El señor Melquiades tenía un bigote blanco a juego con su cabello. Era extremadamente delgado por lo que sus gafitas de alambre le bailaban sobre la nariz y tenía que andar ajustándoselas cada dos por tres. Disfrutaba, como esa mañana, tomar el sol pálido, siempre velado por esa gasa pringosa que embadurnaba las nubes ligeras, junto a sus gatos que permanecían ovillados alrededor de sus pies. Podía permitirse ese relax solar puesto que apenas había mercancías que comprar en el depauperado Mercado de Abastos como tampoco clientes a los que atender. Cada día se notaba más que la clientela escaseaba y su tiempo de ocio crecía y crecía.
Se le dibujó una sonrisa, que ladeó su bigote estirándolo, al ver doblar la esquina a Hula. Le hizo una seña con la mano, lo cual incomodó de alguna manera a los gatos que se estiraron perezosos cruzando sus patas sobre los pies del hombre.
— Vengo de cobrar el subsidio vital y no vea usted la cola que había en el ministerio -dijo Hula, apoyándose sobre la fachada de la tienda.
Melquiades sacudió la cabeza mientras se levantaba para arrimar una banqueta que sacó de dentro de la tienda.
— No se moleste, señor Melquiades, que voy a estar poco rato.
El hombre colocó la banqueta a su lado e hizo un persuasivo ademán.
— Pero la verdad es que llevo un par de días queriendo hablar con usted. -dijo ella sentándose- Le tengo como a un padre por ser una persona cabal y dada a ayudar a cualquiera, aunque eso le suponga contratiempo.
El hombre trató de quitarle enjundia moviendo sus manos varias veces. Después, tras subir sus gafitas sobre su nariz, escudriñó de frente a la muchacha con mucha atención.
— Verá, la cosa es que mi hermano ha dejado, por el momento, de dar la lata con lo del estanque. Algo que me alivió por muy poco tiempo porque anda en otro follón no menos enredado. Así es él, ya sabe usted, lo normal le sabe a poco y lo fantasioso le entusiasma por demás.
Los gatos se estremecieron y, arqueando sus lomos desperezándose, huyeron tienda adentro.
— Sí, es algo difícil. Le conozco apenas levantaba dos palmos del suelo -dijo Melquiades.
El tendero buscó en su mandil el envase del tabaco y comenzó a liarse un pitillo con toda la dedicación del mundo. Hula observaba la pericia de su tejemaneje como si observase a un faquir tragarse un sable.
— Pero te digo una cosa, preciosa, en estos tiempos que corren y en esta zona que nos toca vivir, si no le echas imaginación a lo cotidiano te mueres de asco y pena. Marfán es un muchacho despierto y cualquier cosa que se la haya ocurrido, a excepción de eso del estanque que tú y yo sabemos que es algo peliagudo, será positiva y mejorará su vida.
Hula bajó los ojos para torcer la boca en un gesto contrariado.
Escudriñó el balcón y vio la nariz de su hermano entre los visillos husmeando el exterior.
— No es tan sencillo y verá porque se lo digo. -acabó diciendo ella más seria- Si usted mira el balcón de mi casa le verá pegado a las cortinas mirando la calle arriba y abajo. Qué le voy a decir a usted que lleva años viéndole como mira y remira. Pues eso, que de tanto mirar se ha encaprichado de una funcionaria que ve ir al Boston casi todos los días y quiere que yo le eche una mano para que se conozcan. ¡Es de aúpa la ocurrencia!
El hombre rio hinchando sus mofletes mientras se sujetaba las gafas por una de las patillas. Atisbó varias veces el balcón a la vez que asentía jocundo con la cabeza.
Pasó el autobús de línea por la calzada lanzando una bocanada de humo blanco que se desintegró en segundos.
— Perdona, Hula. Es que tiene bemoles el asunto.
