Los que, por razones de edad, pertenecemos a la generación que en España vivió el período universitario durante la dictadura y entonces nos politizamos apartándonos de, en la medida de lo posible, la ideología y modos de vivir que nos imponía la sociedad, no teníamos demasiado tiempo para - aparte de los que se formaron en sus estudios de la carrera universitaria – profundizar en la historia, la filosofía, el marxismo. La urgencia de los tiempos y el rechazo visceral de lo que nos rodeaba, impulsaba fundamentalmente a la protesta, la contestación, la lucha por la conquista de la democracia. Es cuando muerto el dictador, en los comienzos de lo que se llamó la transición, ingresábamos en partidos o en movimientos sindicales. Al mismo tiempo que teníamos la oportunidad de conocer a las personas que salían de las cárceles, y los textos sobre todo de orientación marxista que empezaban a publicarse, a divulgarse.
Y es entonces cuando, para situarse políticamente, algunos dirigentes importantes, comienzan a hacernos llegar mensajes no demasiado esperados. Felipe González, desde su entronización en Suresnes y la atomización del PSOE histórico, no tardará en decir "Hay que ser socialistas antes que marxistas", prioriza a la burguesía y refuerza o convierta en única opción la socialdemocracia.
De Santiago Carrillo es, por esos tiempos, su célebre afirmación: "Dictadura, ni la del proletariado". Olvidándose de que Marx había hablado de "Dictadura del proletariado" como una fase de transición hacía otro tipo completamente distinto de sociedad. Después vendría la primera fase del comunismo que Lenin llamaría "sociedad socialista" en la que se recibirían bienes de acuerdo a la contribución laboral, sustentada en una forma de derecho. La fase superior en la que cada individuo contribuiría según su capacidad y recibiría según sus necesidades, todavía no ha llegado en ningún país comunista y la fase temporal ha sido asumida como final, traicionando el pensamiento de Marx.
Lejanos quedan esos años 80 cuando el desarrollo tremendo de la ofensiva liberal lleva a pensar a muchos que "Marx ha muerto". Daniel Bensaïd, que había sido figura destacada en el mayo del 68, escribe "Marx ha vuelto" ya en la primera década de este siglo invitando quizás no sólo a reflexionar sino también a actuar.
Él había polemizado incluso con Antonio Negri, tan conocido por nosotros tanto por algunos de sus magníficos artículos y libros como por aquellas implicaciones que se le achacaron en movimientos violentos de la Italia de Aldo Moro. Michel Foucault había llegado a decir sobre Negri: ¿acaso no está en la cárcel simplemente por ser un intelectual? Frase lúcida e inquietante porque, en algún sentido puede extenderse su significado a multitud de aspectos. La función intelectual nos obligaría a reflexionar sobre los sistemas políticos: las dictaduras de cualquier tipo y también a eso que entendemos comúnmente como "democracia". Y aquellos que se dedican a la docencia, a la formación de otras personas en cualquiera de las épocas de la vida: maestros, profesores de bachillerato o universitarios, parecen - salvo excepciones espléndidas – olvidarse y si juzgamos por los resultados que recibimos de buena parte de nuestros jóvenes es evidente el olvido de esta capital función docente. Resulta, por ello, muy difícil de asimilar que el concepto marxista de "plusvalía" (algo tan claro como la ley de la gravedad) no se tenga en cuenta. Apropiarse del trabajo ajeno convierte al capitalismo en incompatible con la democracia. Saramago lo explicaba muy bien. El marxismo es el mejor diagnóstico que se ha hecho del capitalismo. Durante mucho tiempo se le achacaba al comunismo en la Unión Soviética que para su funcionamiento y desarrollo ejercía un brutal lavado de cerebro: la dictadura del proletariado parecía necesitarlo de manera incuestionable.
Hoy no se necesitaría la dureza de ese lavado cerebral. La psicoanalista francesa Judith Miller tenía claro que el consumo generado sin violencia aparente no produce más felicidad sino que, al revés, hace sufrir más. La publicidad – la dictadura suave del capitalismo de ahora - actúa más que como un sistema económico, como una maquinaria que genera subjetividad. No se estilaría el deber reprimido del siglo XIX sino el goce, el éxito o la presunción del mismo. El explotado no deja de estarlo aunque esté aparentemente contento. El consumo generaría sufrimiento y no ese aparente bienestar. Ese sufrimiento sería la frontera – para Miller – que la sociedad consumista no ha logrado estandarizar.