Ya he estado antes, pero siempre deseo volver.

Villafáfila impresiona incluso antes de llegar. Desde la carretera ya se intuye: el paisaje se aplana, el horizonte se estira y el cielo se despliega sin límites. No hay árboles que lo frenen, ni montes que lo contengan. Solo aire, luz y distancia. Una llanura que parece inmóvil, pero que cambia a cada hora, con cada sombra, con cada ráfaga de viento.
A simple vista engaña por su simplicidad. Pero basta un momento de quietud para notar los matices. La luz lo transforma todo; los colores no son los mismos por la mañana que a media tarde. Y las aves —tantas— no siempre están donde se espera. Algunas se dejan ver con facilidad; otras apenas se insinúan en un movimiento lejano, un trazo en el aire, una mancha que se disuelve en el campo.
Las avutardas se funden con la tierra y solo se revelan cuando uno aprende a distinguirlas. Las grullas cruzan en formación, sus voces roncas traen consigo un vestigio de lo antiguo. Las avefrías, inquietas, se arremolinan sobre los cultivos, y en los márgenes del agua, cigüeñuelas y avocetas se turnan con limícolas en paso, que se transforman casi a diario. A veces están lejos, otras tan cerca que se adivina el vaho en sus picos.
Y por encima de todo, las rapaces. Cernícalos, milanos, aguiluchos. Basta una silueta para que el ojo se afine, para que el cuerpo se quede quieto. Hay vuelos que duran segundos, pero dejan una huella. Una alerta. Una pregunta. Un deseo de seguir atento.
Aquí sucede más de lo que alcanzo a contar. Cada estación renueva el entorno y a quienes lo recorren. La luz se modifica, los sonidos se transforman, y también varía el ánimo con el que se camina. Nada permanece del todo, y quizá por eso se siente más vivo.
Y lo mejor: se puede estar sin molestar. La reserva está pensada con respeto. Hay carteles discretos, caminos señalizados, observatorios que no alteran la vista abierta. Queda claro que el trabajo ha sido cuidadoso. Que el lugar importa.
Yo siempre voy buscando un poco de eso. De espacio. De cielo. De tiempo. Y me voy con algo más difícil de nombrar, pero que perdura. Como el eco de un vuelo que aún no termina de irse.
Mientras escribía esto, pensaba también en Andrés Núñez Rajoy, que hace poco tuvo la generosidad de mencionar mi forma de acercarme a la naturaleza en una de sus columnas. En sus palabras estaba la mirada de quien lleva toda una vida observando. Los que llegamos después tenemos mucho que agradecer a quienes nos abrieron camino, con paciencia, libros compartidos, prismáticos gastados y una forma de estar en la naturaleza que todavía nos guía.
Tal vez por eso, al volver a lugares como este, una siente que no está sola: que observa desde lo que ha aprendido, y también desde lo que otros, antes, aprendieron a ver.
Y esas huellas siguen vivas en los pasos de quienes llegan después.
