En las horas en que Ana trabajaba, yo me escapaba al bar de Ulpiano. Ella daba clases en un instituto del centro (nuestro verdadero sustento familiar) los lunes, miércoles y viernes por la mañana y yo aprovechaba para tomarme unas cervezas y perder el tiempo con los bebedores habituales. A ella le gustaba bastante poco que yo le diera a la botella, sin embargo era él, borracho irredimible, quien me empujaba al vicio.
El bar de Ulpiano hacia esquina y tenía unas ventanas en cuesta idóneas para controlar el trasiego cotidiano del barrio. Veías pasar a uno y a una, a este y a aquella, cargados o con las manos libres, y podías inventarte la vida de cada cual, eso decía él una vez que había ingerido un par de jarras de cerveza.
— Esto es el germen de la literatura, Jesusito. De la buena literatura. Solía decirme, con el bigote tiznado de espuma, señalando el marco de las ventanas del bar.
— Pues tú poco lo plasmas en el papel, pedazo de mierda. Esa mañana apareció Sabino al que hacía varios meses que no se le veía el pelo. Contaba que era poeta (poeta maldito, de esos que no publican pero viven la vida canalla a tope para contarla en verso cuando la espichan, explicaba cuando le invitabas) y que su ateneo eran todos los bares. Le conocía de cuando éramos jóvenes y pintábamos pisos en los puentes o fines de semana.
— Un día por ahí, otro por allá…..Ya sabes, trapicheando y atesorando vivencias que serán excelsos poemas otrora. Me comentó cuando le pregunté por su prolongada ausencia.
Yo pensé que había pasado una temporada en la cárcel, puesto que ya le ocurrió otras veces. Raterías y estafas aldeanas que acababan con él entre rejas.
Con el aquel de invitarle a una cervecita, le fui empujando hasta el final de la barra, lugar que evitaba la parroquia presente, pues estaba cerca de la bajada a los servicios y más de una docena había rodado escaleras abajo embrujado por los efluvios del alcohol. Lugar non grato que me servía pintiparado para mi propósito.
A Sabino se le expliqué de sopetón, sin circunloquios, tal y como se me ocurrió cuando le vi aparecer por el bar.
— ¿Cuántas cervezas te has tomao? Me preguntó sosteniéndome la mirada y frunciendo las cejas.
— A ver si lo he pillao: quieres cargarte a uno que los demás no vemos y que a ti te hace la vida imposible, que escribe por ti y que no se separa de ti ni a sol ni a sombra. ¿Es eso?
Asentí y concluí. — Y que lo que escribe es una puta mierda, para más inri.
Sabino se echó al coleto el zumo de cebada y me instó para que pidiera otras dos pintas. — Mira, Jesús, a mí es que lo de la parapsicología o la telequinesia se me da de asco -me dijo cauteloso, controlando al cliente más próximo- No entiendo de eso. Y tú sabes que si pudiera ayudarte lo haría sin miramientos, como un hermano carnal, como un compadre del alma. De todas formas, a ti que te tengo por un literato serio, aunque sin éxito, eso sí, ¿no te ha dado por pensar que lo que me has dicho es una gilipollez de toma pan y moja?
Y no tuvo más remedio que echar una risita, lo cual le sirvió para excusarse y salir a la calle a fumarse un cigarrillo.
Sabino me dejó sin recursos. Si se lo confesé fue porque él estaba lo suficientemente trasnochado para comprenderme, o eso creía por lo menos. Él, un poeta que no escribía, borrachín habitual del barrio, y que se ponía al mundo por montera sin que le importara un ápice el qué dirán. Me había fallado. Como poeta post mortem, como pronosticaba en todas las barras de bares, intuí su percepción para todos los fantasmas, físicos o volátiles, que habitan en el escritor. ¿Acaso no era su predicción mortal el alegato de un bardo llamado Sabino que esperaba su turno para que Morta cortara el hilo? ¿Acaso no era otro y no él?
La conversación me llevó a una ofuscación que traté de paliar auscultando la pasión de Ulpiano en matar moscas tras el mostrador. Las fulminaba con un golpe de trapo y hacía desaparecer sus cuerpos en las cloacas insondables que fermentaban bajo sus pies, lugar invisible para todos excepto para quien se hallaba en el esquivo final de la barra. Cuando cruzamos las miradas, hizo un mohín que buscaba conchabanza.
Tan sumido estaba en la ausencia de empatía de Sabino y en la matanza de Ulpiano que se me pasó por alto algo que estaba ocurriendo a dos palmos de mis narices: el futuro poeta conversaba con él en la calle envueltos en el humo de sus pitillos. Abandoné el sitio aborrecido de la barra y salí hecho una furia.
— Pero ¿quién coño te crees que eres para hablar también con mis amigos? Dije fuera de sí, zarandeando las solapas de su impecable vestimenta.
— ¡¿Se puede saber qué cojones haces?! -me espetó Sabino, arreglándose la ropa.- Joder, tío, parece que se te va la olla por momentos.
Él me vio venir y se había esfumado. Lo habitual. Puse cara de circunstancias para explicarle a Sabino mi comportamiento.
— Os he visto hablando, no te esfuerces en disimular -comenté más sosegado- ¿No le habrás contado nada sobre mi propósito? Si lo sabe, seguro que es capaz de tenderme una trampa…..Incluso mortal, Sabino.
Arqueó los labios y tiró su colilla catapultándola con sus dedos. — Te vendrían bien unos días de descanso……..O un buen mai al estilo Marley. Te dejo, colega, ya he tenido mi dosis de paranoia por hoy.
Cuando entré en el bar de Ulpiano, fui derechito a la mesa. Se había pedido otra birra y la disfrutaba como si tal cosa.
— Que sea la última vez que hablas con alguien con el que yo acabo de conversar. ¿Te queda clara la advertencia? A la próxima te pego una hostia que te vuelvo la jeta del revés.
Impasible, sorbió la cerveza y me soslayó como por limosna.
Si algo me frenó mis ansias de partirle la cara en ese instante fue porque se me vino a la cabeza Ana y mis dos hijos. Bueno, mis hijos menos, ellos campan a sus anchas buscándose la vida en no sé qué y viviendo a cuerpo de rey de lo que gana su madre. Pero ella merecía un respeto. ¿Qué sería de esta familia sin su trabajo? Pero no sólo eso, que ya era mucho, sino que ella era la más cuerda de los cuatro, si me lo pensaba detenidamente. Yo, mis chapuzas de pintura de antes o mis escritos no escritos que dependían de un ser mentecato; ellos con sus vestimentas y sus manías de jóvenes ociosos zumbándole en la oreja día sí y día también. ¡Demasiado! Ella no merecía que le diera el disgusto de acabar en chirona por darle una buena hostia a ese mamón. No lo merecía, no.
De sopetón me iluminó lo que debía haber pensado antes. ¡Claro, clarísimo! Saltó en mi mollera el contarle a ella lo que pasaba con pelos y señales. Ana era inteligente y podía ponerse en mi situación a poco que se lo propuiera. ¿Cómo no me di cuenta antes? Estaba decidido. Ella no me defraudaría. Y eso es lo que casi siempre me ocurría, que la solución la tenía enfrente y no caía hasta que no me estampanaba de lleno.
Engade Pontevedra Viva como fonte preferida de Google de balde
Mantente informado coas últimas noticias de actualidade.