Dos hermanos y el estanque de nenúfares (10ª y última parte)

19 de mayo 2026

Kabalcanty narra cuando Marfán cruza un puente hacia Giverny, donde se encuentra con un niño que comparte su nombre y que escribe cartas para los nenúfares, antes de desaparecer

Cuando todos se bajaron, el bus aceleró para irse a toda velocidad. El conductor les había echado una ojeada antes de marcharse y había sacudido la cabeza vehemente varias veces.

No había un alma en el lugar. Amarrado en un soporte de hierro, el puente colgante ofrecía su paso como una invitación amedrentadora. Al fondo del puente se conglomeraba una niebla espesa que subía desde el fondo del acantilado. Algunos pájaros silenciosos volaban por el cielo gríseo.

— Yo me quedo aquí, Marfán. -dijo Marina, separándose algo de los tres- Mi misión era traerte hasta aquí pero sin entrar. Además tengo vértigo.

Él estuvo observándola callado hasta que los otros dos dijeron una de sus incongruencias.

— Te escoltaremos hasta el final del puente, amiguito, como fieles serpas -explicó Amos buscando el beneplácito de su compinche.

— Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. -remachó Tramos señalando al firmamento.

Marfán echó a andar. Se despidió de ella elevando un poco su mano con la palma abierta. “Suerte…..Aunque es inútil”, escuchó a sus espaldas. Cuando anduvo apenas unos metros, se volvió para mirarla. ¿Era Hula? Se parecía tanto. Sintió una punzada en el estómago. ¿Estaría ahora Hula poniendo la comida? Al poco Marina desapareció en dirección a la ciudad.

El puente se bamboleaba con sus pasos. Chirriaba su piso de madera y la barandilla de cuerda de yute le raspaba las manos. Tramos y Amos iban tras él más silenciosos que de costumbre y más graves también. Escudriñaban sus pies como si temieran caer al precipicio.

Marfán se detuvo. La niebla borraba el fondo del acantilado, esa bruma que, en la altura, sólo se acumulaba al fondo del puente. La temperatura primaveral de la ciudad allí se alteraba bajo una frialdad que salía desde las entrañas del acantilado. No se escuchaba el batir de ningún mar, sólo una especie de eco murmurante, un rugido contenido que parecía enredarse sin llegar a concretarse nunca. Un barrunto.

Marfán se estremeció y echó en falta una cazadora o un jersey que le cubriera los brazos.

— Vamos, muchacho, que cuanto antes lleguemos al final antes nos largaremos nosotros.

Dijo Amos con un deje fastidioso.

— Luego que él haga lo que le salga de las narices. –apostilló Tramos.

En el momento que contactaron con la niebla, Marfán sintió cómo le empujaban para que acelerarse el paso. Quiso protestar, pero el empeño de los otros dos era muy enfático, como si su urgencia dependiera de una orden irrefutable.

Con un último empujón calló en tierra. Oyó unos grititos agudos y la carrera sobre las tablas del puente colgante de Tramos y Amos. Se incorporó y anduvo hasta que la niebla dejó paso a una cegadora luminosidad. Entre una exuberante vegetación aparecía un día soleado que engendraba una temperatura agradable, acaso algo sofocante por el alto nivel de humedad. El cielo era de un azul radiante, sin nubarrones, sin mácula. Clavado en el tronco de un árbol, en un cartel tosco de madera, se leía Giverny. Marfán escudriñaba su alrededor, girándose trescientos sesenta grados y esbozando una sonrisa irreprimible, mientras escuchaba el chapoteo cercano del agua. Anduvo, guiado por el sonido, y encontró un fascinante lago repleto de nenúfares. Multitud de flores amarillas y violáceas navegaban en unas plantas redondeadas sobre unas aguas verdosas que se mecían con una cadencia inconstante; tan pronto su compás acuoso se incrementaba, oscilando las plantas y flores en ondulaciones que se derramaban en la orilla, como se estancaba en una quietud perturbadora que esperaba inquieta una nueva arremetida. Marfán, desde un puente de madera que se arqueaba sobre el estanque, observaba arrebatado el espectáculo. ¿Aquella belleza podía parecerle a alguien peligrosa? ¿Aquel remanso de paz y armonía podía considerarse pernicioso?

