Se dio una ducha con agua fría que le despejó de la noche que pasó en blanco. Más espabilado sí, pero sudoroso al cabo de unos pocos minutos. El calorazo entraba por las ventanas y por todos los poros de la casa. Abdón, con sólo los calzoncillos puestos, miró el calor desde la ventana centrándose en un parque infantil. El hormigón pulido del suelo reverberaba de manera insolente. ¿Quién diantres iba a jugar con el tobogán o el laberinto bajo una temperatura de más de 40 grados y sin atisbo arbóreo? ¿O es que estaba destinado a niños con piel de galápago? Curvó la boca y desvió sus ojos de carnero.
Se vistió. Después fue llenando la bolsa de nylon deportiva con sus escuetos enseres personales. No tenía prisa, escogía prendas y objetos examinándolos como si no les hubiese visto jamás. Se puso desodorante en las axilas, abriendo su camisa, y se echó un par de pulverizaciones de colonia. Aspiró la fragancia. Arrugó el ceño y recordó haberla comprado en el súper del barrio. Una colonia barata con olor a limpieza de andar por casa. Antes de cerrar la bolsa deportiva, y viendo que su capacidad lo permitía, escogió unos libros. En una estantería de material, incrustada en una de las paredes de la casa, se alojaban una centena de libros. Todos gastados, viejos, de bolsillo, hermanados con polvo y quietud añosa. Estuvo algún rato ojeando y pasando el dedo índice sobre los lomos. Tomó El extranjero de Albert Camus, esa fue una decisión inequívoca como si fuese una especie de imposición. Después, y no sin antes dudar entre varios títulos, cogió Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. Escudriñó el interior, deslizando las páginas desde su dedo pulgar, sintiendo el aroma de la estanqueidad que produce el olvido. Por último, sacó de la estantería Principiantes de Raymond Carver. Este tomo parecía más nuevo. Sus solapas relucían con colores sin paliar por el tiempo y su lomo no tenía visos de roce. Los colocó en la bosa y, ahora sí, la cerró estirando la cremallera.
Revisó su cartera. Unos cuantos billetes pequeños y calderilla. Pensó unos instantes, recostado sobre un antiguo sillón de orejas, su cama en el último mes, cuyos brazos relucían deterioro. Escudriñaba acá o allá, calculando. Al final, se decidió a rebuscar en los cajones de la cómoda y en los que había bajo un mueble que sujetaba un televisor antediluviano. En su exploración, oleadas de polvo rancio se elevaban haciéndole estornudar varias veces. Incluso hubo un cajón, el situado dentro del armario donde se almacenaban facturas y recibos antiguos, que al abrirlo le produjo un acceso de tos persistente que le hizo ir a la cocina a beber agua. Fue precisamente en ese lugar cuando la casualidad le favoreció. Bajo el fregadero, en una caja oxidada enterrada en papel de estraza y paños mugrientos, halló lo que buscaba. Abrió la caja haciendo palanca con un destornillador que halló junto al contador del agua. No había mucho dinero, pero lo suficiente para tirar una semana o dos.
Se aseguró que la llave de corte de gas y agua estaban cerradas, y se cercioró que la electricidad sólo tenía cabida en la poca iluminación de la casa.
Dejó la bolsa deportiva junto a la puerta de la casa. Al fondo de un pequeño pasillo, la única habitación de la casa permanecía cerrada. Abdón miró el marco de la puerta unos momentos. En ese cuarto había pasado el último mes, alternando muchos ratos ahí con breves descansos en el sofá de orejas. Fue hasta la puerta de la habitación y la abrió. Un mal olor le detuvo en la entrada. Estaba la ventana entornada pero el denso tufo persistía. En el lecho, el anciano permanecía con la boca entreabierta y los ojos cerrados. Estaba tapado hasta el cuello, indiferente al calor. En su rostro flaco, de un color aceitunado y amarillento, sobresalían los pómulos como dos espolones a punto de hincarse. Sus ojos cerrados parecían alojarse en lo más hondo del cráneo. Contrastaban el filo blanquecino de sus dientes, como una sonrisa equívoca y aterida, con el color cetrino de su cara. Abdón se acercó e intentó, como lo hizo unas horas antes, cerrar de todo la boca del viejo, pero no pudo. Estaba rígida, intratable. Estiró las sábanas sobre su cuerpo menudo y esquelético y musitó algo en voz baja mirando fijamente el rostro del anciano. Luego fue hasta la ventana y la abrió de par en par. Los rayos del sol usurparon el lecho y la mitad del rostro del viejo. A Abdón le molestó la invasión de la claridad y por ello bajó la persiana hasta que la cara del anciano quedó en penumbra.
Al salir del cuarto volvió a mirar la cama. Todo reposo, equilibrio, aire viciado con el hedor palpable de la muerte.
Se palpó el bolsillo del pantalón para sacar el teléfono móvil pero se detuvo al ver de frente el fijo. ¿Quién cae ya en que en las casas hay teléfonos fijos? Debió pensar porque al coger el aparato se sonrió sosteniéndolo unos instantes en la mano. Marcó un número corto.
— Buenos días. Deseaba comunicarles un fallecimiento.
Dijo con voz grave y esperó a que le hicieran las preguntas de rigor.
— Soy su hijo. Mi padre estaba en tratamiento oncológico con el doctor Valle.
Tras darles los demás datos, colgó.
Cogió la bolsa de nylon y salió sin cerrar la puerta.
La calle estaba tan ruidosa como cualquier día. El sol ya calentaba aunque no era todavía mediodía. Compró un paquete de cigarrillos en el estanco y encendió uno nada más salir del establecimiento. ¿Cuántos días sin fumar? ¿Tres, cuatro, cinco? Aspiró el humo y cerró los ojos con delectación. Fumando fue hasta la parada del bus. Fue consultando los números de las líneas hasta que encontró la que le venía bien. Bajo la marquesita de la parada, sin nadie junto a él, se dedicó a fumar con la mirada clavada en algún recuerdo lejano o en algún propósito concreto. Tal vez no pensase en nada reseñable, solamente fumaba mirando el trajín de la calle.