Lo importante no eran las nuevas instalaciones de Marín, aunque allí estuviesen, estupendas, recién estrenadas y haciendo su papel con la dignidad que se espera de lo recién inaugurado. Lo importante era Perdiz. Hay personas que convocan por lo que hacen y otras que convocan por lo que son. Perdiz pertenece a esa segunda categoría, que es mucho más difícil y bastante menos rentable en los balances.

Llevaba el mismo traje que yo llevé hace un par de semanas a unos premios. Aquí conviene detenerse, porque la vida también está hecha de humillaciones textiles: a él le quedaba mejor. Bastante mejor. Será el porte, será ese moreno suyo de hombre al que parece haberle dado el sol incluso en los días de lluvia, o será que hay personas que no se visten para la ocasión, sino que la ocasión se viste un poco para ellas. A Perdiz, aquel traje le hacía parecer Perdiz, que es mucho y es muy difícil.
Tiene además Perdiz una cosa poco frecuente: sabe de dónde viene sin tener que decirlo cada cinco minutos. Hay quien convierte los orígenes en un discurso y quien los lleva puestos, como quien lleva bien hechos los bajos del pantalón. Perdiz pertenece a los segundos. No presume de raíz porque la raíz no presume; simplemente aguanta. Y en él hay algo de esa Pontevedra antigua, de trato, de palabra, de mirar a los ojos, que no necesita ponerse estupenda para seguir siendo importante.
Por eso muchos pontevedreses quisimos arroparlo en Marín. Estaban mi querido Gerardo Lorenzo, los siempre elegantes Jesús Fole y Beatriz de la Cruz, José María Corujo o Marga Caeiro entre las casi mil personas que allí estábamos, sin faltar numerosas autoridades.
Pero la tarde era de Perdiz. No por las instalaciones, ni por el traje, ni siquiera por ese moreno suyo que debería tributar aparte. Era de Perdiz porque hay personas que crecen sin despegarse. Que prosperan sin ponerse estupendas. Que avanzan sin olvidar el sitio exacto del que salieron.
Lo de Marín fue una inauguración, sí. Pero sobre todo fue una excusa para decir algo que en Pontevedra se dice poco y se entiende enseguida: que a cierta gente se la quiere porque está. Y Perdiz está. En los días buenos, con traje. En los días malos, con oficio. Y en todos, con esa rara elegancia de quien no necesita parecer importante para serlo.
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