Cada 19 de noviembre (Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual de Niños, Niñas y Adolescentes) se recuerda una realidad tantas veces silenciada: la violencia sexual en la infancia y adolescencia.
En esta fecha, la psicóloga y escritora Paula Ferreira —autora del libro Inocencia Resiliente, donde narra en forma de poesía su propia experiencia de violencia sexual en la infancia— reivindica la urgencia de mirar de frente a un problema que sigue escondido en los hogares y marcado por la culpa, la vergüenza y el silencio.
Esta tarde de miércoles, a partir de las 16:00 horas, Ferreira imparte junto a la psicóloga Anaís Sueiro una charla desde la UNED Pontevedra, presencial y online, titulada Redes de comunicación neuroendocrina y su influencia en la salud psicofísica: nervio vago, eje Hipotalámico-Hipofisario-Adrenal y eje intestino-cerebro para comprender la huella biológica del trauma y las herramientas terapéuticas de abordaje.
A esta actividad, suma su trabajo en el Taller de escritura emocional-reflexiva, cuya próxima edición será en febrero de 2026.
Desde esa confluencia entre ciencia, experiencia y acompañamiento, Ferreira defiende, en esta entrevista con PontevedraViva, un mensaje claro: "el proceso de recuperación no es rápido, no es fácil, pero la reconstrucción es posible".
– ¿Por qué sigue siendo necesario dedicar un día mundial a la prevención del abuso sexual infantil? ¿Qué seguimos sin ver como sociedad?
Sigue siendo necesario porque es difícil de detectar. Normalmente esperamos que los abusadores sean gente que tiene pinta de abusador o abusadora, pero, por desgracia, donde más suceden los abusos, o más bien las agresiones, porque la palabra abuso se me queda corta, es en los hogares. Se estima que el 85% de los abusos o agresiones se producen en los hogares.
En el momento en que a un ser sobre el que un adulto tiene poder, aunque sea manipulador y sin violencia física, se le somete al deseo del que abusa, para mí es violencia.
Un niño o adolescente no tiene poder de decisión, no se les enseña a ser afectivos de forma respetuosa (la obligación de tener que besar a todo el mundo, aunque no quieran) y muchas veces viven violencias emocionales y de todo tipo, no solo la sexual.
Como ocurre en los hogares, es difícil de detectar y difícil que un niño lo hable, aunque confíe en sus padres, por el estigma de vergüenza y culpa.
El niño siempre se cree culpable: porque no lo hizo parar, porque no lo contó antes, porque tiene miedo..., y luego la vergüenza, cuando nos enseñan que nuestro cuerpo es algo sagrado; y bueno, ahora ya con las niñas no tanto, pero antiguamente a las niñas se nos enseñaba que, si nos acostábamos con un chico, estábamos ya manchadas y que ya nadie nos iba a querer.
Entonces imagínate lo que puede rondar en las cabezas de estas criaturas. Son tantas las razones por las que sigue siendo necesario visibilizar y sensibilizar que es que ya me pasaría más de una hora hablando de ello.
– Vamos entonces por partes. ¿Qué datos se consideran imprescindibles para comprender la magnitud de este problema?
Una de cada cinco mujeres y uno de cada siete hombres, ya en la vida adulta, han sufrido abusos en la infancia. En un aula de 25 alumnos, por ejemplo, alrededor de cuatro criaturas están sufriendo abusos. Esto es espeluznante y solo es la punta del iceberg, porque mucha gente muere sin contarlo.
En otros tipos de violencia, seis de cada diez niños menores de cinco años sufren regularmente castigos corporales o violencia psicológica, perpetrados por progenitores o cuidadores. Estamos hablando de 400 millones de personas alrededor del mundo.
Estas personas tienen más probabilidad de abusar de otros o de volver a sufrir abusos. Si rompemos a una persona desde la raíz, ¿qué podemos esperar después?.

– ¿Qué consecuencias de estos abusos aparecen en la vida adulta?
Es una lista interminable, porque cada persona va a reaccionar de una manera diferente.
Dependiendo del temperamento de base, la crianza, su propia biología, si le abusó una figura de apego o un extraño, cuánto tiempo duraron los abusos... Hay muchas variables y hay muchos perfiles, yo diría que tantos como personas en el mundo.
Las consecuencias pueden ser enfermedades crónicas de todo tipo, físicas y psicológicas: hipertensión, problemas cardiovasculares, enfermedades autoinmunes, patologías neurodegenerativas. La biología se transforma y aumenta la probabilidad de padecer diversos problemas.
