Humanidad y vocación en los pasillos de Montecelo: Nuria Carballo y Cristina Acuña

16 de marzo 2026
Actualizada: 17 de marzo

Con su discreción, amabilidad y una profunda vocación de servicio, ellas son el ejemplo de que la excelencia de nuestro sistema público también reside en quienes, desde puestos a veces menos visibles, sostienen el ánimo de la gente

Con frecuencia, la ciudadanía, y yo misma,  utilizamos las cartas al director como un altavoz para el reproche: para trasladar quejas, denunciar carencias o expresar el malestar ante los fallos del sistema, que no son pocos. Sin embargo, hoy escribo movida por un sentimiento de justicia y gratitud que considero necesario compartir abiertamente.

En estos días he vivido de cerca la realidad del Hospital Montecelo. Allí, en ese entorno de pasillos donde el miedo, la incertidumbre y la preocupación suelen ser los compañeros de viaje de pacientes y familiares, he tenido la fortuna de cruzarme con dos profesionales excepcionales: Nuria Carballo, celadora, y Cristina, del equipo de seguridad.

A menudo hablamos del sistema sanitario centrándonos exclusivamente en lo clínico, olvidando que un hospital es, ante todo, un ecosistema de personas atendiendo a personas. El trabajo de Nuria y Cristina va mucho más allá de las funciones técnicas de su puesto. Ambas representan ese valor que, en momentos de vulnerabilidad, resulta tan medicinal como cualquier fármaco: la humanidad en el trato.

Su capacidad para orientar con paciencia a quien se siente perdido —física y emocionalmente—, la calidez de sus palabras y esa empatía natural con la que se dirigen a quienes atraviesan situaciones delicadas, consiguen algo fundamental: que el hospital sea un lugar un poco más habitable. Con su discreción, amabilidad y una profunda vocación de servicio, ellas son el ejemplo de que la excelencia de nuestro sistema público también reside en quienes, desde puestos a veces menos visibles, sostienen el ánimo de la gente.

Por eso me parecía de justicia dedicarles estas líneas. Porque es necesario reconocer públicamente a quienes hacen bien su trabajo y, sobre todo, a quienes deciden hacerlo con respeto, sensibilidad y verdadera sororidad ante el sufrimiento ajeno. Mi más sincero agradecimiento a Nuria y a Cristina por su dedicación, por su profesionalidad y por recordarnos que, incluso donde más se sufre, siempre hay personas capaces de aportar luz.

Atentamente,
María Rey