La caravana de desplazados comenzó su andadura por el Cañón con las primeras luces. Descendieron hasta alcanzar el cauce del río, de escaso caudal que se presumía nulo según avanzara la primavera. Bordeaban el agua caminando por una orilla pedregosa, salpicada de pedruscos y gravilla desprendidos de las imponentes paredes que configuraban la garganta del Cañón. Apenas se encontraban vegetación, acaso unos pequeños líquenes adheridos a las rocas en el cauce del escuálido río. En equilibrio, desde las laderas áridas y pulidas por el viento, un grupo antílopes y otro de cebras de montaña, que olisqueaban hierbajos imposibles entre las fisuras de las paredes rocosas, les escrutaban indolentes. Más arriba, en las mesetas de terreno calizo, se hallaban los campings turísticos que se salpicaban en los primeros kilómetros del Cañón y desde los cuales se veían humaredas provocadas por las cocinas y la quema de desperdicios. Luego, adentrados en el valle milenario, se perdían los vestigios de la civilización para dejar paso al peligroso acecho de lo salvaje; sólo el discurrir del agua del río y el vuelo acechante de las aves rapaces eran capaces de atentar contra el sobrecogedor silencio.
Gerdy encontró ese camino más accesible que la carretera asfaltada que serpenteaba el Cañón, el paso occidental como lo llamaban los aborígenes, la humedad del río aliviaría el sofocante calor y les permitiría beber y descansar a lo largo de casi todo su trayecto, pues sus márgenes ofrecían multitud de fincas lo suficientemente anchas para acampar. El guía recordaba haberlo atravesado en su juventud cuando el pillaje no existía y el río Fish tenía el suficiente caudal como para navegarlo en barca.
El grupo caminaba con el optimismo por bandera hasta el punto que, los más jóvenes, las mujeres y niños, entonaron un canto que hablaba de la grandiosidad del Creador y de su Paraíso repleto de toda suerte de delicias y bondades para disfrutar. Cantaban elevando sus rostros requemados al cielo y soportando el sudor de sus cuerpos con la alegría de la fe ciega. Nada importaba porque su sufrimiento sería en aras de la salvación eterna. El eco del cántico se guardaba entre las escarpadas paredes del Cañón como un lamento que se debilitaba al elevarse al cielo.
— Nos detendremos aquí para descansar y tomar algo de alimento -dijo Gerdy, elevando su knobkerrie. El kufi se movía con cada una de sus palabras accionado por el cordón de arrugas de su frente- Os advierto también que, cuando continuemos la marcha, entramos en la zona más inhóspita del Cañón y os recomendaría no cantar y tener extremado cuidado con los desprendimientos. Necesitamos llegar al ensanche de la tercera garganta antes de la puesta de sol. Por lo que, advierto a los más viejos, caminaremos lo más rápido posible. ¿Entendido?
Todos se fueron sentando cerca del cauce del río Fish y compartiendo alimentos y bebida como si se tratase de una fiesta campestre. Las advertencias del guía parecían no decaer el ánimo del grupo.
— Nada puede ensombrecer el sendero marcado por el profeta.
Remedó el anciano Alban, emulando la solemnidad de las palabras del guía.
Reanudaron la marcha cuando el sol estaba en su punto más alto. A los niños, los más rebeldes a ello, se les obligó a cubrirse las cabezas y los brazos para protegerse de los despiadados rayos solares.
Sobre las dos horas de marcha, Gerdy apreció un movimiento extraño en un inciso rocoso de la ladera este. Fue el reflejo de un fusil o de algún arma blanca el que vio cruzarse a menos de un kilómetro. Decidió no alarmar al grupo, siguió andando pero atisbando ese antojadizo corredor rocoso en mitad de la ladera. Antes de que pudiera volver a inquietarse con el destello, una horda de salteadores descendía enarbolando sus armas.
