27 días: Hambre emocional

01 de junio 2025

Hoy quiero hablarte de ese estado emocional: la necesidad de pertenecer, de ser reconocidas, de ser amadas... y, en ocasiones, de amar sin medida ni dirección. Yo le llamo hambre. Porque así me he sentido

A veces, siento que en ciertas etapas de la vida nos vaciamos emocionalmente. Lo damos todo, nos entregamos por completo, y cuando menos lo esperamos, nos encontramos en un coma emocional. Sin nada. Hambrientas emocionalmente. Es en ese estado de carencia donde surgen los errores más grandes y dolorosos: aquellos que hieren a los demás o a nosotras mismas.

Hoy quiero hablarte de ese estado emocional: la necesidad de pertenecer, de ser reconocidas, de ser amadas... y, en ocasiones, de amar sin medida ni dirección. Yo le llamo hambre. Porque así me he sentido, y es posible que tu también. Esa urgencia ciega de ser escuchadas, de sentirnos menos decepcionadas, más incluidas. ¿Te resuena este sentimiento?

En ese estado, la vida parece ofrecernos un menú distorsionado que no somos capaces de identificar y lo aceptamos. Probamos "platos" que no nos nutren realmente, sino que solo nos llenan por un momento. Pero luego, la sensación de vacío regresa, y con ella, una necesidad espiritual tan intensa que parece ineludible. Aunque no seas una perdedora o incapaz, así te sientes y ahí está el problema. 

Para algunas, las amistades son la gran respuesta en esos momentos de vacío; para otras, la familia, la pareja, el trabajo, el alcohol, comprar, viajar, Dios... Y a veces, nada parece ayudar. Nada, absolutamente nada. Simplemente decidimos fluir, cometer nuevos errores y seguir adelante. Así, nos pasamos la vida buscando algo que nos llene. 

Entonces, ¿Cuál es la solución? ¿Cómo saber si estamos hambrientas emocionalmente? 

Creo que la clave está en el auto-reconocimiento, acompañado de una madurez emocional sólida que nos permita identificar esos vacíos sin sentirnos amenazadas por ellos. Desde ahí, debemos aprender a vivir más hacia adentro y menos hacia afuera. Conocernos mejor, escucharnos, y nutrirnos con los alimentos espirituales que realmente necesitamos. No es el yoga, ni los vientos del sur, ni la meditación de moda, no. Es un honesto reconocimiento, un inventario de lo que verdaderamente sentimos, aunque no nos guste, y nos duela. 

Más "yo", menos "los demás". Más amor propio, menos autocrítica. Reflexionar sobre lo vivido para aprender de ello. Reconectar con nuestro ser, aceptándonos tal y como somos. Y, sobre todo, recordando que nunca debemos aceptar menos de lo que realmente merecemos. Ni dar más de lo que tenemos. Balance. 

¿Alguna vez te has sentido así? ¿Cómo manejas tus vacíos emocionales? ¿Eres capaz de reconocerlos?

Quisiera que aprendieras a conocerte para que puedas evitar caer en ese vacío que parece tan difícil de llenar. Entiende que ese alimento emocional solo tú puedes dártelo; no es responsabilidad de los demás. No esperes que otros cocinen para ti y llenen tu mesa con herramientas equivocadas. Aprende a cocinar contigo y para ti misma, con lo que realmente necesitas y mereces.

Seremos capaces de crecer, aprender y recuperarnos con mayor rapidez en la medida en que seamos conscientes de nuestras frustraciones ocultas, nuestras necesidades espirituales y nuestros caprichos. Al hacerlo, llegaremos a un camino mucho más amplio, uno que podremos recorrer llenas, fortalecidas y abastecidas, listas para construir nuestra propia felicidad. Sin hambre de nada ni de nadie.

No pretendo convencerte de que eres perfecta o indestructible. Somos humanas: emocionales, románticas y vulnerables. Lo que realmente quiero es invitarte a abrazar tu imperfección, a reconocerte como una persona completa, capaz de sanar incluso en los momentos más oscuros. Quiero que aprendas a distinguir entre una fuerte lluvia y una tormenta, entendiendo que ambos desafíos requieren de la misma fortaleza y resiliencia bajo circunstancias diferentes. No nos puede destruir todo. Sobre todo, deseo que disfrutes más de quien eres y sufras menos intentando ser alguien que no necesitas ser.

Al final, en medio del hambre emocional que la vida puede despertar en nosotras, hemos crecido y madurado. Ha llegado el momento de nutrirnos con aquello que nuestro espíritu y nuestra alma no solo necesitan, sino que, sin duda, merecen.