Acaba de finalizar la Semana Santa, una de las épocas doradas para los viajes de turismo en nuestro país (y no solo). El turismo es una baza fundamental para la mejora reciente de nuestra economía. España - como tantos otros países – reúne aspectos que hacen disfrutar mucho a quienes conocen por primera vez nuestra tierra. El clima, las costas, la belleza de los paisajes interiores con testimonios arquitectónicos incomparables etc.
El paso del tiempo, la mejor situación económica, la elevación del nivel de eso que llamamos cultura, hace que un porcentaje importante de la población desee utilizar el viaje como medio de descanso, como aprovechamiento del tiempo libre.
Aunque confluyen, quizás debemos establecer algún matiz entre viajar y hacer turismo. Los más simples estarían en considerar al viaje como improvisación e inmersión cultural y al turismo sobre todo como visitas a puntos icónicos, la mayor comodidad y el establecimiento de un tiempo limitado.
Los que ya tenemos una edad respetable recordamos nuestro primer viaje al extranjero como el descubrimiento de sociedades nuevas, diferentes, países democráticos tan distintos de la España de hace medio siglo largo. Los coches no eran muy diversos, las carreteras, sí. La libertad de expresión, el acudir a manifestaciones en las que la policía te respetaba y protegía en lugar de aporrearte, los recitales musicales, el descubrir películas aquí prohibidas etc. etc. Hoy los jóvenes saben idiomas, salen a hacer intercambios, estudian fuera erasmus, másteres... Sin embargo, sí se observa que los viajes organizados por algunas agencias o grupos particulares tienden – en ocasiones – más a convertirse en intentar visitar muchos sitios en poco tiempo que en conocerlos. Entrar en el Louvre no es hacerse una foto con la Gioconda al fondo sin ni siquiera mirarla. Ir a Vietnam no es solo darse un paseo en barco por la bahía de Halong. Hay, como en tantas otras circunstancias de la vida actual un cierto afán competitivo: a ver quién va más lejos, quién visita más países en menos tiempo: competir, en suma.
El hombre siempre ha viajado, desde la antigüedad remota, el siglo XIX con la utilización del ferrocarril, el XX con el automóvil, la aviación. Por eso tenemos la suerte de estar plagados de libros acerca de los viajes. Y de experiencias contadas por viajeros ilustres que es un placer leer, nos acompañen, o no, cuando nos desplazamos: Conrad en "El corazón de las tinieblas", remontando el río Congo, Kerouac "En el camino" esa especie de biblia de la generación beat con viajes por E.E.U.U. y México, acompañado de Allen Ginsberg, W. Burroghs y de alcohol, drogas y orgías. O Flaubert en "El Nilo"(1849) y Stendhal en sus "Paseos por Roma". Y sería imperdonable olvidarse del viaje de un naturalista alrededor del mundo: Darwin, en 1839. O, en nuestra España, del "Viaje a la Alcarria" de Camilo J. Cela.
Pero debemos viajar en el mundo de la poesía, del mismo modo que la poesía nos ha hecho reflexionar e incluso sentir profundamente el viaje. Muchos consideran viajar en la poesía una metáfora profunda de nuestra existencia, de nuestra auto- búsqueda. A través de la tradición oral (cantadas por rapsodas de pueblo en pueblo) conocemos a Homero en la Odisea y la Ilíada. En nuestro mundo actual, Serrat cantando el "caminante no hay camino" de A. Machado, refuerza esa tradición. O los Eagles en su "Hotel California"
Y es que empezamos a hablar de viajar y confirmamos que la poesía está llena de magníficas referencias que unen esos dos mundos.
No me resisto a finalizar sin citar algunas partes de poemas de autores excepcionales.
García Márquez
Viajar es dormir en otra cama
Sentir que el tiempo es corto
Viajar es regresar.
Martha Medeiros
Muere lentamente, quien no viaja
quien no lee, quien no escucha música
quien no haya encanto en sí mismo
Gloria Fuertes
La tierra no se para
Y sigue dando vueltas…
Por eso envejecemos tan deprisa
Por eso estamos locos
Pessoa
¡Oh el horror de la llegada! ¡Horror! ¡Oh nunca
llegar, oh hierro en trémulo seguir!