Dos hermanos y el estanque de nenúfares (3ª parte)

24 de marzo 2026

El escritor Kabalcanty continúa la historia de los dos hermanos ahora situando la acción en el entorno de la cafetería Boston

Desvió su mirada en cuanto su hermana desapareció por la puerta del colmado del señor Melquiades. Tenía demasiado vista la fachada de la tienda, además a esa hora avanzada del mediodía pocos eran los que se acercaban a por cualquier cosa. Se fijó en el ir y venir en la acera de la cafetería Boston. Era su segundo punto de atención, si le fallaba el colmado siempre quedaba Boston. Se avecinaba lo mejor del día. Porque de sobra sabía que sobre esa hora Laurita haría su escapada al bar. Adivinaba su abrigo beige, el de costumbre, entre los funcionarios, ellas y ellos, ajetreados en su afán por llegar a tomarse algo antes del almuerzo. Intuía su andar vivo, a pasitos cortos y rápidos, y su melena recogida en las puntas como si fuese un casco de combate. En absoluto sabía si se llamaba Laurita o si le gustaban los tonos claros, como su abrigo o su rebeca de entretiempo, o si le gustaba su trabajo o si tenía un amante o un novio formal. No lo sabía. Tampoco le hacía falta saberlo, él la conocía sobradamente desde su atalaya del balconcito y la satisfacción diaria, excepto sábados y festivos, de verla lejana, diminuta sobre la acera, no se la dejaría ni al mejor de sus amigos, si los tuviera. A nadie. Desde su puesto Laurita era suya, solamente para él.

En efecto la muchacha apareció al poco. Desacostumbradamente iba junto a otra, charlando y parándose en los tres escaparates que jalonaban el trayecto del ministerio al bar Boston. Eran unos almacenes de ropa que exponían las ofertas en sus escaparates. Mayoritariamente era ropa femenina, vestidos, faldas o pantalones para lucir estilo los fines de semana en la zona insigne. Las dos mujeres se detuvieron bastante en una de las tiendas. Marfán escudriñaba el perfil de la muchacha como si se tratase de una especie de humano soberbio, un ejemplar digno de estudio. Estiraba el cuello, con la ventana entreabierta como si la rendija le acercara sobremanera a la intimidad de ella, y aspiraba su perfume sintiéndolo vivo en su pituitaria como si fuese una certeza irrevocable. Cerraba los ojos voluptuoso e inhalaba profundamente hasta que la mismísima piel de Laurita se hiciera mapa al alcance de sus manos. Sin duda, eran los momentos más preciados del día y también los más secretos.

Aquel día, para su sorpresa, encontró a la muchacha más irresistible que nunca. Escrutaba con delectación la faja del cuello, entre el abrigo y su melena casquete, y Marfán movía los labios como si depositase besos en aquella piel. Debía ser una sensación poderosa, pues se incorporó y se acodó sobre la barandilla del balcón, algo impropio en él. Los rayos del sol le calentaban el rostro pero su mirada seguía impasible en la contemplación de Laurita. Hasta dio un traspié al tratar de esquivar los platos con las judías verdes.

Antes de que las dos jóvenes desaparecieran por la puerta del Boston, apreció que llevaban el abrigo desabrochado. Vestían de forma muy similar (una camisa clara y una falda larga tableada) y que el corte del cabello también era parecido. ¿Iguales? Se acodó con más ahínco sobre la baranda tratando de aguzar la vista al extremo. Al final, la puerta acristalada de la cafetería segó su atención. Marfán se dejó caer de nuevo sobre la silla con algo de disgusto. Pensativo, con la cabeza baja mirándose las zapatillas de cuadros, se decía algo para sus adentros que le hacía mover los labios dentro de un bisbiseo apenas perceptible.

Así estuvo hasta que la puerta de entrada de la casa le distrajo. Regresaba Hula con un paquetito envuelto en papel de periódico. Agitó el paquete con gozo.

— ¡Aceite y del bueno, hermano! -exclamó ella cantarina- ¡Este Melquiades es un hombre la mar de apañao!

Marfán dibujó una sonrisita circunstancial.

Hula fue hasta los platos de las judías verdes para comprobar su temperatura. Los arrimó más al extremo del balcón para asegurar el sol más intenso.

— Si te dijera un secreto, -dijo de pronto Marfán buscando el perfil de su hermana- ¿me ayudarías a que dejara de serlo?

Hula no contestó enseguida, trató de buscar algún indicio en el rostro exageradamente severo de su hermano. ¿Acaso algo novedoso en las aceras entre los barrotes del balcón? Luego, se arrodilló junto a él.

— Por supuesto, Marfán, soy tu hermana del alma. Pero prométeme que no será algo acerca del estanque.

Marfán negó ostensiblemente con la cabeza.

— No sería ningún secreto si te mencionara el estanque. No, no es eso. Lo que quiero confesarte…..es que creo que ha llegado…. Que ha llegado el amor.

Dijo titubeante el hermano escondiendo la cabeza entre los hombros.

— ¿Tú? -dijo sorprendida ella- Pero si no sales de casa, hermano. ¿Es que has recibido alguna visita cuando yo no estoy yo o te mandas mensajes con alguien? Es importante que me digas la verdad.

Marfán negaba meneando la cabeza y mirando a hurtadillas a su hermana. Apretaba los puños contra las perneras del pantalón deseando sacar las palabras.

— Es Laurita, una funcionaria que veo casi todos los días desde el balcón. La amo, Hula, la amo…… Pero hoy he tenido una duda.

Dijo de corrido la primera frase, luego se detuvo unos instantes y dijo lo siguiente en modo reflexivo.

— Pero, pero ¿cómo puedes enamorarte de alguien que no conoces? -enunció Hula tomando con afecto la mano de su hermano- Marfán a distancia no es como llega el amor.

— Y por eso quiero me que ayudes a estar cerca de ella……Pero, pero, pero…..

— ¿Pero qué?

Marfán se levantó soltándose de la mano de su hermana. Anduvo por el comedor dando unos vaivenes. Se detenía tratando de pronunciar algo para después seguir su deambular inquieto.

— Quieres que te ayude para que tengas una cita. Es eso ¿no?

— Es que hoy me ha pasado algo extraño cuando la veía desde el balcón.

Fue hasta su hermana y se agachó hasta su posición. Respiraba entrecortadamente ensanchando las aletas de la nariz como si estuviera extenuado.

— Entraba con una compañera al Boston y…..y…..y….. Me parecieron dos Lauritas, una igual que la otra. Pero yo sólo amo a una, hermana.

Hula se incorporó llevando a su hermano hasta la mesa del comedor. Sentía su excitación en el sudor que le mojaba las sienes. Temblaba.

— Seguro que te has equivocado al verlas de lejos -dijo ella serena, acariciando las manos del hermano- Esa chica, Laurita como la llamas, no puede parecerse nada más que a la mujer que tú dices amar. No puede haber otra igual. Es tu Laurita.

Callaron unos momentos. A lo lejos, un autobús de línea anunciaba la próxima parada.

— ¿Me ayudarás?

— Por supuesto, Marfán.