Aquella mañana su hermana había madrugado más de lo habitual. La encontró apresurada, distante quizá, y hasta tan atolondrada que no hizo el menor hincapié en que se tomara su desayuno y luego recogiese la mesa. Los contenedores estarían en el sitio de siempre y con los desperdicios de costumbre por lo que no comprendía tanta urgencia.
Marfán desayunó más tarde y se olvidó de recoger la mesa. Hubo un momento, mientras mojaba los trozos de galletas en la leche entera-semidesnatada-desnatada, que se distrajo mirando los lomos de los libros que descasaban sobre la cómoda vieja de sus padres fallecidos. Hubo un tiempo en que Hula la traía libros que encontraba en los contenedores. Muchos libros antiguos, de bolsillo, encuadernados algunos, voluminosos y pequeños, la mayoría con las solapas manchadas y muchas páginas dobladas o, sencillamente, arrancadas. Entonces Marfán leyó, devoró libros, llenó su tiempo sin descanso en conocer autores e historias que le llevaban y traían a mundos fantásticos y lejanos como también reales y más cercanos. Parecía que su devoción por la lectura nunca se iba a acabar porque su afán iba en aumento y así le reclamaba sin parar a su hermana más material cuando terminaba de leer.
Sin embargo, apareció el balconcillo. Abandonó de golpe de lectura, ya que las historias se producían ante sus propios ojos, a unos metros de él, con lo que su imaginación dejaba de estar subordinada al papel. Veía gentes desde su puesto y poco le costaba adjudicarles historias. Les colocaba nombres de pila, pasiones, mezquindades, penas o alegrías según distinguiera sus rostros o ademanes y eso le procuraba un enorme deleite. Era su vida cotidiana. Ahora era un autor. Pero surgió Laurita y trastocó sus planes. Había llegado la hora en la que él también formaba parte de la narración.
Antes de arrimarse al balcón y adentrarse en su máquina de ficción, se le esbozó una amplia sonrisa de satisfacción muy parecida a la de otros días.
Hacía otra bonita mañana de primavera. Don Urgilio conversaba animadamente con el señor Melquiades en la puerta del colmado o ultramarinos. Miraban en dirección a una novedad que había al fondo de la calle (don Urgilio meneaba su bastón hacia el lugar), en la acera de enfrente y a unos pocos metros de la tienda. Marfán escudriñó buscando el acontecimiento, lo que le llenaba de gozo y ansiedad. ¡Ahí estaba! Con tablas, cartones y un somier herrumbroso se erigía una chabola contra el rincón de la acera. Sobre una guita había tendidos unos calzoncillos, unos pares de calcetines y un trapo de color seudoblanco que ondeaba a merced del viento como si fuese una bandera. Por lo que hacía las veces de entrada, asomaban dos pies blancuzcos a los cuales el sol comenzaba a bañar.
Marfán desvió unos instantes su mirada y caviló moviendo los labios con detenimiento. Musitaba algo y movía la cabeza rauda para regresar a su abstracción. Cuando vio salir del chamizo a los dos hombres, dio una palmada que predispuso un gesto de satisfacción. ¡Amos y Tramos!, dijo radiante, alargando el cuello para ganar visión.
Los dos hombres se mostraban en cueros desperezándose junto a su chabola. Despeinados, rascaban sus barbas bostezando a voz en grito. Pronto se percataron que alguien se acercaba a ellos con presteza. Se abalanzaron hacia la cuerda para ponerse los calzoncillos y unas camisas tiñosas que arrastraron del interior de la choza.
— ¡Les conmino para que depongan su actitud incívica de invadir la vía pública y mostrarse como Dios les trajo al mundo! -exclamó don Urgilio con el rostro congestionado- ¡Tengo la suficiente autoridad para exigírselo de manera inmediata!
Melquiades, unos pasos retirado del secretario del ministerio, asentía buscando avenencia en los alrededores.
Amos y Tramos tan sólo se encogieron de hombros y se fueron vistiendo entrando y saliendo de la chabola. Escrutaban al secretario alternativamente para después intercambiar gestos de extrañeza.
