Son las siete treinta de la tarde. Salgo de casa rumbo a la ferretería a punto de cerrar. Atravieso pitando la calle y, ya con el pie puesto en el bordillo de la otra acera, entre contenedores mugrientos, una voz saluda y detiene mi marcha. La identifico enseguida (bueno, eso creo). Son la intensidad, tono y timbre de mi nombre pronunciado por mi amigo Ramiro, coleccionista de arte antiguo desde hace muchos años, poseedor, al parecer, de piezas de gran valor y con tal bagaje de adquisiciones que ya no podría ni siquiera archivar uno de los trece dracmas del mayor traidor de la Historia.
Le aprecio porque siempre dice lo que siente; nunca se desdice y argumenta todos sus pareceres con actitud firme a la par que mantiene una respetuosa sonrisa cuando te escucha, que pasa a un gesto serio y certero cuando responde mientras sus ojos chispean cercanos cuando pretende aconsejar.
—Carlos, estoy harto —me dice repentinamente—. Todo lo que me rodea me aburre —prosigue—. Camino por los pasillos de casa pisando docenas de carteles de un cine histórico, en el cuarto de baño no te digo... Estoy hasta el gorro. Creo que ya no soy un coleccionista sensato.
Me sorprende lo que dice. Puede que pensar en ir retirando algunos objetos para evitar su deterioro sea el mejor de los remedios.
—No puedo seguir viendo todos los días tamaño insulto a la obra de otros hombres dispuestos a llegar inútilmente a la perfección.
—Mira, amigo, solo en cine tengo decenas de carteles y otras mil cosas. Mírame —dice—, uno solo orbitando este mundo con desgana de vivir entre la misma falsedad de la que, por supuesto, no se libra el mundo del Arte.
—Todo es una falsedad... Ni yo mismo me explico cómo llevo invertido tanto dinero en tantas cosas que solo yo disfruto.
A mí me recuerda al "Principito" en el jardín de rosas.
—Expón —le digo—. Publica una oferta generosa y gratuita, pide el local social "Pedra do Lagarto" y muestra lo que tienes.
Esboza una sonrisa nueva que nunca le había visto.