Él no soy yo (1ª parte)

26 de mayo 2026

Kabalcanty enarra la historia de un hombre cercano a los 60 años, frustrado, que lidia con la agobiante presencia de un "alter ego" literario del cual planea deshacerse

Escuché por segunda vez la voz de Ana y me dispuse a ir hacia ella. Apenas había traspasado el umbral de la habitación, cuando les escuché conversando. Él se me había adelantado. Ana le contaba un no sé qué de alguien del barrio. Yo me quedé quieto, junto a la puerta, diciéndome lo de siempre. Aunque yo lo veía tan claro, comprendía que era complicado para el resto de los mortales. Ya, claro, esa es la piedra de toque. Él lo sabía lo mismo que yo, sin embargo los demás nos confundían como si fuésemos la misma persona. La situación ha llegado a una disyuntiva insoportable.

Habíamos estado casi toda la mañana escribiendo, bueno, es decir: él escribía y yo estaba a su lado. Como casi siempre, intenté sugerir algo cuando noté su indecisión frente a la pantalla del pc, y él, impertérrito, sin mirarme siquiera, me hizo un gesto autoritario levantando la mano y manteniéndola insolentemente frente a mi cara. Estaba claro que era él quien escribía, lo admito, pero también tengo que decir que lo que escribe no merece la atención de casi ningún lector y mucho menos de ningún editor y tampoco me convence a mí, qué leches, que debería ser lo esencial. Él me dice que le importa una mierda, que sólo escribe por mero placer, pero yo discrepo. Con lo arrogante que es, estoy seguro que vendería su alma al diablo por ver editado lo que un día con otro plasma en el Word.

Hace más de cuarenta años que vivimos juntos, separados para nosotros, unívocos para todos los demás, y nuestra estrecha relación cada vez se alarga más allá de la escritura. Antes, fuera del cuarto donde escribíamos (¿?), no me acompañaba, ahora está siempre junto a mí. No me lo quito de en medio ni con agua caliente. Le da lo mismo que la situación sea íntima o vergonzosa, él se clava a mi lado y me observa impertinente o participa descarado. Lo que en un principio consideré como un alter ego beneficioso para mis expectativas, ahora se ha convertido en un auténtico fastidio. Y la culpa de todo la tiene mi maldita manía de convertirme en escritor. ¿No había otra cosa en el mundo más sencilla y que llenara mi vacío existencial que rellenar páginas y páginas? ¿No habría sido menos cargante que depender de alguien que apareció porque sí y haberme educado en el arte literario en mi juventud? ¿Por qué no elegí ser fontanero, agricultor, actor o pasante de notario? En fin, decidí escribir, o mejor dicho: que otro lo intentara por mí.

Ya estoy más cerca de la vejez que de la edad madura, es decir: estoy en el tiempo, cercano a la sesentena, en el que uno se siente un trasto viejo arrumbado en el rincón predilecto de los olvidos. Me refiero, sobre todo, al plano laboral, aunque sin dejar de soslayar lo demás. Uno tampoco puede ofrecer mucho (haber leído cientos y cientos de libros y haber pintado paredes y techos, primero en una empresa pequeña y luego a conocidos, allegados y despistados del barrio), pero siempre se tiende a creer que habrá algún resquicio donde encajar en esta sociedad tan perentoria como transitoria.

El caso es que esa tarde, del día en que él departía intrascendencias con Ana habiéndoseme adelantado, tenía una entrevista para un trabajo que hallé por internet. No era gran cosa pero sí una posibilidad.

Le vi en el asiento de enfrente en el metro. Como de costumbre se cubría la calva con un sombrero (últimamente también utiliza una gorra). A mí me importa una higa mi calvicie y la muestro tanto en el frío como en el calor, pero él no. ¿Saben por qué? Porque es un jodido dandi. Sí, uno pero al estilo contemporáneo, me explico: con los vaqueros rotos pero de marca. Escritor, sombrero y dandi, vaya, todo un clásico.

Cuando salimos a la calle no tuve reparos en detenerme y ponerme junto a él.

— ¿Se puede saber qué narices haces acompañándome? -le dije, interponiéndome en su camino que también era el mío- Nuestro trato era escribir a dúo y no atosigarme cada vez que muevo un pie.

Estuvo unos instantes torciendo la boca como si le dolieran las muelas; creo que le molestaba que pareciera que hablara solo, ya que escudriñó varias veces la cercanía en la acera.

— Vamos, Jesús, no me toques las pelotas.

Lo dijo en un tono lamentoso, elevando el labio superior en un gesto de clara de aversión.

— ¿Cuando te vas a enterar que no hay trato de por medio? -siguió, acercándoseme mucho a la cara y apestándome con su olor a tabaco- La puta casualidad imaginativa nos hizo encontrarnos y tú sabes tan bien como yo que ya no hay remedio. El problema es que no te aguantas y eso me salpica, ¿me explico, colega?

— ¿Algún problema, caballero?

Se había acercado un guardia civil y me preguntaba con cara de palo.

No me di cuenta que estaba enfrente de algún sitio oficial (un vallado de barrotes nobles compactado por una pétrea vegetación dejaba ver la parte alta de lo que fue un otrora palacete) y que su entrada estaba vigilada. Me disculpé y seguí mi camino. Pero no dejaba de ser curioso que en esas circunstancias él desapareciera. A eso fui dándole a la mollera hasta que llegué al lugar de la entrevista.

Era el bajo de un portal historiado de clase pudiente. El portero me indicó el lugar con un leve movimiento de cabeza y sin mediar palabra. Tres personas esperaban en una salita que bien parecía la antesala de un dentista. "¿El último?", pregunté adhiriéndome al marco. Las entrevistas duraban poco más de diez minutos por lo que poco tuve que esperar. Se trataba de un puesto de vigilante nocturno de un garaje comunitario. Poca paga, cómodo y aburrido trabajo y no era necesaria titulación alguna. Lo mío.

— ¿Padece usted alguna enfermedad crónica?

Me preguntaba un tipo de propósito grave, vestido con un traje que le quedaba muy holgado y que cuando contestabas lo apuntaba todo, pero todo todo, sobre un teclado que conoció el sistema operativo MS-DOS. Podría haber sido perfectamente el suplente para domingos y festivos del portero de antes.

El cuestionario fue de lo más simple y los comentarios por parte del portero suplente nulos. Me di cuenta que no contarían conmigo para el puesto porque el tipo miró varias veces despectivamente mis deportivas Carrefour.

— No sabes venderte.

Me dijo él nada más abandonar el portal. Fumaba dando unas caladas pequeñas y repetitivas.

— Si hubieras intervenido….. -contesté socarrón, dando manotazos al humo de su pitillo.

— No lo digo por este trabajo basura -continuó al tiempo que nos alejábamos del lugar- Lo menciono por hacerte escritor de verdad, trabajar por lo menos en algo relacionado.

— Demasiado tarde, compañero ingrato, te recuerdo que tengo casi los sesenta.

— Y tu otro defecto, la jodia edad. Yo creo que tú has sido viejo desde los veinte años. Un cobardica. Para vivir de pleno uno tiene que creerse por completo. Tú no te crees, por eso existo yo.

Me estaba sacando de quicio, por eso aceleré y me metí en el metro de vuelta a casa. ¿Cómo liquidar a alguien que sólo percibes tú? Esa era la cuestión y en ella debía centrarme.

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