A nivel relacional, los vínculos quedan vetados: no se confía en sí mismo, en los demás ni en el mundo. También aparecen trastornos de conducta alimentaria, adicciones, enfermedades mentales graves como el trastorno de estrés postraumático y procesos de disociación. Esto crea estigma, aislamiento y problemas como ansiedad, depresión o trastorno límite de la personalidad.
A nivel laboral y social, muchas personas viven por debajo de sus capacidades reales y, ante retraumatizaciones, por pérdidas o separaciones, algunas terminan suicidándose.
– Hay estudios que relacionan el origen de enfermedades crónicas como la fibromialgia con las experiencias de violencia sexual en la infancia. ¿Cuál es tu punto de vista?
Está demostrado a día de hoy el vínculo entre la fibromialgia y el abuso sexual en la infancia; o también los problemas digestivos, ya que el abuso afecta especialmente al nervio vago, que regula toda la función orgánica.
Esta violencia es un estrés crónico en edades tempranas y puede dejar el eje del estrés hipersensibilizado. También se conecta con el eje microbiota-intestino-cerebro, creando una reacción en cascada que afecta a todo el cuerpo.
Va a afectar tanto a la respuesta vagal (nervio vago), al funcionamiento de nuestra microbiota y nuestro eje intestino-cerebro. El intestino es el llamado segundo cerebro, y es el órgano endocrino más grande del cuerpo. Es ahí donde se cocina todo.
Por eso es importante visibilizar, porque esto no se contempla a nivel médico de forma integral. Muchas personas terminan en psiquiatrización sin un abordaje multidisciplinario. Si alguien verbaliza abusos en la infancia, hay que hacer un abordaje integral, no tratar solo la depresión, por ejemplo.

– Acabas de hablar del nervio vago y de la relación intestino-cerebro, pero en la charla de este miércoles 19 también abordarás un tercer elemento: el eje Hipotalámico-Hipofisario-Adrenal.
Ese es el eje que reacciona ante el estrés. Se va a abordar todo, eje por eje, sus funciones, su anatomía y cómo la interacción se puede ver desde cada eje entorpecida y perjudicada.
Luego se van a abordar las herramientas terapéuticas sencillas, cosas que podemos hacer cotidianamente. Los hábitos de vida ordenados y sanos son importantísimos para empezar a regularse.
- ¿Nos puedes avanzar alguna de estas pautas cotidianas?
Yo recomiendo mucho, aunque no nos guste, hacer ejercicio. Porque nos va a ayudar a regular tanto el estrés como las emociones, nos va a trabajar la autoestima, los patrones de sueño... Son puntos que podemos hacer cotidianamente y que van a ordenar el resto de los puntos.
Al ver que con el ejercicio mejoramos, aunque sea un poco, vamos a tener más ganas de salir, vamos a relacionarnos más y tener más ganas de desarrollar nuestro potencial; y eso nos lleva a tener más crecimiento a nivel laboral, académico y personal, con una mejor autoestima y un mejor autoconcepto.
– ¿Cuánto tiempo te llevó recuperarte de la violencia sexual vivida en la infancia?
La gente tiene que saber que esto es un proceso muy lento. A mí me llevó veinte años levantarme del estrés postraumático, y lo conseguí con buenos hábitos y buenas relaciones. El apoyo social es muy importante, somos animales gregarios y necesitamos de los demás.
Es muy importante que la gente haga conciencia de que esto no es simplemente "pasar página" y ya está. Las secuelas son tan graves que no se puede pasar página, ojalá.

– ¿Por qué en la mayoría de las personas que han sufrido estas violencias los recuerdos no aparecen hasta la edad adulta?
Eso se llama amnesia disociativa. Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen unos mecanismos de protección ante eventos de estrés extremo. Que a ti de repente te agreda un familiar sexualmente es un estrés extremo, sobre todo cuando eres una criatura.
Nuestro cuerpo y nuestra mente tienen un mecanismo que se llama disociación, que depende del nervio vago, que puede, vamos a decirlo de forma sencilla, separar la mente del cuerpo, y entonces la memoria queda como en un cajón bien cerrado, porque el dolor emocional es tan grave que si tuviéramos que gestionarlo a esas edades nos moriríamos.
¿Qué sucede? Que tenemos una memoria sensorial aunque no tengamos una memoria cognitiva. Entonces, ante estímulos que al cuerpo le recuerden, aunque sea vagamente, la experiencia, todo puede reventar en un estrés postraumático diferido, incluso décadas después del suceso.
– El plano de las relaciones sexuales es uno de los más afectados. Pero, ¿cómo se puede explicar que el cuerpo adulto entre en pánico cuando siente placer en una relación sexual sana, en la que no hay ningún tipo de violencia?
El cuerpo y la mente son complejísimos, y su interacción más. Hay una memoria sensorial.
