Engullís un Reino, robáis las haciendas y asoláis familias

18 de junio 2025

No hay otro término que no sea el de dictadura que defina el hecho de que el Gobierno decida quién debe ser juzgado y por qué delitos ha de ser juzgado

Mucho peor que la barahúnda de los cerdanes son los pumpidos. Aquellos de pelo duro que pueblan los entresijos de los ministerios, insólitos gañanes en tal lugar organizándose al compás del corte del naipe mientras reparten putiferio y denarios a la vista de todos los que quieran verlo... si no están vistos y oídos desde los principios. El jefe de los cerdanes, preclaro iniciador de rinconetes y cortadillos, con la retahíla de colocar a un hermano inventando plaza pública; con la monserga de catedráticos a sus órdenes sacando cátedra de faltriquera para su mujer; con la turra de papeletas volanderas que entran en urnas a oscuras o en oscuras urnas; con la tabarra de colocar a un prójimo y a una prójima política a vigilar el voto por correo. Peroratas y enredos inconmensurables de un gerente y portero de saunas. Felón que va a arrastrar al país hacia su inefable y único interés.

Pero los pumpidos son muy otra cosa, amplior tunica, esmerilados letrados en la búsqueda del santo grial esquinándose del centro de la contienda, ni foco ni mirada, conscientes de llevar entre manos el destino de todos con la ambición bien metida en la soberbia: los ropones pueden apuntar a la nación serena con solo sustituirla por un pagaré con el que hacer saltar la banca, esa mesa larga en donde la democracia se sienta a comer y a charlar.

Fontaneros. Tipos que no consideran la base objetiva sobre la que se sostiene la libertad, o la vida, o la presunción de inocencia, y en lugar de defenderlas como algo inherente a la persona van a tenderlas por el lodo del contexto, de la situación, del depende. Preeminencia de los derechos fundamentales del individuo sobre cualquier otra consideración que no llevan a cabo y como prestidigitadores pasan el pañuelo sucio por delante y voilá. Cada vez que el poder les señala o necesitan vientos favorables se postulan como serviles: la Ley de Amnistía, al margen de su incalificable valor moral, es un ataque a la democracia que nos sitúa como sociedad al borde de una situación no democrática, nos sitúan al borde de una dictadura, el barro del camino. Es lo que tiene estar dedicados a desatascar obstáculos, avalando dinamitar el principio de legalidad, avalando una mentira -la soberanía popular, el Gobierno- para triturar la separación de poderes pasando por encima del sistema judicial democrático. No hay otro término que no sea el de dictadura que defina el hecho de que el Gobierno decida quién debe ser juzgado y por qué delitos ha de ser juzgado. La amnistía, el Gobierno, evita que alguien pueda ser juzgado por sus delitos. Una democracia degradada. Impunidad por votos. Los culpables, los que elija el Gobierno de todos los culpables, no responden de sus delitos ante los Tribunales, todos los demás sí lo haremos.