Vamos a hablar, pero muy seriamente, del teléfono móvil. Más concretamente, de uno de los usos del teléfono móvil. Ese que consiste en utilizar el acceso a internet para buscar en google cualquier mierda que se te viene a la cabeza. Hablamos de las interacciones sociales en las que alguien desliza un dato, una cita, una idea y parece que ha explotado un petardo que no es otra cosa que la compulsión de verificar esa información a través de ese buscador que se ha adueñado de nuestras almas. Y así las conversaciones se ven inundadas por ese petardeo de búsquedas en google para averiguar cuántos goles logró Benzemá como jugador del Madrid, cuántos años tiene el Gran Wyoming o cuál fue la primera película que rodó Coppola. Asuntos con cuyo desconocimiento no solo se vive igual sino exactamente igual y que solo la posibilidad de acceder a ese apunte sumada a la idiocia en versión más que leve hacen que gastemos tiempo y huellas dactilares aporreando el aparato. No sé si me estoy explicando. Una cosa es tener un smartphone y otra hacer un uso inteligente de él. Y no me digan que es que pica la curiosidad, porque la curiosidad no pica. La curiosidad mató al gato, dicen los ingleses, pero aparte de su vertiente asesina, es una pulsión que conviene mantener a raya. Y es absurdo sentir curiosidad por algo solamente porque resulte sencillo saciarla. Hay que ajustar la curiosidad a la necesidad y no viceversa.
Proponemos lo siguiente: en la próxima ocasión en que un contertulio manifieste una duda o ignorancia con respecto de una mierda de dato que no le interesa absolutamente a nadie en el universo conocido, antes de que alguien se ponga a teclear en el móvil poseído por el afán de recabar esa información, usted, con gesto grave, perfecta vocalización y tono contundente, zanja el asunto dando una cifra, nombre, año o lo que sea, totalmente inventado. La contundencia de su aseveración seguida de un oportuno cambio de tema, hará proseguir la charleta sin tener que acumular otra trapallada más en unos cerebros ya saturados de trapalladas. Luego, secretamente, solo tiene que compartir el truco con otro contertulio (solo con uno en cada ocasión) y así se irá extendiendo esta sanísima práctica que estoy pensando en patentar ahora mismo, si es que se pueden patentar este tipo de genialidades que se nos ocurren a los genios un día cualquier de nuestra extraordinaria existencia.