La cruz torcida (Sally Carson, 1934, Periférica, 2026)
En 1933 Manuel Chaves Nogales, del que se ha hablado en varias ocasiones en estas páginas virtuales, recorrió Alemania e Italia —aunque de la visita al país transalpino no haya quedado documento alguno— para narrar a los lectores del diario madrileño Ahora el auge del nazismo y del fascismo y, sobre todo, interrogarse acerca de una posible instauración en España y en el resto de Europa de regímenes totalitarios similares. Sus crónicas, resultado de una mirada ingenua y confiada, mala pronosticadora de un desastre que él mismo acabó sufriendo en sus propias carnes, exiliado y olvidado hasta hace pocos años, se reunieron en un volumen titulado Crónicas de la Alemania nazi a la que hace unos meses dediqué unas líneas en este mismo medio.
Pronto volveremos a Chaves Nogales debido a la reciente publicación de un volumen con ocho relatos desconocidos hasta la fecha y que cierran el círculo virtuoso de sus escritos sobre la guerra civil.
Antes regresemos a esa Alemania en la que el nazismo empieza a inocular todo su veneno. Lo hacemos hablando de otro viaje, el de la escritora inglesa Sally Carson, convertido en libro con el título de La cruz torcida (ya pueden imaginarse cuál es la cruz), publicado en su país en 1934 y convertido en un éxito de ventas, llevado incluso al teatro y posteriormente caído en el olvido hasta su recuperación el año pasado en las islas y ahora traducido y publicado en español por Periférica.
Sally Carson viaja a Alemania pero no da forma de crónica periodística a su experiencia. Crea una ficción con trasfondo realista, incluye en ella unos personajes extraídos de lo que ella observó en un contexto cargado de temor y miedo al futuro y consigue interesarnos tanto como lo hace el periodista sevillano. En ese contexto, ambos, Carson y Chaves Nogales describen a la perfección cómo avanza sin freno la mancha negra del totalitarismo, cómo se introduce en las venas de la sociedad y cómo la enferma hasta el paroxismo y el recurso a la violencia para deshacerse del rival político primero, después del que osa contestar u oponerse y finalmente, en el cénit de la locura del III Reich, de todo aquel que no es considerado como puramente ario.
En las montañas de Baviera, en sus prados verdes desde primavera, blanqueados desde octubre por las primeras nieves, siempre maravillosos a ojos de sus habitantes, la familia Klugger, clase media de un país golpeado por la Gran Guerra, asiste y participa de la consolidación del movimiento nacionalsocialista y de los primeros síntomas del totalitarismo en el que desemboca su programa político.
Los hijos, Erich y Helmy, ven en la pertenencia a los cuadros del nazismo (miembros iniciales de las Secciones de Asalto, camisas pardas dedicados a recorrer las calles en búsqueda de judíos, comunistas y homosexuales) una solución a la falta de perspectiva laboral en una economía hundida. Han subsistido con trabajos precarios, como monitores de esquí u otros, más oscuros en el caso de Erich, pero las proclamas de Hitler, sus soluciones sencillas y la claridad en culpar a los diferentes, les convencen de que la gran Alemania está de vuelta para salvarles y darles un futuro. Mientras, Lexa, su hermana, abandona el trabajo como blbliotecaria porque en menos de un año contraerá matrimonio con un médico, católico pero de apellido eminentemente judío, inevitable condena. Su desapego de la política, mucho menos interesante que los baños en la piscina municipal, los paseos por la montaña o sus prácticas al piano, en definitiva, el disfrute de la vida, no le impedirán que acabe siendo la víctima más inocente de unas relaciones familiares que se derrumban —"primero soy nazi y luego tu hermano" le dice Helmy a Lexa— desde el día en que una esvástica cubre el antebrazo de sus hermanos.
Con los hermanos Klugger, también sus padres asisten paralizados, entre el amor filial y la sinrazón de la realidad por la que se precipitan, al desmoronamiento de sus vidas y a la caída de todo un país en el odio y el fanatismo.
El lector se imaginará fácilmente por donde irán los tiros en esta historia. La prosa de Carson, sencilla, sin caer en lo cursi cuando describe los paisajes bávaros, digna, sobria y alejada del melodrama cuando narra encuentros, humillaciones y desplantes, asesinatos incluso, nos ofrece otra narración más sobre un tema del que nunca, un siglo después, se debe dejar de escribir y leer.
Escrita casi en tiempo real por una mujer valiente cuya carrera quedó truncada por una muerte prematura, las enseñanzas de Sally Carson en La cruz torcida siguen siendo útiles para entender un tiempo a olvidar por mucho que algunos de sus rasgos definitorios (el odio al diferente, la intolerancia, los liderazgos que desprecian lo racional y optan por la superchería y las soluciones populistas, enarbolando banderas que deberían permanecer descoloridas y eslóganes que no tendrían que ser entonados de nuevo y silenciados) lleven unos años colándose en nuestras sociedades de nuevo, algunos por la puerta de atrás y otros con luz, taquígrafos y sin tapujo alguno.

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