El Museo de Pontevedra acaba de incorporar a su colección 68 obras firmadas por Leopoldo Nóvoa, uno de los artistas gallegos más importantes de la segunda mitad del siglo XX.
La viuda del artista, Susana Carlson, firmó con el vicepresidente de la Deputación, Rafael Domínguez, el acta de donación por la que entrega al Museo un amplio conjunto de obras sobre lienzo, pinturas sobre papel, grabados y libros, hasta ahora de su propiedad.
"É un día de alegría para o Museo de Pontevedra, sentímonos moi orgullosos de poder acoller estas obras que, sen dúbida algunha, contribuirán a seguir posicionando este recinto como o museo provincial máis importante de España", aseguró Rafa Domínguez.
Las obras fáciles están datadas entre 1987 y 2010. Incluyen 15 cuadros de técnica mixta sobre lienzo, varios de ellos de gran formato. El conjunto incluye también 27 grabados, realizados con las técnicas de augafuerte o de serigrafía. Completan la donación cinco libros de Catherine Topall, Julio Cortázar y José Ángel Valiente, ediciones especiales con ilustraciones del artista.
Las 68 obras recibidas se suman a las seis que ya formaban parte del acervo del Museo, tres de ellas presentes en la exposición permanente. En 2020, el Museo le dedicó una exposición retrospectiva que conmemoraba el centenario de su nacimiento y en la que se exhibieron varias de las obras ahora donadas por Susana Carlson.
Leopoldo Nóvoa (Salcedo, Pontevedra, 1919 – París, 2012) es uno de los grandes referentes del arte abstracto en la segunda mitad del siglo XX, tanto dentro como fuera de Galicia. Artista riguroso, hombre reflexivo y profundo, vivió una larga y prolífica existencia en lugares y circunstancias muy dispares que lo convirtieron en un personaje cosmopolita y de vasta cultura. Un caudal personal que transmitió y plasmó en toda su prolífica producción creativa.
Pasó sus primeros años en Uruguay y Argentina, donde se gestó el valor que la forma y la materia tendrán en su obra posterior. Luego vivió en París, donde se desarrollará su madurez creativa, lo que alternó con largas temporadas en su casa-taller de Armenteira. Tras el dramático incendio que sufrió su taller de París, se diluyen cada vez más los límites entre la pintura y la escultura, con obras en tonos blancos y ceniza y que adquieren volumen e incorporan fragmentos de materia. A esta etapa pertenecen las obras que se incorporan ahora al Museo.