— Él no comprende que los funcionarios están de paso por aquí -dijo la muchacha- No pueden enamorarse de alguien a quien no conocen y que, además, vive en la zona desahuciada. Ellos, digamos, nos menosprecian y bastante cabreados tienen que estar con tener que venir a trabajar hasta aquí. Pero eso no se lo puedo decir a él, seria romperle su ilusión de una manera bestia.
Más allá, en la parada sobre la acera, se bajaron del autobús de línea dos hombres bastante mal vestidos. Era bastante normal que en esa zona de la ciudad uno se encontrara con tipos parecidos, sin embargo estos rayaban en la pobreza más absoluta. Cada uno llevaba una bolsa mugrienta de lona e iban zigzagueando por la acera en dirección al tendero y la muchacha. No se percataron de ellos hasta que no les tuvieron a un par de metros.
— Buenos días tengan ustedes -dijo uno de ellos, el que parecía más viejo, aunque ambos gastaban unas barbas luengas, amarillentas y pobladas que hacían indeterminable su edad- ¿No sabrán si por estas latitudes se necesitan trabajadores? Mi socio y yo sabemos hacer lo que sea y nos conformamos con un salario miserable, como nosotros mismos.
Hula y Melquiades les examinaron detenidamente. No eran del barrio y su porte delataba una falta total de recursos. Tampoco era nada novedoso.
— ¡¡Uff, señores míos!! -exclamó el tendero agitando su mano y poniéndose a la altura de ellos- Han aterrizado ustedes en la zona más mísera de la ciudad. ¿Trabajo? Precisamente este barrio está hecho ex profeso para los que no tienen ni tendrán ocupación. Es zona desahuciada.
Los llegados se miraron entre si y se rieron de buena gana, lo cual sorprendió a los otros dos.
— Era de suponer, señor -contestó el mismo de antes- Es que hemos supuesto, ya que están ustedes a la puerta de este comercio, que el negocio era suyo y que, a lo mejor, a lo mejor de todas las posibilidades posibles, necesitaban algún mozo o peón para que les ayudara. La cosa está jodia, ¿no les parece?
— Y no es lo mismo estar jodio que estar jodiendo. -añadió el otro urgido por un aluvión de carcajadas.
Rieron los dos a la vez que se sacudían las mangas de sus chaquetas alternativamente, lo cual levantó una polvisca que se enmarañó tumultuosa en un rayo de sol.
Melquiades tomó a la muchacha del brazo y la condujo al interior de la tienda de ultramarinos. "Gente de poco fiar, niña", le cuchicheó el tendero mientras cerraba la puerta.
Los otros dos caminaron unos metros por la acera, canturreando un estribillo machacón ( Hemos llegado al culo del mundooo, cogiendo el timón con falta de rumbooo… ), hasta que les pareció apropiado un rincón donde se amontonaban una serie de enseres viejos y ruinosos. Se pusieron a revolver como si desearan hallar algo de urgente necesidad.
En la tienda, los gatos volvieron a hacer aparición. Se montaron en el mostrador estirando sus patas y haciendo con su lomo un tobogán.
— Este barrio se está volviendo cada vez más inseguro.
Dijo Hula algo sofocada.
— Es de lo que se trata, querida niña -contestó el tendero volviendo a prender su cigarrillo a medias- Hasta nuestra propia aniquilación, es el plan. -añadió como para sí- Que la miseria nos pudra a todos.
Hula fue a acariciar a uno de los gatos pero huyó despavorido lanzando un breve bufido.
— Pero que no se me olvide lo que he pensado para esquivar el asunto de tu hermano. Ven, acércate, que quiero que esto quede entre tú y yo.
Melquiades arrimó su boca al oído de ella para comentarle algo. Movía azarosamente las manos mientras hablaba y guiñoteaba los ojos tras las gafas al igual que si estuviese tramando un proyecto de espionaje.
— Por la trastienda debo tener lo suficiente para que parezcas otra -dijo al final separándose de la chica- Es de cuando vivía mi mujer, de cuando vivíamos en la parte insigne; le encantaba disfrazarse por carnaval.
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