— Es lo que pasa en esta zona de la ciudad abandonada de la custodia policial.
Añadió don Urgilio, enjugándose el sudor de su amplia frente con un pañuelo de puntilla que sacó del bolsillo superior de su chaqueta.
Desde el balcón, Marfán vibraba con la escena. Asomaba la nariz entre los visillos y sólo se faltaba saltar para incorporarse al elenco. Se fijó en el señor Melquiades, muy opaco tras los otros tres. Su alargada figura se agrandaba en su sombra reflejada en la fachada cochambrosa del edificio a su espalda.
— Sólo venimos a trabajar -dijo Amos, el que parecía más viejo de los dos que bajaron del autobús- No deseamos cabrear ni incordiar a nadie, caballero.
— Y sabemos hacer de todo…..Y de casi nada.
Tramos reprimió una risita tras hablar.
La estrafalaria pinta de los tipos se completaba con sus largas barbas salpicadas con bolitas de poliespán, ya que sus improvisadas almohadas eran de ese material.
— ¡Y encima cachondeándose! -exclamó airado el secretario levantando su bastón.
Tramos y Amos retrocedieron unos pasos, aunque se hicieron unos guiños cómplices.
— ¡Un momento si se me permite! –dijo de pronto Melquiades saliendo a la palestra.
Se acercó a don Urgilio y, atusándose el bigote y colocándose las gafas, le convino a que se cruzase de acera e hicieran un apartadillo.
— Se me ha ocurrido algo para que estos dos gandules tengan trabajo y no anden alborotando el gallinero. A ver qué le parece, don Urgilio, usted que conoce los pros y contras de la condición humana.
Su tono confidencial acabó apoyándose en el reconocimiento de la universalidad del secretario, lo cual afectó a este hasta tal punto que le obligó a levantar aristocráticamente su mentón y quedarse absorto unos segundos contemplando el pedazo de firmamento mate que se dibujaba entre los tejados.
— Tengo un asuntillo de poca monta por resolver que podría afectar al exquisito funcionamiento de su ministerio.
Al secretario le recorrió un espasmo que titubeó su bastón y emborronó su rostro céreo.
— ¡Me solivianta, Melquiades!
Exclamó cogiendo por el brazo al tendero.
— No, no se apure, es cosa de poca enjundia. -añadió Melquiades, pintando una sonrisita bonachona en su boca- Es algo relacionado con uno de sus funcionarios que estoy seguro no llegará a más. Algo…..¿Cómo le diría yo?.... Algo relativo a la aceleración que produce la primavera en los jóvenes. ¿Me explico?
Cuando vio Marfán que los ojillos del tendero sobre sus gafas le buscaban entre los barrotes del balconcillo, tuvo que contener un brinco de alegría que le estremeció de pies a cabeza.
— Se explica usted como un libro cerrado. -le espetó el secretario impaciente.
— El furor que mueve la sangre de los más jóvenes en esta época del año. ¡El amor irrefrenable de la primavera, coño!
Don Urgilio recorrió con sus ojos de sabueso el mapa de arrugas de la cara del tendero.
— ¿Y qué leches tiene que ver eso con mis funcionarios? -dijo desbordado.
Mientras tanto, Amos y Tramos subían y bajaban el bordillo de la acera a la pata coja. Cada vez que uno apoyaba la pierna en vilo, el otro le humillaba con una serie de cabriolas grotescas emulando su poca pericia.
— Usted déjeme a mí, don Urgilio, y yo le prometo solemnemente que no tendrá el más mínimo problema ni con estos desarrapados ni con sus funcionarios. Es cosa de poco, pero que hay que llevarla con cierto tiento. No se preocupe.
El secretario hizo un gesto aprobatorio, no sin exhortación, sacudiendo su bastón sobre la pechera del tendero.
Nada más desaparecer acera arriba, Melquiades llamó autoritario a los otros dos interrumpiéndoles su juego.
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