24 de xaneiro 2026

En la canción Quijote, cantaba J. Iglesias en 1982: "Tengo miedo del tiempo, que fácil se va. De las gentes que hablan, que opinan de más".

Mal sabría el cantante entonces la profecía que escondía esa letra.

A Iglesias, parece ser, se le quiere o se le odia. No hay término medio. Allá cada cual con sus pasiones. Lo que me parece tremendo es que se puedan escribir o decir barbaridades sobre Miranda Rynsburguer, casada actualmente con el artista, con la misma impunidad que a él se le reprocha.

Nadie hay para defenderla a ella, mujer también, cuya intimidad, incluida la sexual, ha quedado completamente expuesta. Tampoco se libran de recibir insultos sus hijos, el menor de los cuales cumplió la mayoría de edad hace solo un año.

Se mezclan, además, en algunas informaciones, la presunta comisión del delito con que hubiese, cito textualmente: "una jerarquía entre sus empleados", o que se les exigiesen a estos pruebas médicas y se restringiesen las salidas al exterior en tiempo de pandemia, como si no hubiesen sido nunca prácticas habituales. Se critica, además, que no se permitiese a los trabajadores difundir fotografías de la casa ni del terreno donde se encuentra ubicada, un requisito normal cuando se trata de mantener la privacidad y la seguridad. Tampoco ha gustado la restricción del uso de los teléfonos móviles durante el trabajo.

Es decir, se están calificando de abusivas cuestiones prácticas que, si no son habituales, deberían serlo. Abusivo es, a mi entender, el uso que le estamos dando al teléfono móvil.

Se ha aprovechado el presunto delito cometido por Iglesias como ocasión para echarle encima al cantante todo el resentimiento que se le tiene desde hace años, tanto por haber triunfado en su carrera como lo ha hecho, como por representar una masculinidad trasnochada, la de muchas personas de su edad que fueron educadas en el machismo imperante de la época, que todavía tiene, desgraciadamente, muchos ecos a erradicar.

Feos han sido los gestos de Iglesias que hemos visto con algunas periodistas que le han entrevistado. La palabra "propasarse" se queda corta. Las ha tratado como floreros en lugar de como las profesionales que son, faltándoles al respeto. Pero de ahí a que haya cometido las barbaridades de las que se le acusa, hay paradas en muchos pueblos.

Irrespetuoso ha sido también que se haya cuestionado la veracidad del testimonio de las presuntas víctimas por su raza o extracción social. Pero, ¿no será que lo horrible es todo, es decir, cuestionar tanto a unas como a otro, si no tenemos ni la más remota idea de lo que ha pasado?

Se habla de que "lo que hacía Iglesias" con las personas que trabajaban en las labores de Servicio de la casa era como el derecho de pernada de la época medieval. También era costumbre medieval lapidar en plaza pública.

De lo que no se dan cuenta quienes ya lo han declarado culpable, sin que haya habido más juicio que el mediático, es que, si hoy se le niega a alguien, por muy famoso que sea y por muy mal que nos caiga, la presunción de inocencia, mañana se va a poder hacer con cualquiera. Y ese cualquiera nos incluye a todos.

Si al del 1.º C le da por decir que el del 4.º A ha abusado de la hija o el hijo de algún otro vecino porque él mismo vio cómo lo hacía en la escalera, que sepan que ya podrán juzgar al del 4.º A y condenarlo en la próxima reunión de la comunidad de propietarios y hablar de ello con la misma alegría que de las filtraciones de agua del edificio. Todo formará parte del orden del día. Se acusa con la misma frivolidad a alguien de haber cometido una atrocidad que de haber faltado un día al trabajo.

Sean o no pervertidos sexuales Julio Iglesias o el del 4.º A, el daño ya está hecho. La calumnia, a pesar de estar recogida como un delito en el Código Penal, sale gratis.

Lo peor de todo es que algunos de los acusadores habrán conseguido su objetivo no porque les importe el bien común o les indigne la violación de los Derechos Humanos, sino porque, ya sea Iglesias o el vecino del cuarto, les han caído mal toda la vida porque les va mejor que a ellos.

No nos damos cuenta de que estamos instalando en la sociedad un clima de indefensión que ya estamos pagando, cambiando la presunción de inocencia por la de culpabilidad.

Estas líneas siempre han sido libres, rareza que agradezco profundamente, porque mi criterio no coincide a veces con el de otros compañeros de Opinión. Tampoco coincide con el de los directores o redactores profesionales de este periódico, organizado también por departamentos como cualquier trabajo. Y si me apuran, por categorías o “jerarquías”, como la casa de Iglesias. Pero tan sectario y tan aterrador se está volviendo el ambiente ahí afuera, como para que yo me sienta personalmente obligada, sin que nadie me lo pida, a dejar expresamente claro que no disculpo ningún trato vejatorio, degradante o explotador, ni de palabra ni de obra, sea este laboral, personal o sexual hacia ningún ser humano. Y que estoy totalmente de acuerdo, un acuerdo con mayúsculas de neón parpadeante y fluorescente, con que, si Julio Iglesias ha cometido el espanto del que se le acusa, lo pague con la pena que merece. En España, Estados Unidos, la República Dominicana y en todos los países donde lo haya hecho.

Siempre y cuando lo haya hecho y haya sido juzgado y condenado por quien tenga competencia para hacerlo, no por usted, ni por mí, ni por el del 1.º C.