En el marco de los actos organizados para conmemorar el 60 aniversario de la BRILAT, el pasado fin de semana tuve el privilegio de asistir a la exposición estática de material y medios de la unidad y al solemne acto de arriado de la bandera celebrado en la avenida Montero Ríos de Pontevedra. Dos eventos que, más allá de su impecable organización, invitan a una profunda reflexión sobre el papel de nuestras Fuerzas Armadas y sobre los valores que representan.
La BRILAT, creada el 24 de enero de 1966 y asentada principalmente en el acuartelamiento "General Morillo" de Figueirido (Pontevedra), ha sido durante seis décadas una referencia de profesionalidad, sacrificio y servicio a España. Su evolución hasta convertirse en la actual Brigada de Infantería Ligera "Galicia" VII no ha alterado la esencia que la caracteriza, resumida magistralmente en un lema que encierra toda una forma de entender el servicio: "Del pasado, honor; del presente, orgullo".
Reconozco que mi ya veterana vocación castrense fue el impulso que me llevó a acudir a estos actos. Sin embargo, en esta ocasión la experiencia tuvo un significado aún más profundo. En una sociedad marcada por la crispación política, la incertidumbre y la pérdida de referentes comunes, encontré en aquellas horas un espacio de serenidad. Escuchar las marchas militares, contemplar los símbolos y observar el rigor con el que los soldados desempeñaban su cometido supuso una forma de reencontrarme con valores que hoy parecen cada vez más necesarios: el honor, la disciplina, la lealtad y el sentido del deber.
La jornada despertó también un entrañable sentimiento de nostalgia. Resultaba inevitable recordar el 35 aniversario de la BRILAT, allá por 1991, cuando mi hijo obtuvo el primer premio del concurso literario convocado para aquella efeméride con un trabajo titulado "Las Fuerzas Armadas y la paz, una sencilla paradoja. Construye la paz odiando la guerra". Apenas tenía catorce años. Aquel adolescente que reflexionaba sobre la paz y el papel de las Fuerzas Armadas ingresaría pocos años después en la Academia General Militar de Zaragoza y hoy sirve a España como teniente coronel de la Guardia Civil. Que el lector me disculpe la licencia de esta anécdota familiar y la inevitable pasión de padre, pero la feliz coincidencia de ambos aniversarios me obligaba a poner en valor cómo la semilla del espíritu de servicio, sembrada en parte por la BRILAT, da sus frutos.
No obstante, si hubo un momento capaz de condensar toda la emoción de la jornada, fue el acto de arriado de la bandera al caer la tarde en la avenida Montero Ríos. Para quienes llevamos el ADN militar en las venas, se trata de una ceremonia cargada de simbolismo, donde el rigor de cada movimiento, el silencio respetuoso y la solemnidad del ceremonial transmiten un profundo sentimiento de pertenencia y de compromiso.
Pero si un instante quedó grabado a fuego en mi memoria, fue el grito desgarrador de un joven teniente que mandaba la sección de honores. Siguiendo el protocolo castrense, justo antes de que el himno nacional acompañase el descenso de la enseña, de lo más profundo de su corazón brotó un atronador: "¡Viva España!". La voz ejecutiva del oficial, cargada de una vibrante autenticidad, obtuvo la réplica inmediata de su sección, que respondió al unísono con un "¡Viva!" estruendoso, secundado con fervor por todos los ciudadanos allí presentes.
El eco de aquellas voces, unido a los aplausos de los asistentes y a los acordes del himno nacional, convirtió el arriado de la bandera en uno de los momentos más emotivos de la jornada, capaz de recordar que los símbolos cobran su verdadero significado cuando se viven con respeto, disciplina y convicción.
En tiempos en los que con demasiada frecuencia se cuestionan los símbolos comunes o se pretende reducirlos a una simple expresión política, actos como este recuerdan que la bandera representa una historia compartida, una comunidad de ciudadanos y un proyecto colectivo construido sobre el esfuerzo de muchas generaciones. Su contemplación no divide; al contrario, invita a reconocer aquello que nos une por encima de nuestras diferencias.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja el 60 aniversario de la BRILAT. Que el verdadero patrimonio de una unidad militar no reside únicamente en sus capacidades operativas o en sus medios materiales, sino en el ejemplo cotidiano de hombres y mujeres que hacen del servicio a España una forma de vida y que encarnan valores que toda sociedad democrática debería preservar: el sacrificio, la disciplina, la lealtad y el compañerismo.
Cuando la bandera desciende lentamente con los acordes del himno nacional, no concluye simplemente una ceremonia. Se renueva un compromiso que enlaza pasado, presente y futuro; el compromiso de quienes han servido a España, de quienes hoy la sirven y de quienes algún día tomarán su relevo. Es un gesto sencillo en apariencia, pero cargado de una profunda fuerza simbólica que invita a reflexionar sobre el valor de la historia, de las instituciones y del servicio desinteresado al bien común.
Sesenta años después de su creación, la BRILAT sigue siendo motivo de orgullo para Pontevedra y para España. Su lema, "Del pasado, honor; del presente, orgullo", no es una simple divisa grabada en un escudo, sino una declaración de principios que mantiene plena vigencia. Porque el honor se recibe como legado de quienes nos precedieron, pero el orgullo solo puede conquistarse cada día con el trabajo bien hecho, con la entrega silenciosa y con la fidelidad a unos valores que trascienden el tiempo.
Y eso, precisamente, fue lo que muchos sentimos al contemplar el arriado de la bandera en la avenida Montero Ríos: que durante unos minutos, al compás del himno y bajo el vuelo de la enseña nacional, España dejó de ser una idea abstracta para convertirse en una emoción compartida.