Calle del Dr. Adrio

02 de xullo 2026

Pepy G. Clavijo recuerda al Dr. Germán Adrio, médico pontevedrés querido por su humanidad, su compromiso con la ciudad y su trato cercano

En el paseo número 4 por las rúas pontevedresas en la TV de Pontevedra, hace ya algunos años, os llevé por la calle que da nombre a D. Germán Adrio Sobrido.

Hoy quiero hacerlo desde Pontevedra Viva, por si alguien no recuerda el anterior paseo.

Fue el doctor Pece Cellier el primero que propuso al Concello que se le dedicara una calle y, en verdad, que lo merecía. A él se unieron numerosos vecinos y así se llama. Es la que va desde la Avenida de Vigo hasta Eduardo Pondal.

Hablar del Dr. Adrio es hacerlo de alguien conocidísimo en la ciudad, no solo por su buen hacer en la dedicación a los enfermos, también por su trato cordial y amigo de todos.

Nació en Pontevedra el 13 de diciembre de 1915. Fue el tercer hijo de los cinco que tuvo el Dr. Adrio Mañá, propietario de uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad, el Colegio X.

En 1930, cuando contaba solamente 15 años, nuestro personaje quiso estudiar Medicina en la Universidad de Santiago, pero no fue admitido a causa de sus pocos años. No obstante, decide hacerlo por libre y obtiene las mejores calificaciones en ese curso y en toda su carrera.

Seis años más tarde, es requerido para tomar parte en la contienda nacional. Al regreso y ya terminada su carrera, trabaja primero como médico del Ejército y después abrirá su consulta en Pontevedra, dándose a conocer por su gran humanidad y su cariño siempre constante hacia sus pacientes.

A la consulta del Dr. Germán no se iba a ver al médico, era el amigo que aconsejaba y recetaba lo necesario para cada dolencia y, cuando el paciente no podía ir al médico, era este el que lo visitaba en su casa.

Trabajó en la consulta de la Seguridad Social hasta el año 1970, en que tiene lugar su jubilación, aunque privadamente seguirá recibiendo a sus enfermos hasta poco antes de su fallecimiento, ocurrido el día 1 de enero de 1994, nueve meses después del de su esposa, su compañera durante 54 años.

Era un hombre amante de su ciudad y de todo lo que acontecía en ella. Fue presidente de la Cofradía de la Vera Cruz y Misericordia durante doce años (1959-1971), la Cofradía que siempre llevó en su corazón, la que con sus consejos y experiencia hizo que, cuando parecía que iba a desaparecer, resurgiese de nuevo y con más fuerza.

Era, también, un entusiasta de las Rutas del Románico, amigo de tertulias, una enciclopedia abierta. Al hablar con él, siempre tenía a flor de labios alguna anécdota de la ciudad; su verbo ameno y cordial hacían de D. Germán un buen contertulio, y así compartió micrófonos en las tardes de los miércoles en Radio Pontevedra, donde su voz era oída con verdadero respeto.

Ya jubilado, un día acudió al Ambulatorio como paciente —aguardó su turno, como un enfermo más, en la sala de espera—, hasta que los que esperaban se dieron cuenta de quién era y lo mandaban pasar delante de todos. Él se niega, pero los mismos, con una gran ovación, le obligan a pasar delante.

Esto nos demuestra la gran persona que era este médico pontevedrés, al que yo recuerdo con mucho cariño, ya que era gran amigo de mi suegra.

Y hablando de ella, un día me llevó a la consulta y, después de subir las escaleras y llegar a la puerta, nos abre el mismo doctor Adrio y mi suegra le dice: «¡Ay, Germán! Vengo cansada como una burra». Y él, con una sonrisa, le contesta: «¡Ay, Milagriños, cada uno se cansa como lo que es!». Era muy simpático.