Estaba ensimismado contemplando la vista, cuando comenzó a escuchar un zumbido cercano. Era un sonido que parecía emitido desde una garganta o una nariz taponada. Elevaba su tono y descendía antojadizamente. Abandonó el puente y, guiado por el rumor, llegó a un claro donde un niño escribía laboriosamente sobre unas cuartillas dobladas por la mitad. Emitía el sonido cuando escribía como si lo necesitara para concentrarse. Estaba de rodillas sobre un cojín estampado y comía un plátano que sujetaba por la cáscara a medio mondar. Daba bocaditos a la fruta mientras con la mano libre escribía. Cuando acababa de escribir la hoja, la deslizaba a la orilla del estanque y la empujaba para que navegara. Escudriñaba unos instantes la flotación y después regresaba para rellenar otra cuartilla, la cual, escrupuloso, doblaba por su mitad.

— ¡Hoooo…..la!

El niño saludó a Marfán después de sobresaltarse con su presencia.

Marfán al escuchar su voz y tener el rostro del niño de frente pareció turbarse, pues dio un pequeño paso hacia atrás y entreabrió los labios dejando escapar un gemido leve. Era un niño de unos diez años, de pelo encrespado, delgado, y con una expresión triste en los ojos. Tras el susto por el recién llegado, esbozó una mueca afable.

— ¿Escribes? -dijo Marfán, acercándose cautelosamente al pequeño.

— Cuando mis padres y mi hermana no están, lo hago. Me da vergüenza que me vean.

Contestó el niño encarnándosele los carrillos y bajando la mirada. Acto seguido, engulló el último pedazo de fruta y tiró la cáscara.

Mientras conversaban sobre el hermoso paraje del alrededor, anocheció, o tal vez surcaron los cielos unas nubes oscuras cargadas de lluvia; todo ocurrió casi bruscamente. El entorno se volvió lóbrego, inescrutable, nutrido de sonidos extraños de animales. El niño dejó de escribir y empezó a guardar las cuartillas limpias en una carpeta vieja de gomas gastadas.

— Dejas las hojas escritas en el agua, las perderás.

Dijo Marfán que iba sintiendo cierto afecto por el niño y así se lo demostraba ayudándole a recoger.

— No, señor. Luego germinan los nenúfares y quedan flotando en el agua. Nunca las pierdo, además no se pierde lo que no es tan importante.-contestó lleno de razones.

— Ajá. ¿Sabes?, yo también escribía de niño.

El pequeño miró al cielo y apretó la carpeta a su pecho.

— Tengo que irme, señor. -dijo, mostrando contrariedad- Vienen pocas personas por aquí. Ha sido un gusto verlo…….Y saber que también escribía antes.

En la oscuridad apenas se distinguían sus figuras. Era una negrura manifiesta, palpable, opresora se diría, a tenor por la dificultad que tenía Marfán para moverse. Le costaba dar un paso sin que tuviera que vencer una resistencia que parecía radicar en la oscuridad como si un manto pétreo e impenetrable le cubriera. El niño, sin embargo, no parecía experimentar ninguna dificultad.

— No sé si volveremos a vernos. -dijo el pequeño yendo hacia la negrura- Aquí los días son casi todos oscuros, como ahora, y es imposible que veas a alguien. Hoy aproveché para escribir y mandar más nenúfares al estanque. Adiós, señor.

Marfán quiso seguirle pero la oscuridad se hacía infranqueable.

— ¿Cómo te llamas, pequeño? -gritó Marfán, topándose con el muro negro.

— Me llamo Marfán, señor. -contestó en un hilo de voz el niño.

No supo regresar a la ciudad, ni volvió un día tan espléndido, ni se encontró más al pequeño Marfán. La noche perpetua atravesaba, inmovilizaba, fosilizaba como quien duerme sin rastro de sueños. Además, tampoco podía seguir escribiendo.

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