Cuando la vio cruzar el umbral del Bostón, una sacudida le apartó del balcón. No quería mirar, ni siquiera estaba seguro que fuese ella. Había sido todo tan rápido, tan inesperado a pesar de que conocía su llegada.
Sin saber a ciencia cierta lo que hacía, fue hasta el aseo, se atusó el cabello sobre las sienes y la frente y se dejó llevar hasta el armario. Se puso una camisa de cuadros sobre el vaquero y la dejó por fuera de la cintura. No pensaba en su atuendo. Tenía que salir de la casa. Salir y participar en la trama; esta vez sí. Por su gesto, era palpable su angustia.
Se sobresaltó al escuchar tras de sí el golpe de la puerta del portal al cerrarse. Fue un portazo inclemente, un pistoletazo que pareció estallar dentro de su cabeza. Marfán escrutó la calle hacia uno y otro lado como si no supiese la dirección del bar Bostón. En todas direcciones hallaba la calle nevada, páginas en blanco que nada configuraban, grumos pegajosos que se deshacían en una blancura horrible y ofensiva. Estaba detenido junto al portal, inmóvil, golpeándole en el cerebro un segundero con las silabas del nombre de ella (Lau-ri-ta, Lau-ri-ta, Lau-ri-ta), alaridos silábicos con los nombres de todos, puntos suspensivos inacabables, y tormentosas palabras por escribir.
Al fin consiguió arrancar. Se diría que lo hizo como dejándose caer cuesta abajo y confiar sólo en el azar. La calle no estaba muy concurrida, como casi siempre, acaso menos, y sin embargo, cualquier sonido, por leve que fuese, le amedrentaba.
El ruido del Bostón le devolvió la estabilidad. Era un local amplio, deslavazado, insulso, donde una barra extensa amurallaba mesas y sillas colocadas a su antojo. Estaba atestado a esa hora de la mañana y las conversaciones fluían por encima del olor a cafés y a tostadas. Algunos funcionarios se fijaron en él, pero desviaron la mirada a los pocos segundos. No era uno de ellos. Uno de los funcionarios comentó algo, mientras le soslayaba, que levantó una comedida hilaridad.
Marfán la reconoció sentada en una de las mesas. Llevaba una cinta amarilla sujetando su cabello hacia atrás. Estaba con una compañera de más edad. ¿No debería estar sola? Fue hacia ella inflando y desinflando las aletas de la nariz como si tratase de llegar el primero a la meta en una reñida competición. Tenía que continuar.
Hula entró en pánico cuando su hermano la sobrepasó. Estaba en la barra, junto a la entrada, y en todo momento creyó que él reparó en ella y que se lo estaba pensando con calma, retraído, tal y como esperaba. Pero se equivocó. Se acercó a Amos y Tramos alarmada.
— ¡Joder, se nos ha ido el muy capullo! -exclamó, golpeándoles con el puño sobre las pecheras como si ellos fuesen los culpables.
— A ver si nosotros le hacemos seguir la linde -dijo Amos, haciendo un gesto de desconfianza.
— En otras plazas más difíciles hemos toreado y en todas hemos salido a hombros, señorita. -añadió Tramos con toda prosopopeya.
La hermana sacudió la cabeza y la apoyó en la palma de su mano sobre la barra.
— ¿Un desayuno, señorita? ¿Tostada o cruasán?
La interpeló un camarero sin esperar respuesta.
Marfán se había sentado frente a las dos funcionarias sin pedir permiso. Sabía que tenía el favor porque Hula así se lo dijo. "Ella está de acuerdo", le aseguró dejándole franco el primer paso.
— ¿Se puede saber qué narices hace?
La pregunta supuraba indignación. Pero se la había formulado la compañera de "Laurita", la mayor, esa que, seguramente, no sabía nada de nada.
— Es con ella con la que deseo hablar, señora.
Le contestó Marfán inamovible, contenido y muy cortés. Su nerviosismo se centraba en un enjambre de liendres que le pululaban internos de cabeza a los pies.
— ¿Conmigo? -preguntó "Laurita" con un deje entre incrédulo y chistoso- ¿Le conozco de algo?
