Al cerrar la puerta al último invitado, borró de su rostro la sonrisa encantadora y regresó al gesto grave cotidiano. Yenny se recostó unos instantes sobre el marco de la puerta y cerró los ojos. Este estúpido de cuñado es imbécil de nacimiento, se dijo al retener en su mente la gracieta final del invitado que abandonó la casa el último. Al fondo, recogiendo los trastos de la cena, escuchaba el trasiego de Jon. Abrió los ojos y le abrumó todo lo que veía y oía. Intentó llenar los pulmones con el aire del recibidor pero sólo aspiró pestazo a tabaco (No sé cómo encima se joden los pulmones con la mierda de clima que tenemos) y el dulzor empalagoso de la bandeja de turrones. Una mezcolanza horrible que le hizo torcer la boca y suspirar un hartazgo.
Al llegar al comedor se dejó caer en el sillón como si se tratase de un desvanecimiento súbito.
— Yo sólo voy a retirar la mitad de los cacharros de la mesa, lo demás te toca a ti. También fregaré mi parte, claro.
Jon habló de forma seca, sin mirarla, sin dejar de hacer, sin esperar una respuesta concreta.
— Ok -contestó Yenny, pero echó el cuerpo hacia delante y trató de buscarle la cara- Lo que no entiendo es porque le has dicho a mi hermana lo de nuestra separación. No entiendo, tío. Se lo cascará a mi madre y eso era yo quien se lo tenía que decir. Sabes que mi madre está enferma y te lo pasas por el arco del triunfo Lo sabes de sobra. ¿Ha sido para joderme?
Jon siguió inmutable. No quiso reparar siquiera en el espacio que ocupaba en el sillón.
— ¿Y quien es tu hermanísimo para darnos la turra toda la puta noche con su ascenso?-comentó imperturbable con sus quehaceres.
— Prefieres a tu padre con su solemnidad victimista de viudo inconsolable. ¡Menudo muermo!
Ahora si la encaró Jon. Quiso poner una mirada lacerante, retadora, y para eso se detuvo apoyado sobre el respaldo de una silla. Yenny le aguantó unos segundos y, después, estalló en una carcajada.
— ¿Y eso que ha dicho tu hermana de que eres un hombre con ideas claras y que se percibe en tu mirada resuelta? "Mi hermano enamora con los ojos", ha dicho la cursi. Tronchante, tío.
Las guirnaldas que decoraban los focos del comedor se estremecieron ante el ímpetu con que Jon recogió el montón de platos para llevarlos a la cocina. Fue metiéndolos en el lavaplatos con un estruendo comparativo al que sentía hervir su sangre. Es una persona tóxica, lo es, musitó varias veces mientras maltrataba a la vajilla. Dejó el lavavajillas abierto y trató de serenarse escudriñando la noche exterior. Desde la ventana de la cocina observaba las luces encendidas del edificio de enfrente. Mesas luminosas acogían personas que parecían charlar amigablemente. ¿O tal vez, no? Si se fijaba bien, vio que algunos de ellos agitaban las manos exaltados, otros señalaban con el dedo a algo o a alguien, e incluso otros permanecían fumando, asomados a la ventana, ajenos a la cita familiar. En la calle todo era silencio y abandono. Sin apenas coches, sin nadie que anduviera las aceras, sin luces en las tiendas. Era una noche de paz o eso es lo que decían los manuales de buen comportamiento. Reparó en el culo que había quedado en una botella de vino y lo vertió en un vaso. Tras un primer trago, tras volver la cabeza hacia el comedor y regresar a la ventana, exclamó: "¡¡Mierda!!"
Yenny estaba tumbada en el sillón. Contabilizaba los adornos navideños con que habían decorado la casa para que los familiares encontraran algo de calor en aquel hogar gélido. ¿Cuándo se jodió todo? Importaba bien poco el cuándo, ni siquiera el porqué, la pasión se acaba y sin ella sólo queda una rutina insufrible que también otros conformistas llaman complicidad dual. Eso se lo afeó muchas veces Yenny y hasta trató de razonarlo con Jon. Pero él se acogía a su parcialidad, a su sentido práctico del matrimonio, a la finalidad de la pareja; como no quisiste tener hijos; o el convencional, son rachas, luego todo vuelve a un cauce más tranquilo y llevadero, le dijo a ella tantas veces. Tantas y tantas que llegó a hartar ese cauce tranquilo y llevadero que no era nada más que resignación. Ella se lo reprochaba y él lo justificaba.
