Estaba sentado sobre el colchón sintiendo los rayos del sol primaveral en sus pies. Bostezó un par de veces haciendo un ruido consistente y se desperezó estirando los brazos. Hoy no había escuchado la puerta al salir su hermana, como lo hacía casi todas las mañanas, porque miró detenidamente el pasillo y subió varias veces las cejas sobre sus ojos encapotados. Buscó entre el batiburrillo de cosas reposadas sobre la caja de frutas que hacía las veces de mesilla hasta que halló un viejo despertador. Al comprobar la hora sacudió la cabeza y se incorporó para divisar la calle por la ventana del cuarto. El sol iluminaba el toldo del colmado del señor Melquiades agrandando la sombra más allá de la acera. Los escasos autos que pasaban por la calzada socavaban la sombra un instante como si en verdad desearan empujarla hasta colocarla en la acera. Eso le distrajo varios minutos.
Mientras desayunaba, mojando un pedazo de pan del día anterior en un tazón de leche, contaba las personas que entraban en el colmado. Estaba frente a su atalaya preferida: el balconcillo del comedor. Todos los días, incluso los sábados y festivos en los que Hula, su hermana, le insistía inútilmente en dar un paseo, le encantaba mirar el trasiego de la calle desde allí. Era una ventana grande, muy bien orientada, desde la que podía ver hasta la esquina de la calle, incluso su continuación, atravesando la avenida, y observar cómo el personal del ministerio entraba y salía. Era un bullir incesante, un ir y venir entre la cafetería Boston y el enorme portón que distinguía al ministerio. Conocía a muchos de sus funcionarios aunque jamás hubiese cruzado palabra con ninguno. El trasiego cotidiano la ayudó a ponerles nombres ficticios y, en ocasiones, a colocarles frases cuando se paraban para saludarse o comentar algún tema ordinario. Razón por la que esa mañana, como tantas otras, cuando llegó su hermana todavía estaba sobre la mesa escudriñando el exterior y sin recoger el desayuno.
— ¡Joder, Marfán, otra vez cotilleando y con toda la mesa liada! -exclamó Hula, tirando su capazo de mala manera sobre un sofá muy deteriorado- Vengo de recorrerme todos los contenedores del centro y tú dejándote los ojos ahí afuera como si contigo no fuera la cosa.
Marfán bajó los ojos y asintió compungido. Estuvo haciendo esos gestos largo rato hasta que se levantó de repente y esbozó una esplendorosa sonrisa hacia su hermana.
— ¡Podríamos ir al estanque de nenúfares después de comer!
Exclamó yendo a abrazar a Hula.
— Vamos, ya estás con lo mismo. -dijo ella poniendo las manos de parapeto- Te he dicho muchas veces que para ir allí tenemos que estar más que seguros de querer llegar allí. No es cosa baladí porque no es tan sencillo. Ya sabes, como casi todo, habrá que esperar que sucedan las ganas inmensas.
Marfán se quedó a medio camino y con el rostro apenado.
— ¿Tenemos que esperar como cuando esperamos a que llegue el amor? Yo ya tengo muchas ganas de ir y no vamos.
Dijo, buscando la mueca convincente de su hermana.
— No las necesarias, hermano. Nunca debemos desesperarnos, todo llegará. Es ley de vida.
Hula cogió el capazo del sofá y sacó varias latas de conservas y dos mendrugos de pan mugrientos en los extremos.
— Pero a ti te llegó el amor -dijo Marfán, acercándose por la espalda al oído de su hermana.- Y luego se fue otra vez. Eso me dijiste cuando murió mamá.
Hula tenía cogidos los alimentos entre los brazos. Se volvió y miró al hermano con cierta ternura para después suspirar como si se aliviara de algo notorio.
— Y es verdad. -contestó resuelta- Anda ayúdame a llevar esto a la cocina. Siempre es un rompecabezas pensar qué comeremos cada día.
Los hermanos fueron hasta la cocina y dejaron las cosas en una mesa repleta de platos y vasos de plástico. La estancia era muy reducida. Tenía una pequeña ventana, cubierta por una mosquitera tupida de polvo añoso, que daba a un patinillo oscuro por el que se escuchaban el pulular de los vecinos y algunas de sus voces.
La hermana puso los brazos en jarras y escudriñó las latas de conservas sobre la mesa. Parecía inmersa en una concentración considerable, ya que fruncía el ceño más y más a cada porción de tiempo que pasaba. Se ajustó el suéter varias veces como si tuviese una picazón procurada por la reflexión.
— ¿Garbanzos o judías verdes? -dijo al fin esperando la contestación de su hermano- Las judías mejor. Serán buenas las verduras porque mejoran la digestión, fortalecen el sistema inmunológico y mantienen la piel y los huesos saludables.
Añadió de un tirón sin esperar que Marfán, que estaba distraído contando los días de un almanaque de dos años antes, contestara.
— Perfecto -dijo Marfán a su hermana o a su tarea con el almanaque.
Hula abrió la lata de judías tirando de la anilla y la vertió en uno de los platos de plástico. Luego distribuyó una mitad de judías en otro plato y los llevó aprisa hasta el balconcillo del comedor.
— Con este solecito en una hora comemos.
Dijo la hermana, poniendo los platos en el sitio del balconcillo donde los rayos del sol eran más intensos.
— Pero sería bueno algo de aceite para rehogar las judías -añadió buscando en el fondo del pasillo a su hermano- Bajaré a la tienda del señor Melquiades a ver si tiene.
Cogió el capazo de encima del sillón y se encaminó hacia la puerta de la casa. En la puerta se untó algo de saliva en el cabello, pues lo tenía largo y algo alborotado en las sienes, hasta que se consideró suficientemente vistosa.
Marfán fue caminando aprisa por el pasillo hasta que alcanzó la silla con vistas al exterior. La fue colocando hasta que encontró un lugar donde no le deslumbraba el sol. Se echó hacia delante y estuvo atento, con las manos colgando entre las piernas, hasta que vio la figura de su hermana cruzar la calle y entrar en el colmado. Tuvo un estremecimiento que pintó una sonrisa placentera en su boca.
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