José Diéguez, el 'forzudo' pontevedrés que fue polizón del Titanic

A Lama
08 de junio 2026

Tomás Abeigón recupera la historia del fisicoculturista de A Lama que se convirtió en leyenda por su portentosa fuerza física y por su valentía en el hundimiento del barco más famoso de la historia

José Diéguez con sus medallas deportivas
José Diéguez con sus medallas deportivas / Tomás Abeigón

José Muíños Diéguez, más conocido por José Diéguez, nació en la provincia de Pontevedra, más concretamente en Xende (A Lama), en febrero de 1875. Fue hijo de un zapatero y de una mujer que, según los registros, tenía "ocupaciones propias de su sexo".

Desde muy joven, se notaba que era especialmente espabilado. Mostraba siempre mucha agudeza mental y, a medida que se fue haciendo mayor, igualmente destacaba por poseer una fuerza física que llamaba la atención a todo aquel que lo conocía.

No tuvo una vida fácil. Al nacer en el seno de una familia muy humilde compatibilizó las faenas propias del trabajo en el campo con la asistencia a la escuela para aprender a leer y a escribir y conocer reglas fundamentales de matemáticas para desenvolverse en la vida.

Pero llegó a ser descrito en la prensa local de entonces (1905) como un "prototipo de atleta, seco de carnes, de 68 kilos de peso, y con unos músculos que están extraordinariamente pronunciados gracias a una voluntad de acero".

Entre las gestas de este fornido joven, era capaz de destrozar una manzana con la fuerza de las manos o de romper cuatro nueces sujetándolas al unísono entre los dedos sin cerrar el puño simplemente con la fuerza de la aducción de estos.

Además, era también capaz de romper con las manos en una sola maniobra una baraja de cartas, de doblar clavos y monedas, de levantar grandes pesos como si fueran galletas y de levantar un ternero y transportarlo 30 metros sin despeinarse. Él, no el ternero.

Centrándonos ya en el final del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la fuerza física generaba un especial interés y atención llenando teatros, circos y salas de variedades, con cientos de espectadores deseosos de contemplar proezas aparentemente imposibles.

José Diéguez con sus compañeros
José Diéguez con sus compañerosTomás Abeigón

Fue cuando nuestro protagonista José Diéguez, aprovechando ese talento innato, se trasladó a Lisboa donde tuvo la oportunidad de desarrollar y exhibir sus habilidades.

Allí se inscribió en la asociación que había luchado con más ardor y con más confianza por el fortalecimiento de la juventud portuguesa, el Real Gimnasio Club Portugués, en donde Diéguez se convirtió en campeón de levantamiento de pesas y halteras.

En esos campeonatos, el numeroso público asistente, sabedor de su complexión, le pedía que hiciese demostraciones de "belleza plástica", que era el nombre con el que en aquella época se le conocía al actual deporte del fisicoculturismo.

Provocaba el delirio de los presentes, que aplaudían con entusiasmo cada una de sus poses, admirados por la armonía de sus formas, la definición de su musculatura y la elegancia con la que ejecutaba cada movimiento.

Pero finalizada su exitosa carrera deportiva, se decidió como la mayoría de los emigrantes gallegos de entonces, a cruzar el charco para ir a Nueva York

José Diéguez (a la izquierda)
José Diéguez (a la izquierda)Tomás Abeigón

Para él, un nuevo comienzo en América era un faro imposible de ignorar, pero el elevado coste de los pasajes que partían en aquel entonces desde Vigo y A Coruña, lo llevaron a tener que pedir ayuda a su admirado entrenador, y sobre todo amigo, Walter Awata.

Fue quien intercedió por él ante el instructor de gimnasia del transatlántico más grande del mundo, el majestuoso Titanic, el escocés Thomas McCawley, para que le consiguiese un billete a bajo coste para partir rumbo a la ciudad de los rascacielos desde Southampton.

No pudo conseguir ese pasaje, pero para conocerlo un poco más y ver en qué medida lo podía ayudar le acogió un mes antes en su casa.

Al ver su hercúleo aspecto con aquellos imponentes músculos cincelados como una escultura griega y comprobado que poseía dotes para la instrucción física, le propuso que dirigiera unas clases en una sala gimnástica de la ciudad.

Viendo lo bien que se desenvolvía y pensando que le podía servir de ayuda en estas tareas en el gimnasio del buque de línea más lujoso que jamás hubiera surcado los océanos, tras una charla rápida y en secreto, acordaron pues la oportunidad de viajar como polizón.

José Diéguez (a la derecha) dirigiendo una clase
José Diéguez (a la derecha) dirigiendo una claseTomás Abeigón

Aprovechando que un par de días antes de que zarpara el barco se le permitió a McCawley acceder al gimnasio junto a un "técnico" de la empresa proveedora de los aparatos gimnásticos que eran eléctricos, coló a Diéguez hasta la cubierta superior del barco.

Era donde se ubicaba el gimnasio y allí se ocultó durante la travesía. Podía dormir sobre una gruesa colchoneta, apoyando la cabeza a modo de almohada sobre dos cojines que se utilizaban para los ejercicios de suelo. Le llevaban comida y agua al menos una vez al día.

Este plan era difícil que fracasara. Al gimnasio sólo tenían acceso los pasajeros de primera clase (a los de segunda y tercera clase, no se les ofrecía más que pasear por las cubiertas a modo de ejercicio físico). Ni siquiera la tripulación podía acceder al mismo.

El 14 de abril de 1912, día en el que el Titanic comenzó a hundirse a raíz de colisionar contra un iceberg, muchos de los pasajeros de primera clase se acercaron al gimnasio que estaba muy próximo a los botes para refugiarse allí del frío.

Thomas McCawley se dispuso a ayudarles colocándoles los chalecos salvavidas a los niños y Diéguez, con su enorme fuerza y con ese coraje y determinación que tenemos los gallegos, los aupaba a los botes salvavidas.

Thomas McCawley en el gimnasio del Titanic
Thomas McCawley en el gimnasio del TitanicTomás Abeigón

Mientras los gritos de los pasajeros aterrados, el caos, el frío cortante del Atlántico y el pánico retumbaban fuera de las ventanas del gimnasio, se sospecha que un oficial al ver ese gesto, le ofreció subirse a uno de los botes para cuidar de los mismos.

Poco después, el barco al que apodaron "el insumergible" se fue al fondo del mar llevándose consigo más de 1.500 vidas dando comienzo a uno de los capítulos más trágicos de la historia de la humanidad.

En la lista oficial de supervivientes, José Diéguez no aparece con ese nombre, aunque sí, se sabe que finalmente sobrevivió al desastre, cosa que no logró Thomas McCawley.

Y así, el pontevedrés José Diéguez, el culturista y forzudo que sobrevivió al Titanic como polizón, se convirtió en leyenda. No sólo por su portentosa fuerza física y los títulos conquistados, sino por su valentía en el hundimiento del barco más famoso de la historia.

Caricatura de José Diéguez sosteniendo el Titanic
Caricatura de José Diéguez sosteniendo el TitanicTomás Abeigón

Lamentablemente, lo único que se conoce de él es que tuvo unos prósperos negocios que le permitieron amasar una considerable fortuna y que falleció estando soltero y sin hijos, a causa de una parada cardiorrespiratoria a los 44 años en Lisboa.

Cuando preparaban el cuerpo para el entierro, descubrieron que llevaba colgada al cuello una cadena con un viejo botón metálico grabado con el emblema de la White Star Line (compañía naviera británica famosa por ser la propietaria del Titanic).

Era del uniforme de McCawley como promesa de reencontrarse. Nunca se lo quitó.