La muestra de Lubiáns abierta este mes en Sanxenxo es parte de una obra que orbita desde hace años sobre lo circense, lo festivo y lo popular. Lubiáns no sólo pinta, también esculpe y graba y trabaja nuevas técnicas y materiales, creando personajes curiosos y seres fantásticos, a veces monstruosos pero de algún modo siempre amables.
De la tradición costumbrista de quienes reflejaron la fría y húmeda realidad del rural gallego, al retrato protesta de la escena popular que busca denunciar una situación social, media un paso de lo que había a lo que no debería ser. De aquel siglo de valoración de mitos y creencias ancestrales queda en pintura la imagen etnográfica, articulada en un nacionalismo de corte cultural. Más tarde, la pintura adquiere un carácter más político, reflejado en la obra gráfica y pictórica, que oscila entre lo humorístico y lo trágico y descarnado. Lo vemos en esas escenas de mar y campo, de los personajes fuertes pero golpeados de Laxeiro y Castelao. Después esta línea se agota, y el tópico de la campesina y el marinero se desdibuja, al surgir otro horizonte industrial y desarrollista. Es en el hecho de la fiesta donde lo popular encuentra continuidad. Porque la fiesta popular sigue, con su ambiente de trajes, gaitas y romerías, desligada de la reivindicación.
Lubiáns, a contracorriente y sin considerar los prejuicios hacia la tradición costumbrista que no pocos desdeñan, recoge esa fiesta viva, despojada de sufrimiento, donde los tipos populares, dulces y serenos, tocan instrumentos y sostienen pequeñas criaturas con sus manos gruesas ya sin callos, y en la que los pescadores ya no sufren cuando muestran el quiñón. No es alegría desbordante y no es acción suspendida, son personajes dignos e introvertidos en un momento de sosiego.
Pintor de oficio, compone circunscribiéndose al marco, subordinadas frontalmente las figuras a los límites del cuadro, simbólicamente estáticas o levemente inclinadas, siempre suavemente acomodadas en planos medios y cortos, y antes dobladas que fragmentadas.
Más pintor que dibujante, hace una aproximación expresionista en la mezcla de masas de color. De un color emocional que proporciona vigor a la imagen porque no es simple luz. Una densidad material que Lubiáns cocina al óleo en fondos pétreos, contornos imprecisos y fronteras oscuras como plomos de vidriera, pero con el valor plástico, la espontaneidad y el entusiasmo del niño que acaba de descubrir que la pintura mancha.
O Parrulo, 32x24,5, óleo sobre papel hecho a mano