Si hubo manipulación, una seducción perversa del adulto, el niño sensorialmente siente placer cuando le tocan en ciertas partes del cuerpo. Es un estímulo y una reacción. Como cuando pelas cebolla y tus ojos lloran. Tú no puedes controlar si tus ojos lloran o no. Pues en el cuerpo del niño pasa igual.
El abuso sucede, termina, la criatura sigue creciendo y, de repente, cuando empieza a tener sus primeras relaciones todo eso puede reventar.
Aunque era un abuso, la criatura no sabe del todo por qué aquello está mal y por qué le hace sentir mal; y aunque le dé un gustito, digamos, aún siendo niños, tenemos una intuición, sabemos que aquello no está bien, aunque no sepamos por qué nos sentimos mal, aunque nuestro cuerpo sienta bienestar. Es un estímulo-reacción-memoria. Y no podemos controlar cuando sucede.
Son tantas variables, que sería largo de explicar. Porque además tengo la experiencia, sé cómo funciona, he vivido muchos de los procesos que explico. Afortunadamente, a día de hoy, soy otra persona ya.

– En tu caso, empezaste a estudiar el Grado en Psicología entrados los 40 años. ¿Fue una evolución necesaria?
Mi estrés personal me complicó la vida a partir de los 30. Caí en un proceso de psiquiatrización porque tuve unas secuelas gravísimas y la medicación no me ayudó. Entonces empecé a informarme sobre bioquímica, medicaciones, efectos secundarios y, más o menos, ordené mi vida.
Alguien me dijo que con lo que sabía y mi propia experiencia podía ayudar a otras personas. Tenía más de 40 años y por fin una vida cómoda, pero me tocó la conciencia y empecé a estudiar Psicología. Al estudiar comprendí aún más mis procesos, mejoré más mi vida y ahora voy informando a otros y otros van tomando esa ayuda.
– ¿De alguna manera transformar todo ese dolor en algo positivo?
Sí, en algo positivo, en poder ayudar y que sea útil.
Sinceramente, no puedo cambiar el pasado. Yo siempre tuve mucha memoria y lo recuerdo prácticamente todo con pelos y señales. Para mí, durante un tiempo, fue una tortura, porque revivía eso una y otra vez y no me dejaba avanzar. Pero sí puedo construir otro futuro, transformar mi presente y el presente de otras personas.
Yo tengo un amigo que me conoce desde niña y que sabía lo tímida que yo era, que no me relacionaba, que estaba siempre como un animalito asustado, y me dice que no tengo nada que ver por el poderío que tengo hoy.
Por eso de alguna forma también mi mensaje es el de la esperanza. Es difícil, es lento, hay que tener mucha paciencia y disciplina, rodearse bien, pero imposible no es. Porque yo lo he hecho.
– ¿En este trabajo de "reconstrucción" una buena herramienta sería la escritura emocional-reflexiva que enseñas en los talleres que impartes en la UNED?
En los talleres trato temas que en su momento para mí fueron cruciales. Les doy muchísima información acerca de cómo funciona su mente y su cuerpo en interacción. Y luego les pongo ejercicios que trabajan cada temática.
Hablamos de identificar y gestionar emociones, de cómo funcionan los sesgos de pensamiento, los apegos...
Simplemente escribir ya tiene unos beneficios sobre la integración de la activación de nuestros circuitos neuronales, que están bastante perjudicados cuando hay trauma, cuando hay depresión, cuando hay ansiedad, etcétera.
Entonces, al activarse de una manera más integrada el cerebro, ya ayuda en muchos procesos. Si encima hacemos reflexión, el cambio puede ser espectacular.
Yo tengo personas que tenían miedo a hablar en público, cosa que me sucedió a mí también, y ahora hablan muchísimo cuando están en clase. A veces, rompes un bloqueo y es como la puerta de entrada a romper otros muchos.
– Por último, ¿es posible reconstruir la vida, las relaciones, la autoestima, después de un trauma por violencia sexual en la infancia? ¿Qué mensaje se le podría dar a las personas que aún no han podido pedir ayuda?
Sí, es posible. Como dije antes, rodearse muy bien, conseguir todo el apoyo posible de personas que no juzguen y, si necesitamos una psiquiatrización, de acuerdo como muleta, yo lo veo bien, pero hay que buscar otras soluciones.
El trauma no se soluciona con pastillas. Eso es algo que tengo clarísimo. Entonces ya sea por asociaciones, por privada o por la Seguridad Social, hay que buscar psicoterapia.
Si pueden, que busquen un buen profesional que entienda el trauma y que enfoque el tratamiento del trauma de forma respetuosa y gradual. Porque lo que sí tengo claro es que esto es un proceso de muchos años.