su antojo o quebrándose en mi mano, esgrimiendo mohines que terminaban siendo pura broma, ya que todos finiquitaban en una silente carcajada.

Ya no escuchaba música alguna ni la echaba de menos, seguí un tiempo indeterminado cogiendo y soltando abalorios como si todos los recuerdos fuesen, al fin y al cabo, una deliciosa chanza.

— Por favor, caballero, lleva usted en ese lugar más de veinte minutos, según ha grabado la cámara, y le advierto que está enfrente de un edificio oficial que alberga a Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. No le digo más.

Era un agente de policía que, plantado frente a mí, que seguía sentado en el escalón del portalón, me miraba de manera torva.

No parecía ver los danzarines abalorios ni oler el efluvio enranciado pero vivificador, sólo parecía molesto con mi presencia.

Cuando me levanté y seguí subiendo la cuesta de la calle, dejando más y más lejos el portalón, las cuentas que me habían acompañado fueron disminuyendo paulatinamente hasta la invisibilidad. Notaba mi cuerpo tenue, muy fatigado, más cansado, apenas podía tirar de él, y la cima de la calle se me antojaba inalcanzable. Creí escuchar un último gritito, como el plof del estallido de un globo, cuando la última cuenta desapareció. Fue entonces cuando me apoyé en la fachada de la iglesia, que acaparaba el resto de la calle hasta su culminación, pensando dejarme caer, darme por vencido. Estaba exhausto. Me encontraba vacío de una manera extraña, como si mi cuerpo fuese un envoltorio desocupado.

Fue su mano la que me tomó por el brazo y me separó de la fachada. Era ella, Ana, sonriéndome dulcemente. Se la veía tan exhausta como yo, pálida y con un poso de tristeza en la mirada, pero determinante en su actitud y así lo manifestaba con la fuerza con que agarraba mi brazo. Paso a paso, despaciosos, subimos el último tramo de la calle. Quise decir algo, cuando nos detuvimos un par de veces para recobrar el resuello, pero ella me selló los labios con su dedo índice. Negó suavemente con la cabeza y volvió a sonreírme. Debíamos llegar, me decía sin decir.

Al culminar la calle, jadeantes, esperamos unos segundos. Sentía el cuerpo tan liviano que me abracé a ella con una premura incontrolable. Segundos después, una ligera brisa barrió nuestras cenizas hasta la Plaza de la Marina Española. Danzaron por su fachada, juguetonas y aliviadas, para luego caer mansas sobre la vegetación de los jardines de Sabatini.