— Por cierto, ¿desde cuándo tu hermana se ha vuelto tan libertina?
Salió Jon de la cocina para recoger dos fuentes con los restos de la lubina. Trató de dar a sus palabras un aire irónico que remarcó finalmente con una sonrisita.
— Dijo esta noche, y tú debiste de escucharlo, que se ha tirado a medio departamento y que el otro medio está en evaluación. ¿Evaluación? Kathy es un coco, siempre lo fue, y… ¿ahora se arrima a la hipocresía para resarcirse? Por favor, es patética tu familia.
Yenny no dijo nada. Su hermana era una idiota, pero él estaba por encima.
Sonó el tono del móvil de ella. Yenny comprobó que eran casi las dos de la madrugada y se temió lo peor. Acertó.
— Hola, mamá. -dijo al coger el aparato- ¿Qué haces que todavía no estás acostada?
La voz de su madre se escuchaba atropellada, aguda, excitada.
— Oh, vamos, mamá. No puedes hacerle caso. Ha bebido más vino de la cuenta y él ya sabes que no bebe y se pone parlanchín. No hagas caso. Tenemos un bache, sí, pero lo arreglaremos. No te apures y vete a la cama. Sí, sí, seguro. Mañana hablamos. Venga. Adiós, mamá.
Yenny dio un grito desesperado al colgar.
— ¡¡Ya se lo ha largado!! -exclamó airada, mirándole incorporada ya del sillón- Tú y tus puntitos de alcohol.
— No estaba borracho -dijo Jon- Fue una confidencia.
— ¿Una confidencia a la cotorra de mi hermana? Vamos, Jon.
— Lo que más me ha llamado la atención es que tú, tu, tú, toda tú -dijo Jon, señalándola con el dedo índice- le has negado a tu madre que nos vamos a divorciar. ¿Te avergüenzas de haber fracasado como pareja? ¿O es que la niña perfecta de mamacita nunca podría tener tal desliz?
— ¡¡Vete a la mierda, tío!! ¡¡Vete a tomar por culo de una puta vez!!
Jon se dio la vuelta y agarró bruscamente las fuentes de la cena. Derramó un vaso con vino sobre el mantel pero no se detuvo y se perdió camino de la cocina.
Yenny permaneció unos instantes parada ante la mesa de la cena. Sentía la aceleración de su corazón y la pulsión en las sienes como un gong expansivo entre sus cejas. Después creyó que lo mejor era acostarse, si es que podía conciliar el sueño. Lo que tenía claro es que no iba a recoger nada de nada. Si le sale de las narices que alimente su cauce con las sobras de la lubina.
Al pasar por la puerta principal de la casa, escuchó ruido en el descansillo de las escaleras. La algarabía festiva le llamó la atención y se acercó a la mirilla de la puerta. Varias personas, engalanadas con gorros navideños y panderetas, jaleaban esperando el ascensor. Hasta hay gente que se lo pasa medio bien, masculló sin dejar de escudriñar. Al poco, cuanto todo el bullicio se embarcó en el ascensor, la pareja de vecinos se quitaron de mala gana los gorros y adoptaron una expresión similar a la de un muñeco sin dibujo en el rostro, una mueca fría y plana llevándoles hacia el interior de su casa.
— ¡El último año que celebramos aquí! -dijo uno de ellos lanzando el gorro al suelo y, después, introduciéndolo en la casa de una patada- Y tu amigo Jorge queriendo prolongar la noche.
— Y tus padres contándonos otra vez lo que les pasó en Lisboa. ¡¡Dios!!
Tan pronto cerraron la puerta de la casa, Yenny se fue a la cama.