Si las sociedades inician su decadencia tanto por arriba como por abajo, por las instituciones que incumplen su cometido y por los ciudadanos que abandonan su independencia, en ambos casos la degradación no surge espontáneamente, sino que nace, crece, se desarrolla y expande a través de las prácticas de la burocracia política.
Asentada en la Constitución, la sociedad democrática incorpora los principios democráticos recogidos en la letra constitucional y que devienen en práctica común incorporados al acerbo individual: la mayoría de la ciudadanía es consciente de la preeminencia de la sociedad democrática sobre cualquiera de las consideraciones del juego político. En este territorio y en este ámbito de la conciencia ciudadana es en el que se desenvuelve la confianza en la dirección de la nación, la tranquilidad en el quehacer de las instituciones o la certidumbre del buen puerto al que de forma colectiva hemos de arribar, gobierne quien gobierne. La nación se dota de un optimismo natural que empuja los esfuerzos de todos e implica un sentir específico de la ciudadanía en relación con la estructura de la democracia de la nación. El quid de la cuestión es que el tamaño de esta citada mayoría, que siempre parece haber superado de forma natural las dimensiones alcanzadas por el sectarismo político, puede seguir ampliándose o por el contrario puede ir menguando de acuerdo con los modos, maneras y políticas que ejerzan desde el poder sus ocupantes.
Para no incluir ejemplos recientes, pueden identificarse sociedades ya estudiadas por la Historia en las que la propia dinámica emprendida desde el poder busca el engrandecimiento de la burocracia política a costa de la sociedad, a costa de sus ciudadanos y con el objetivo máximo de mantenerse en el poder: el peronismo -las elecciones presidenciales democráticas de 1946 elevaron a un tal Juan Domingo Perón a presidente- es ejemplo de libro de cómo una sociedad al completo queda a merced de la burocracia política, cómo esta burocracia política maniobra en todos los ámbitos para extender su dominio, lanzada a la conquista de la voluntad de los inermes ciudadanos asaltados en su quehacer diario por la más alta autoridad de la nación y sus poderes. En el caso del peronismo, en su afán de mantener el poder, en su primera etapa acabó atacando la sociedad democrática hasta el golpe de Estado.
La RAE define el sectarismo como la intransigencia y fanatismo en la defensa de una idea o una ideología. Le asigna otros cuantos sambenitos como intolerancia, parcialidad, partidismo, dogmatismo. Si los colgamos de la práctica política tenemos un grandísimo problema porque
- para llevarlo a cabo no se necesitan las instituciones ya que su función es la de hacer de contrapeso al poder ejecutivo;
- tampoco necesita cumplir las prácticas democráticas ni las normas que a todos atañen porque se trata de ocupar el poder sin contemplaciones;
- y no se necesita el cumplimiento de las Leyes porque estorban en la consecución de sus fines.
Los tres poderes del Estado han limado su independencia unos con respecto a los otros y es el ejecutivo el que va absorbiendo funciones de los otros dos a la vista de todos los ciudadanos. En lugar de gobernar para todos cumpliendo la Ley, se aplica un molde ideológico abriendo en canal la estructura del Estado, poniendo la nación ante el espejo de su destrucción. Instituciones, prácticas, normas democráticas y la propia Ley son utilizadas de forma sectaria por la burocracia política para la consecución de sus fines.
El ejemplo de la opa del BBVA al Banco Sabadell apesta a populismo barato, apesta a Perón. La mamarrachada de la consulta pública resuena en estos momentos en cuantos despachos de firmas de inversión multinacionales contemplan la entrada en España, con la insólita presencia del Gobierno en donde no le llaman para decidir de forma totalmente arbitraria. Lo que está haciendo no solamente contribuye a hundir las posibilidades de inversión futuras, sino también a eliminar el significado de los precios arduamente trabajados por millones de operaciones libremente realizadas. Los organismos independientes encargados de velar por la limpieza de las operaciones corporativas, los únicos que intervienen, ya dieron el visto bueno a la operación después de todo un año de análisis, y ahora quedaría que los propietarios de las acciones tomen la decisión que consideren conveniente. Si sigue enredando, el Gobierno va a provocar el desplome de las acciones de alguno o de ambos intervinientes una vez se vaya atascando el proceso. Todo es una broma estúpida de gente que no ha tenido en sus manos un balance bancario en su vida. Son niñatos sentados en la cabina de un Boeing 747, comenzando por el ministro Cuerpo con su manifestación pública de incompetencia ante la patraña de la consulta.
¿Por qué meten tal fuciño? Por mantener el poder. Necesitan los votos del pastelero. Y porque el socialismo tiene vocación de parásito, parásito sobre los ciudadanos que levantan el país a golpe de esfuerzo. Hay que pensar que han creado un nuevo fenotipo, los amigantes, aquel término que había acuñado el filósofo Lledó para unir los colocados y los mangantes. Sobre la faz del mercado laboral siguen los números trucados, pero los oficiales marcan que la quinta parte de los parados de la UE ya son todos españoles, ¡¡¡en un entorno en el que se roza el millón de bajas laborables diarias mientras quieren recortar la jornada laboral!!! dicen mientras sentados a la mesa estudian la productividad a los postres.
Pero no nos olvidemos de la opa. El nacionalismo catalán es sobre todo y también el socialismo nacionalista catalán capaz de pasar de la mamarrachada del prucés al prucés crónico, la enfermedad cronificada de la élite catalanista que devino nacionalista que devino separatista y a la que el socialismo sirve, servidumbre voluntaria en la muerte civil de tantos ciudadanos que viven en Cataluña. El socialismo nacionalista español junta su bota a las del separatismo, y en connivencia van eliminado todos los problemas a su paso: muchos empresarios que operan en y desde Cataluña son llamados a capítulo para efectuar deposición de sus anhelos de aldea -tot per a nosaltres, sense competència- y muestran en público su oposición a la opa. El socialismo nacionalista no quiere vigilantes. Los números están siendo de órdago.