27 de mayo 2026

Uno de los misterios de tamaño mediano que existen en la vida, y que quedará completamente desentrañado cuando usted llegue al final de este texto, es el de las neurocanciones. Ya sabe: ese estribillo, esos versos de una canción —casi siempre pegadiza— que se introducen en su cerebro y no hay manera de sacarlos de ahí.

Corren rumores —aunque ahora avanzan a paso de tortuga— de que un compositor clásico (Schumann o Chopin, según quién lo cuente) se volvió tarumba porque se le había instalado una nota en el cerebro, la cual oía continuamente. Incluso Jerry se lo comenta a George en un episodio de Seinfeld, cuando su amigo entra en su apartamento tarareando una canción que escuchó en Los Miserables y que no logra quitarse de la cabeza. Por suerte, no es cierto. No hay registros de que nadie se haya vuelto tarumba por no ser capaz de dejar de cantar «Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?», por ejemplo.

Los entendidos explican que nuestro cerebro está diseñado para detectar, aprender y repetir patrones. La música es un patrón casi perfecto, pues tiene ritmo, repetición, estructura y poder emocional. Es, por tanto, una experiencia cognitiva y emotiva, lo que explica que este fenómeno, también llamado «gusano auditivo» (del inglés earworm), no se produzca con otros sonidos que no sean piezas musicales.

Nuestro cerebro procesa la música de forma similar a como procesa el lenguaje: anticipando lo que vendrá después. Muchas canciones están concebidas para ser fácilmente memorizadas, con ritmos simples, frases cortas y frecuentes repeticiones. Esto hace que el cerebro las reproduzca incluso en silencio. Por eso no quedamos fijados al sonido de una lavadora o de una moto, pero sí al de un estribillo.

Es interesante observar que hay personas más propensas que otras a engancharse a una melodía. Suelen ser individuos con una mente más activa, que tienden a darles vueltas a las cosas. El cansancio y el estrés, que ponen el cerebro en modo automático, permiten que se cuelen fragmentos de canciones.

El grado de molestia que pueda ocasionar este fenómeno a quien lo padezca dependerá del humor con que se lo tome el interfecto. Aunque, sin duda, influye —y mucho— el tipo de música que se haya quedado colgada en nuestra sesera. No será lo mismo un pasaje del adagio de Tomaso Albinoni que aquel trozo de la canción que cantaba David Bisbal: «Ave María, ¿cuándo serás mía?». O aquello de «Hoy voy a ir al grano / te voy a meter mano», de Amistades Peligrosas. Esto sí que es para perder el oremus.

En cuanto a las formas de librarnos de esos intrusismos, nuevamente acudiremos a los expertos, quienes aconsejan no luchar contra ellos. Pelearse con la canción solo consigue que se enganche aún más a nuestra sesera. Dicen que ayuda escuchar el tema entero u ocupar la mente con alguna actividad que exija toda nuestra concentración. Si resulta que estamos atravesando un periodo de estrés o de falta de sueño, solucionar esos problemas puede ser la clave. Por último, aceptar sencillamente que la música se irá cuando ella quiera puede traernos algo parecido a la calma.