Hay personas que no solo tienen biografía: tienen país, memoria y una forma de estar en el mundo que explica muchas cosas. Paloma Rodríguez Español pertenece a esa generación que no esperó a que la libertad llamase a la puerta, sino que salió a buscarla, a defenderla y a empujarla cuando todavía había que correr delante de quienes no querían que España respirase democracia.
Su segundo apellido, Español, parece casi una declaración de principios: no de una España cerrada, pequeña o de postal antigua, sino de una España abierta, solidaria, valiente y profundamente humana. Esa que se construyó con mujeres como ella, con compromiso y con una idea muy clara de la justicia: estar siempre del lado de quien más lo necesita.
Paloma habla con la naturalidad de quien ha hecho mucho y no necesita exagerar nada. Trabajadora, sensible, empática y con una vida ligada al cuidado de los demás, su trayectoria deja una huella enorme en Pontevedra y en todas las personas a las que acompaña. Escucharla es asomarse a una mujer luminosa, de convicciones firmes, corazón inmenso y una elegancia moral que no se aprende: se tiene.
- Dime una pregunta que no te guste que te hagan.
Ninguna en especial. Me pueden preguntar de todo, incluso por la edad. No tengo problema con eso.
- ¿Cómo es tu relación con Pontevedra?
Excelente. Mi relación con Pontevedra es de adopción: yo nací en Soria y vine aquí porque a mi padre lo destinaron a esta ciudad. Lo viví con mucha naturalidad. En casa seguíamos cocinando recetas castellanas, pero recuerdo una Pontevedra amable, especialmente el quiosco de María, en la Herrería.
- ¿Cómo te definirías?
Como una persona trabajadora, supersensible y empática, aunque quizá no debería ser yo quien lo dijese (risas).
- ¿Qué características tiene tu generación?
Soy de la generación de los Beatles, de quienes peleamos por romper las normas y por conseguir una libertad que hubo que luchar. Recuerdo las muchas veces que corrí delante de los grises por Santiago.
- ¿Cómo empezó tu camino profesional?
Empezó casi por casualidad. En el instituto fueron a darnos una charla sobre trabajo social, que entonces era una profesión que empezaba a definirse, y a mí me pareció algo maravilloso. En ese momento tuve claro que quería dedicarme a eso.
- ¿Qué recuerdas de aquellos años de trabajo?
Estuve en el Servicio de Psiquiatría, donde al principio no había médicos fijos todos los días, pero poco a poco, con mucha lucha, conseguimos crear un servicio magnífico. Era maravilloso aquel equipo y, por supuesto, Víctor Pedreira, que fue jefe de servicio. Era un equipo muy aperturista, muy social, que visitaba a los pacientes en sus casas o donde hiciese falta.
- ¿Qué aprendiste de esa etapa?
Aprendid que este trabajo exige empatía, compromiso y creer de verdad en la justicia social. Al principio lo pasé mal; las primeras semanas llegaba a casa llorando, pero poco a poco fui creando una coraza para separar el trabajo de mi vida personal. En este sector hay que acompañar, apoyar e implicar también a las familias. Y hacen falta más personas y más recursos económicos.
- ¿Cómo ves la sociedad de hoy?
Creo que antes el trabajo era más comunitario y ahora vivimos en una sociedad mucho más individualizada. La sociedad es solidaria, sí, pero depende para qué: por ejemplo, puede volcarse con personas ucranianas y, en cambio, no hacerlo igual con personas de otros países en guerra.
- ¿Qué consejo le darías a los jóvenes o a las personas que empiezan como trabajadoras sociales?
Que mantengan siempre su compromiso.
- Tu nombre está también ligado a un gran proyecto, ¿cómo nace la asociación Alba?
Todo empezó cuando le pedí al INEM montar un taller de cerámica para personas con enfermedad mental. Se organizó un par de años y, cuando se dejaron de hacer, nos dimos cuenta de que necesitábamos una entidad que gestionase la actividad y los recursos —el horno, etc.—, ya que no había una asociación de enfermos mentales, y ahí nació Alba. Víctor Pedreira facilitó muchísimo la creación de la asociación, hablando con Santiago y apoyando el proyecto con una mentalidad abierta y progresista. Otro jefe no lo hubiera hecho.
- ¿Qué significa para ti esa asociación?
Es uno de los grandes orgullos de mi vida. Fue fundamental el apoyo de las familias, de la Diputación de Pontevedra, que acabó asentándonos en Príncipe Felipe, y de colaboraciones como la de Abanca. Más tarde, gracias al convenio con el SERGAS que peleó Víctor, la actividad pudo estabilizarse, porque antes dependíamos mucho de subvenciones y patrocinios.
- ¿Qué es la amistad?
Algo fundamental.
- Si pudieses viajar en el tiempo, ¿irías al pasado o al futuro?
Al pasado. Al futuro le tengo cierto miedo.
- Dime una canción que te emocione.
Cualquiera de Serrat.
- ¿Frío o calor?
Calor.
- ¿Con qué receta sorprenderías a tus invitados?
Con mi caldo gallego o con berenjenas fritas, ¡me encantan!
- ¿Qué hay después de la vida?
Nada.
- ¿A quién te gustaría ver en esta sección?
Al excongresista Guillermo Meijón, una gran persona a la que adoro, que entiende lo que debe ser el socialismo y la importancia de lo social.
- Y por último, ¿qué vas a hacer en cuanto acabe la entrevista? Irme a casa.
Para Paloma, Pontevedra sabe a pulpo, huele a celulosas, es de color cemento y suena a gaviotas. Definitivamente, Paloma Rodríguez siente Pontevedra.
EL CUESTIONARIO
- Nunca salgo de casa sin… pendientes.
- En mi nevera siempre hay… Coca-Cola.
- En mi armario destaca / destacan… pantalones.
- La edad es… estar viva.
- Creo en… las personas.
- El año que marcó mi vida fue… 1994.
- El mejor regalo que me pueden hacer es… un viaje a Egipto.
- Mi lugar en el mundo es… ser una más.
- Si no pudiese vivir en Pontevedra viviría en… una ciudad pequeña, como Lugo.
- Mi momento favorito del día es… cuando me voy a la cama.
- Pontevedra tiene alma de… corrillos.
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