Hay noches en las que una ciudad no sólo acoge un concierto: se reconoce en él, y eso fue lo que ocurrió ayer en nuestra ciudad con la interpretación de Leucoíña, o canto das augas, una propuesta de enorme aliento poético y simbólico que volvió a demostrar que la Sociedade Coral Polifónica de Pontevedra no es únicamente una institución musical de referencia, sino una formación llamada a ocupar, por derecho propio, un lugar de prestigio entre las grandes entidades corales del panorama internacional.
Pontevedra no asistió simplemente a una cita con la música. Pontevedra acudió a mirarse en su ría, en su memoria, en su lengua, en sus mitos y en ese vínculo íntimo, sentimental y profundo que esta ciudad mantiene con el agua, con la belleza y con una manera muy nuestra de entender la vida. Lo que ofreció ayer la Polifónica fue mucho más que una ejecución brillante: fue una celebración de lo que somos.
Desde el mismo título, la obra se presentó como una invocación: una cantata para coro y orquesta que bebe del imaginario gallego y del latido emocional de la ría para construir un viaje artístico de una extraordinaria fuerza evocadora. La sucesión de escenas —desde "A ría canta" hasta "Memoria de auga e pedra"— fue desplegando un universo sonoro de gran delicadeza y ambición, un relato musical en el que la emoción y la identidad caminaron juntas.
Y si la obra tiene ya en su concepción un poder indudable, la interpretación de ayer la elevó a una dimensión verdaderamente conmovedora. La Sociedade Coral Polifónica de Pontevedra, con su solvencia habitual, su empaste admirable y su capacidad para dotar de densidad expresiva a cada pasaje, firmó una actuación de las que permanecen. No es casualidad que la Polifónica siga ocupando un lugar central en la vida cultural pontevedresa: pocas entidades han sabido sostener con tanta dignidad, durante tanto tiempo, una idea tan noble de la música como patrimonio compartido. Y todavía menos pueden aspirar, como esta, a ser vistas no sólo como orgullo local o gallego, sino como un referente de talla mundial, una agrupación capaz de dialogar, por calidad, sensibilidad y personalidad artística, con cualquier gran institución coral de Europa.

Mención especial merece su directora Nanette Sánchez, cuya dirección aportó sensibilidad, inteligencia musical y una profunda comprensión de la obra, y por supuesto también, Brais González, su compositor y pianista, por una propuesta de gran riqueza expresiva, capaz de unir memoria, territorio y emoción colectiva. Completaron la velada la soprano Pilar Baamonde, que añadió un brillo singular, y la Orquestra Sinfónica de Pontevedra, que dotó a la interpretación de profundidad, color y amplitud.
Pero si hubo una protagonista silenciosa, permanente, casi sagrada durante toda la velada, esa fue Pontevedra. Porque esta ciudad no es un mero decorado para la cultura: es una ciudad que la siente, la sostiene y la honra. Pontevedra tiene ese aire inconfundible de ciudad CAPITAL que no necesita exhibirse para imponer respeto; una capital elegante, serena, orgullosa de sí misma, donde la vida cultural no es un accesorio, sino una forma de estar en el mundo. Hay ciudades más grandes, más ruidosas o más pretenciosas, pero muy pocas poseen la autoridad moral, la finura y la identidad de una Pontevedra que ha sabido convertir la escala humana en una forma superior de sociedad.