Hace pocos días nos dejó un compañero, José Ramón Romero Montouto, cuyo recuerdo permanecerá imborrable para mí y para todos los guardias civiles que tuvimos el privilegio de conocerle y compartir con él parte de nuestro camino.
Tuve la fortuna de coincidir con él en mi primer destino, en el Puesto de Redondela, en una etapa en la que uno llega con más incertidumbres que certezas y en la que el ejemplo de los veteranos resulta decisivo. Romero representaba a la perfección ese modelo de guardia civil íntegro, siempre dispuesto a orientar, a enseñar y a transmitir, no solo conocimientos profesionales, sino también los valores que dan verdadero sentido a nuestra vocación: el compromiso, la lealtad, el sentido del deber y el servicio constante a los demás.
Destinado en el Puesto de Ponte Caldelas, por entonces adscrito a la Línea de Redondela, nuestras coincidencias eran frecuentes, lo que me permitió conocer de cerca su forma de ser y de trabajar. Compartimos numerosas experiencias, algunas de ellas especialmente intensas, que hoy recuerdo con respeto y gratitud. En cada intervención, en cada conversación, dejaba ver su templanza, su prudencia y esa sabiduría que solo otorgan los años de servicio vividos con honestidad y entrega.
Sus consejos eran siempre certeros, meditados y profundamente humanos. Tenía una especial cercanía con los más jóvenes, como era mi caso, a quienes guiaba con paciencia y generosidad, sin imponerse, pero dejando una huella profunda. Al mismo tiempo, sabía contagiarse de la ilusión, la energía y el optimismo de quienes empezábamos, creando un vínculo de respeto y admiración mutua que trascendía lo profesional.
Romero encarnaba, en definitiva, las más nobles virtudes beneméritas: la vocación de servicio, la rectitud, el compañerismo y el honor. Su forma de actuar, siempre discreta pero firme, era un ejemplo silencioso que hablaba por sí mismo y que marcó a cuantos tuvimos la suerte de aprender a su lado.
Recuerdo también, con especial cariño, la emoción y el orgullo con los que hablaba de su hija Dolores, destacando su trayectoria profesional. Siguiendo los pasos de su padre, ingresó en la Guardia Civil formando parte de la primera promoción de mujeres del Cuerpo, un hito que él vivía con legítima satisfacción y orgullo. Años más tarde, tuve asimismo el honor de compartir destino con ella en Pontevedra, lo que reforzó aún más el vínculo y el recuerdo de su padre.
Hoy, al evocar su figura, solo cabe sentir gratitud por todo lo que nos dejó: su ejemplo, su enseñanza y su calidad humana. Su legado perdurará en quienes tuvimos la suerte de conocerle y en todos aquellos a quienes, de una u otra forma, alcanzó su influencia.
A Dolores, así como a sus familiares, amigos y compañeros, quiero trasladarles mi más sentido pésame, junto con el reconocimiento sincero a la figura de quien fue, ante todo, un gran guardia civil y una excelente persona.
Gracias por tanto, compañero.