Hoy quiero hablarles un poco sobre algunos errores que, desde mi perspectiva, cometemos tanto mujeres como hombres. Y tiene mucho que ver con la manera en que nos proyectamos hacia los demás y con las oportunidades que tomamos —o desperdiciamos— cuando estamos en una conversación: para darnos a conocer, compartir un mensaje o, sencillamente, conectar.
Y uno de esos errores es la bendita manía de no dejar de hablar de uno mismo.
Lo veo constantemente. No solo en personas cercanas, sino también en gente que apenas estoy conociendo, en grupos de amistades, en reuniones sociales y, sí, incluso en el ámbito profesional. Personas que tienen frente a sí una gran oportunidad de compartir ideas, frustraciones, alegrías, puntos de vista… lo que sea. Tonterías incluso. Pero cuya única elección —la número uno, la dos y la tres— es hablar de yo.
Es como si no existiera nadie más en esa conversación. Un monólogo interminable donde la persona siente la necesidad de escupir todas sus maravillas: lo que tiene, lo que ha logrado, lo que ha comprado, lo que ha viajado. ¿No se te ha ocurrido que quizá la otra persona no está tan interesada en conocer cada detalle de tu vida? ¿O que tal vez también quisiera aportar algo a la conversación?
A mí, honestamente, me parece un acto un poco egocéntrico, incluso egoísta y narcisista. Y discúlpenme, pero es una realidad: si en los primeros diez minutos de una conversación la otra persona solo habla de sí misma, yo ya estoy aburrida. Hay quienes encuentran placer en dejar claro cuánto dinero tienen. Otros sienten la necesidad de enumerar todos los países que han visitado, los carros que han comprado, dónde compran su ropa, qué estudiaron, dónde trabajan, cuáles son sus gustos, sus preferencias… Es como si encontraran el escenario perfecto, micrófono en mano, para autoalabarse.
Nada más aburrido. Nada más decepcionante.
Ya sea con una amiga, con una pareja o con alguien que apenas estás conociendo, a mí en lo personal eso me desagrada profundamente. Yo prefiero conversaciones inteligentes. Conversaciones donde sí se comparten logros, intereses y experiencias, pero dentro de un diálogo, por Dios. Un espacio donde ambas personas aportan. Donde también existe la sensibilidad de notar si el otro está interesado en esa información.
Un ejemplo muy sencillo: dos personas que se están conociendo, se gustan, están explorando una conexión. Y una de ellas decide usar ese momento solo para hablar de sí misma. No se toma la cortesía de preguntar:
—¿A qué te dedicas?
—¿Qué te gusta hacer?
—¿Cómo es tu familia?
—¿Cuáles son tus metas?
—¿Tienes hobbies?
No. Nada de eso importa. Lo único importante es seguir hablando de sí misma, prolongando ese monólogo eterno mientras el otro, con toda honestidad, solo piensa: “¿A qué hora me puedo ir de aquí?”
Ese enfoque absoluto en uno mismo es un error.
Un error que no deberíamos cometer.
Démonos la oportunidad de tener conversaciones bonitas. Conversaciones de ida y vuelta. Aprendamos a escuchar, a estar atentos a lo que la otra persona dice. Porque de ahí surgen las mejores conversaciones. No siempre tenemos que decirlo todo sobre nosotras. No siempre es necesario mostrar cada logro ni cada detalle de nuestra vida. A veces es más valioso observar, preguntar, conectar. Y si tú eres de esas personas que, en cualquier escenario, solo habla de sí misma, quizás sea momento de reevaluarte.
No soy psicóloga —esto es solo mi opinión y mi experiencia—, pero quise compartirla porque creo que abre un debate interesante.
Ahora dime tú:
¿Te reconoces en esto? ¿O lo has vivido desde el otro lado?