— ¡Agachaos y cubríos en ese hueco! -exclamó sobresaltado el guía, sacando de su cintura una daga curva.
Todos, excepto el santón Alban, se apretujaron en una cavidad rocosa. Gritaban y mencionaban el nombre de Dios cegados por el miedo.
Gerdy esperó la llegada de los salteadores encabezando al grupo. Pudo herir a dos o tres pero cayó al suelo al recibir un culatazo de unos de los cuatro hombres que llegaron a caballo. Éstos iban ataviados con túnicas negras a diferencia del resto que vestían de un blanco crudo. En pocos instantes la orilla del río Fish se convirtió en una escabechina. A los ancianos los degollaron con una endiablada y diestra rapidez, los pasaban a cuchillo y los dejaban en el suelo retorciéndose yendo a por otra víctima sin dilación. A las mujeres las violaron antes de matarlas. Lo hacían frente a sus hijos, mientras las insultaban y mostraban el sufrimiento de las hembras como si fuese una proeza digna de contemplar. A Sanza la pusieron de cara a sus siete hijos al tiempo que la violaron varios hombres por turno. Luego la degollaron y dejaron caer su cadáver ensangrentado a los pies de sus hijos. Para Karelle dejaron la más horrorosa de las ejecuciones, pues, en su rebeldía fiera, se enfrentó a los piratas mordiéndoles e insultándoles mientras protegía con su cuerpo a sus dos hijos. A ella le cortaron la cabeza de un tajo y vejaron su cadáver sanguinolento y descabezado varios hombres oyendo el llanto desesperado de sus hijos.
— A este le daremos un escarmiento ejemplar -dijo uno de los piratas de negro desmontando de su caballo y refiriéndose a Gerdy que permanecía preso de varios hombres contemplando el horroroso espectáculo- Conozco a este hijoputa y os juro que se acordará de mí para el resto de sus días. Sujetadlo bien.
Su rostro visible desvelaba unos ojos claros y una barba crecida de varios días. Se tensó su cara cuando desenvainó su cuchillo curvo y lo acercó a los ojos del guía.
— Mírame bien, hijoputa, porque serás lo último que veas en tu puta vida.
A continuación le vació las cuencas oculares con la pericia y la frialdad de un matarife.
Gerdy cayó de rodillas ensangrentado el rostro y sollozando de dolor.
— Ahora conducirás tu ceguera por la oscuridad, cabrón.
Añadió sonriente el bandido, limpiando su cuchillo en el dashiki del guía.
Reparó en el knobkerrie cerca de Gerdy. Lo examinó, curvando varias veces los labios, para acabar quebrándolo contra las piernas del maltrecho guía.
— ¡Y tú, santurrón, tendrás que subir hasta el paso occidental si deseas que te paguen por tus servicios!
Exclamó bronco, cuando vio al anciano Alban salir de detrás de una roca.
El viejo asintió varias veces timorato. Tenía el rostro contraído en una mueca de consternación, abrazando su libro sagrado como si fuese un salvoconducto.
El asaltante subió a su caballo y desapareció con los otros tres río arriba.
A los niños y a los jóvenes les fueron subiendo hasta la carretera asfaltada. Los llevaban a golpes de fusil, a patadas o tirándoles del cabello, sin la menor consideración de edad o sexo. La mayoría lloriqueaba lamentándose, arrastrando su profundo y estrenado horror, y hasta había algunos que caían al suelo dominados por un ataque de nervios. Daba igual, de una manera u otra, todos acababan escalando la ladera que los conducía al paso occidental.
Abajo, en la ribera del río, Gerdy se deslizaba ensangrentado hasta el agua ahora escarlata. Murmuraba un hondo lamento entre los cadáveres degollados. La pedregosa tierra enrojecida llamaba la atención de una cada vez más numerosa bandada de buitres dorsiblancos volando en círculo. Sobre ellos, refulgiendo su pico rojo, planeaban dos águilas volatineras calculando su incuestionable turno.
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