Desde esta soledad tan profunda, desde este insomnio eterno, desde este silencio acaparador, sigue sin serme ajeno el dolor que produce la vida. Parece un contrasentido pero no lo es. En los primeros días, cuando no sentía mi cuerpo y esta levedad me parecía casi mágica, creí que el descanso me aliviaría de años y años luchando por sobrevivir, pero me equivoqué. El error radicaba en que yo podía ver, incluso convivir, aunque no escuchase nada, la existencia de los otros como un convidado de piedra; participar desde una esquina, mudo, sordo, y, sin embargo, observador omnipresente. Estoy muerto, sí. No le den ustedes más vueltas.
Esta tortura de la eternidad no sólo me condena al ostracismo más doloroso, aunque yo no sienta absolutamente nada, también me convierte en espectador de la vida de los que dejé, sean gentes a las que amé u odié o personas que jamás conocí pero a las que contemplo cuando deseo visitarles por capear mi aburrimiento.
Desde esta insustancialidad me percato que hace poco acaban de dar la bienvenida al año 2026. ¡Uff, la cantidad de años que llevo sin cuerpo! Si he de ser sincero, me parecen hasta pocos habida cuenta de que el tiempo ahora se me antoja extenso, insulso, demasiado denso y pesado, sin ningún acontecimiento que lo rellene, excepto este deambular sinsentido.
Si tengo que hablar de mis hijos, de mi esposa (que conserven la vida por muchos años) o del puñado de personas que anduvieron a mi lado, las cosas parecen que van a ir a peor en este nuevo año recién estrenado. El mundo se ha vuelto descaradamente desigual, desemejante adrede, o hablando en plata, inhabitable para los que menos tienen. En una cruzada, encubierta al principio, los más poderosos, los que manejan en la sombra la economía y el devenir de los vivos, han asentado sus principios para hacer del planeta un lugar a su servicio. Son menos que los millones de gentes pobres, sin embargo su potestad doblega las vidas de los otros para que les sirvan a su considerable conveniencia. Me consta que esto que digo es una constante en siglos pasados, pero ahora, en este siglo XXI en los que los pobladores del planeta son más ilustrados, supuestamente más libres y tienen el derecho universal de elegir a sus mandatarios, ahora precisamente es cuando más se les maneja, se les miente impunemente, con la finalidad de esclavizarlos de una manera civilizada, ortodoxa que diría algún botarate religioso.
Yo, lo mismo que los millones en mi situación, supongo, puesto que entre nosotros no hay conocimiento mutuo ni comunicación, asistimos día a día de esta diferenciación que hunde a muchos para beneficio de unos cuantos. En todos los casos, la opresión es grosera, cruel, inhumana, la cual me hace sufrir como jamás lo hice en vida. Esa manera de dominar, que sigue siendo sibilina a pesar de su contundente literalidad, comenzó hundiendo al mundo en diferentes crisis económicas, sanitarias, éticas, con la finalidad de hacer emerger a unos líderes políticos, gurús algorítmicos o histriones beatos cuya propuesta consistía en la regresión hacia tiempos oscuros, tildados anteriormente de despóticos, absolutistas. Con ayuda de la tecnología, que siempre estuvo al lado del poder, como, a la postre, casi todo lo inventado por la humanidad, todo se bañó de razones que invitaban a recuperar una presunta libertad que habían tergiversado y manoseado los antiguos dirigentes de los diferentes países del mundo. En definitiva, las naciones comenzaron a dirigirlas políticos fieles, guías influenciadores o místicos de andar por casa, todos servidores de los que ostentaban el verdadero poder oculto. Una evidencia muy antigua, que había conducido a dos guerras mundiales y a numerosas y esperpénticas contiendas particulares, volvió a asentarse en las naciones como si fuese un novísimo rumbo hacia el equilibrio, la prosperidad, la concordia y esa mal etiquetada libertad.
Y de esta guisa se anunció hace pocos días el año 2026. Yo, acaso nosotros, fantasmas post mortem forzosos espectadores de este desatino, siento la arcada, por la llamarla de alguna manera desde mi impuesta incorporeidad, que me hace todavía más insufrible mi estado, si es que esto tiene alguna condición. Compruebo el desvelo de mi esposa, de mis hijos, su intranquilidad por un futuro que se inclina hacia las formas de gobernarlos a la manera más autocrática, por muy camuflado y modernizado que esté el adjetivo, y me atormenta su pesar. Al igual que me ocurre con el resto de gentes que padecen o padecerán la implacable suela del novel despotismo marca siglo XXI. Verlos hacinados en casas ruinosas y de dimensiones inverosímiles, aquellos afortunados que las tienen, que les quitan más de la mitad de sus salarios, mendigar cualquier trabajo como si fuese limosna, convertirse en alguien como yo porque su salud cada vez esté más hipotecada por una sanidad pública administrada por quienes desean hundirla y que sean centros privados los que comercien con el bienestar de su cuerpo y de su mente, desangrarse en guerras para salvaguardar a los poderosos, enclaustrarse en cualquier religión para ganar la vida eterna; una vida eterna de la que doy fe es poco menos que una cadena perpetua en el castillo de If, pero sin paredes y sin título nobiliario que te acredite. En dos palabras: una mierda.
Por último, antes de abrumarles más con mis cuitas de ánima en pena, que también debieran ser las suyas, señoras y señores mortales, tengo que confesarles que en los tiempos postreros estoy menos entre los vivos. Aún a mi pesar, prefiero esta soledad terca y este silencio abrumador. Estoy cansado de afligirme y no poder hacer absolutamente nada. Y a colación de esto, leí el discurso del último premio Nobel de literatura, el húngaro Laszlo Kraznahorkai, que comenzaba así: Al recibir el Premio Nobel de Literatura 2025, originalmente deseaba compartir con ustedes mis pensamientos sobre la esperanza, pero como mis reservas de esperanza se han agotado definitivamente, ahora hablaré sobre los ángeles. Estas palabras condensan lo que me ocurre a mí, aunque en este infinito rincón tan desanimado como desamparado no haya visto atisbo de ángeles por parte alguna. Mi desesperanza ha crecido tanto aquí que ya no tengo sitio para más.
Y a todos ustedes les deseo una cosa de la manera más ferviente: no se dejen caer por estos lares o retrásenlo lo más posible. Gracias.