Se encontraron un día de otoño. Hacía más de treinta años que no se veían, desde la adolescencia, y su aspecto físico había cambiado obviamente. Con menos pelo, además de algo canoso, una mirada más apaciguada y una forma de contar las cosas menos entusiasta, se saludaron con una fogosidad pronta que, al poco, quedó enturbiada por un silencio perturbador. Se examinaban detenidamente como si valoraran lo vivido de cada cual por su forma de vestir o por el modo de envejecer.
— Juanma, Osorio y yo nos vemos hace tiempo antes de las navidades. Cenamos todos juntos y nos reímos de la leche -dijo Lauren, escudriñando los dedos teñidos de nicotina del otro- Este año podrías apuntarte. Estaría genial. Nos reunimos en la casa de alguno con nuestras parejas.
Max dudó unos instantes para luego anunciar algo a guisa de disculpa.
— Me divorcié hace años. No sé, si todos vais emparejados tal vez sería incómodo ir solo. No parece….
Lauren negó con la cabeza con rotundidad. Se agitaron sus gafas con el ademán y Max se fijó en los cristales gruesos. "Presbicia galopante", pensó.
Lauren contó de las bondades de la empresa de transportes en la que trabajaba y de lo mucho que le debía por su entrega y buen hacer. Dibujaba en su rostro una sonrisita complaciente al tiempo que elevaba ligeramente los hombros. Suponía el efecto de su eficaz trayectoria laboral analizando los movimientos del rostro de su antiguo amigo.
— ¿Te hiciste periodista al final? -preguntó Lauren.
Esperó paciente la respuesta tardía y balbuceante.
El tímido sol otoñal reflejaba sus figuras en la acera como si fuesen fantasmales presencias prestas a diluirse. Se encontraban pegados al bordillo despejando el camino al tráfago de un día laborable. Al paso de cualquier autobús o camión de mercancías, sus livianas cazadoras se inflaban bajo sus axilas.
— Al final sí…. -contestó Max sopesando demasiado las palabras- Pero todo se fue a la mierda cuando la crisis…..El periódico donde trabajaba se hizo sólo digital y le sobraban más de la mitad del personal……Llevo en el paro mucho tiempo. Hago alguna colaboración esporádica…..Pocas y mal pagadas….. En fin….No quiero darte la murga.
Hizo un gesto con las manos tratando de evadir el tema.
— Vamos, Max, somos amigos, aunque haya pasado mucho tiempo. Mira, cuando nos veamos antes de las fiestas, le comentamos a Osorio tu situación. Tiene un puestazo en el Ministerio de Hacienda, es al que le va mejor de todos nosotros, y, seguro, que él tiene o sabe de algo para ti. No es ninguna deshonra estar desempleado en estos tiempos.
Max insistió en su gesto. Comenzó a sentirse a disgusto frente al otro, quería deshacer el encuentro cuanto antes.
— Te doy un toque cuando acordemos el día para vernos –comentó Lauren después de intercambiar los números de teléfono- Ponte guapo para ese día, las chicas se fijan en esos cosas. -añadió bromista.
Cuando se separaron, Max estuvo detenido en la vuelta de la esquina bastante tiempo. La gente pasaba junto a él y, en su abstracción, les identificaba como piedras construyendo un muro listo para desplomarse sobre él. No iría a esa reunión. No debía ir.
Sin embargo acudió. Llegó el último a la cita, impelido por una pujanza que no se atrevía a juzgar. Llamó al timbre de un casoplón en una de las más prestigiosas urbanizaciones de la urbe. La casa de Osorio. Estaba alterado, sujetando con recelo la botella de vino que le pareció oportuna para la ocasión.
— ¡Tú tienes que ser Max, sin duda!
Dijo exultante una mujer de cabellos rubios con los labios pintados de un acusado rojo. Llevaba una copa en la mano y la elevó festiva al recibir al recién llegado.
— ¡Llegó el prófugo!
Exclamó Osorio, saliendo por detrás de la mujer.
Sus carnes apretaban el chaleco. Se había dejado barba, recortada con esmero, y llevaba el cabello teñido de un negro azabache demasiado ficticio. Con una mano sosteniendo otra copa, saludó a Max con un enérgico apretón de manos.
— Encantado de tenerte entre nosotros de nuevo, Max -dijo en un tono rotundo- Ya has conocido a Dorita y su desbordante júbilo. –besó a la mujer en ambas mejillas. Pasa y verás al resto de los mamarrachos. Eres el último en llegar.
Estaban en pie los cuatro restantes. Alrededor de una mesa, con platillos de alimentos para picar y bebidas varias, conversaban animadamente hasta que entró Max. Todos celebraron su llegada y fueron pasando, primero las dos mujeres, a agasajarle.
Mostró el vino que traía y lo depositó en la mesa.
— ¡Vaya, Max, un Marqués del Riscal de la cosecha del 97! -exclamó Juanma, arqueando los labios en signo de aprobación.
Tenía el pelo bastante largo, afianzado para la edad que cada uno de ellos gastaba, y unas gafitas de alambre doradas que le daban cierto aire intelectual. También vestía de forma más informal aunque de marca reconocida.
Descorchó la botella y el clac levantó una fugaz algarabía.
— Por el reencuentro -brindó Osorio invitando a los demás.
Max prefirió cerveza. Se la sirvió Juanma desde un pequeño barril con el logotipo de Heineken.
— Pura deformación profesional -le informó Lauren guiñándole un ojo al otro.
Juanma trabajaba el merchandising de esa marca de cerveza. Poseía una empresa que se dedicaba a potenciar comercialmente marcas de cualquier índole.
— Ahora estoy centrado en la promoción de una marca deportiva coreana, la Jangequipment. Trabajan para la venta a alto nivel, con materiales de primera clase y diseño cuidado. Tenemos una cita para pro…..
No hablaba directamente a la cara de nadie, elevaba sus ojos al techo y parecía declamar escuchándose con deleite. Mientras hablaba, vapeaba desde un pequeño objeto transparente con un diminuto sello en un lateral y paseaba de un lado a otro de la mesa metida una mano en el bolsillo del pantalón.
— Y no les has comentado que iremos con los alemanes para recoger el premio internacional en la Hannover Messe. ¡Es fascianante, chicos!
Había dicho Luz, su esposa, manejando las manos al ritmo de sus palabras.
Al fondo de la estancia, tras una puerta de cristales color caramelo, se divisaba el vaivén del servicio elaborando la mesa para la cena. Se escuchaban ligeros choques de platos de loza y algún que otro tintineo de cristal.
— ¡Guau! -dio un gritito Su, la esposa de Lauren, que descorría el visillo de una ventana- ¡Está lloviendo a cántaros! ¿No os parece maravilloso?
Nadie contestó. Acuciados, fueron a las otras ventanas.