En la Boa Vila, la mañana del 24 de diciembre no se mide en horas, sino en colas.
Mientras unos corren por el mercado de abastos en busca del marisco más fresco y otros sudan frío pensando en el regalo olvidado, hay un fenómeno que se repite puntualmente cada Nochebuena como son las interminables filas frente a las pastelerías artesanales.
Este año, las más comentadas, y fotografiadas, fueron las de las Confiterías Solla y Capri, donde la paciencia se mezcla con el aroma a almendra y yema.
En Solla, en la calle Michelena 7, el tiempo parece haberse detenido… salvo para la cola, que avanzaba con parsimonia navideña desde primera hora.
Allí siguen fieles a la tradición, elaborando polvorones, mazapanes, pan de Cádiz y su joya de la corona el famoso Culebrón. Un dulce que conquista generaciones enteras de pontevedreses con recetas de toda la vida y materias primas de primera.
En Capri, a este dragón de mazapán le llaman directamente "el bicho". Y como si fuera Cristiano Ronaldo en sus mejores años, tiene una legión de fans dispuestos a esperar por él lo que haga falta.
Bizcocho, almendra, yema y tocinillo forman la alineación titular, aunque cada confitería guarda su toque secreto, ese que provoca debates familiares sobre cuál es "el auténtico".
La mayoría de los clientes ya tenían sus dulces encargados, porque en Pontevedra la improvisación tiene límites, y uno de ellos es quedarse sin postre en Nochebuena.
La tradición manda que el bicho se ataque en la sobremesa del día 24, aunque como siempre se compra de más, algún trozo sobrevive hasta Navidad.
Eso sí, por poco tiempo pues en el horizonte ya asoma otro protagonista inevitable, el Roscón de Reyes, que sigue luciendo frutas escarchadas, pero cada vez comparte más vitrina con versiones rellenas de chocolate o crema.
Porque si algo queda claro en estas fechas es que la dieta… empieza a mediados de enero.