— No sé lo que te habrá contado mi hermana Hula -explicó Marfán, notando las palabras en la boca como imparables borbotones de tachuelas-, pero mi auténtico deseo es ir al estanque de nenúfares contigo. Sé que esto puede resultarte grotesco porque, como bien dices, no me conoces de nada, sin embargo te garantizo que la devoción que siento por ti no es el arrebato de ningún loco, ni me empuja la desesperación de un solitario. Mi firme ambición es que sólo puedo hallar el verdadero sentido a todo esto que nos rodea, al relato que nos activa a ti, a mí y todos y cada uno de los personajes de esta historia, yendo contigo al estanque de los nenúfares….
A Marfán, aupado por las palabras, se le veía cada vez más eufórico y seguro de sí. Había claudicado la tensión. Mientras a su alrededor se iban arrimando los funcionarios, dejando de lado sus desayunos y conversaciones, sus palabras sonaban precisas, cautivadoras, detonadoras, haciéndose eco por todos los rincones del Bostón. Ni siquiera la llegada de Tramos y Amos, los cuales se quedaron anclados entre los funcionarios, timoratos, mirando a unos y a otros sin opción, mudos, varió el discurso. "Laurita" y su amiga, reacias al comienzo, callaban escuchando, se diría que muy interesadas. También Hula, que seguía abatida junto a la barra, escudriñaba a su hermano desde su posición sin capacidad de maniobra. Marfán manejaba, al fin él conducía por los derroteros adecuados la historia.
— Sé que muchos de vosotros, incluso tú, querida "Laurita", habéis escuchado burlas sobre el estanque de nenúfares. Negaciones en cuanto a su existencia, falacias que sólo cabían en la mente de un desequilibrado o de algún inadaptado a este sistema social que nos dirige. ¡Existe y es tan real como cualquiera de nosotros! -entonces gritó, incorporándose y examinando a los que le rodeaban- Porque ¿en qué radica nuestra existencia? ¿En trabajar, pagar impuestos, obedecer para no llamar la atención, formar una familia, tener hijos, ser abuelos y morir? Una y otra vez, por generaciones y más generaciones. ¡Noooo, por favor! Y, mientras tanto, alguien mueve los hilos para que sigamos haciendo y pensando eso con el fin de que nuestro trabajo y nuestro comportamiento social y adocenado les sirvan de coartada para enriquecerse y hacerse poderosos. Esa es la resultante. Los poderosos quieren que no soñemos, que no imaginemos nada aparte de las migajas que nos limosnean. ¡Nos engañan! ¡Nos mienten! Y eso queda demostrado con la irrefutable existencia del estanque de nenúfares. ¡¡Claro!!
Don Urgilio acababa de entrar a la cafetería. Iba en busca del turno de funcionarios que no había vuelto a su trabajo. Le acompañaban seis miembros de la brigada de seguridad que vigilaban las dependencias del ministerio.
— ¿¡¡Alguien me puede explicar qué diantres pasa aquí!!?
Vociferó el secretario ministerial con el rostro totalmente encarnado y agitando su bastón al aire, lo cual contribuyó a que la flor mustia que lucía en la chaqueta cayera al suelo de la cafetería.
Los seis miembros se pusieron a su lado y esgrimieron unas porras extensibles palmeándolas sobre sus manos. El golpeteo llenó el, de súbito, silencioso Bostón. Iban avanzando frontales, como si siguieran un ritmo castrense, hacia el círculo que envolvía a Marfán. Tenían en el rostro pinzado un gesto brusco, animalesco, que don Urgilio, que se soltó para colocarse tras ellos, jaleaba dando golpecitos al suelo con su elegante bastón. Todo parecía indicar que aquello iba a terminar con una carga de rigor.
Marfán, vuelto hacia los represores y en clara actitud pacífica, observaba impasible el avance. Sabía que, dado el desarrollo del relato, algo tenía que ocurrir para detener la agresión. Por encima de las cabezas de los seis componentes vio la figura amustiada de su hermana. Recostada sobre la barra parecía decepcionada, resignada a ser un mero personaje secundario sin relevancia. Marfán la escogió dedicándole una amplia sonrisa al tiempo que la miraba con fijeza.