Un huérfano en un mundo de cínicos. Así es el protagonista de El efecto deseado, la nueva novela de Guillermo Alonso (Pontevedra, 1982), una historia divertida e incómoda a partes iguales que, como gran parte de su obra fija su mirada en aquellos que están en los márgenes.
Su Gaspar, subraya en esta entrevista con PontevedraViva, "es huérfano, pobre, amoral y maricón", un personaje que fue escribiendo sin rumbo fijo porque, según reconoce, "soy un escritor suicida" que escribe "sin brújula", algo que "no recomiendo hacer".
En su ciudad, concretamente en la Libraría Paz, ha presentado este libro con el que, señala el autor pontevedrés, busca que el lector "se divierta leyéndola, que se ría y que se conmueva", porque considera que "cuando la literatura tiene más intenciones que esa, se endiosa".
¿Cuál dirías que ha sido el origen de El efecto deseado? ¿Ha habido alguna situación que te ha inspirado para crear esta historia?
Me suelen inspirar las imágenes, cosas que veo y que me llaman la atención, una escena que parece normal pero tras la que pienso que hay algo inspirador o inquietante. En este caso fue algo que vi en una playa, de vacaciones, hace muchos años.
Era una persona en silla de ruedas, aparentemente enferma, mayor, y a un chico joven que hablaba con ella. Supuse que era su cuidador, pero me fue imposible saber si la persona en silla de ruedas era un hombre o una mujer.
Y pensé: ¿y si el chico que la está cuidando tampoco lo sabe? Qué relación tan extraña y contaminada sería esa. Y los dos se convirtieron en los protagonistas de la novela.
El protagonista, Gaspar, es un huérfano que trabaja para los ricos. ¿Qué te aportaba un personaje de estas características?
Algunas críticas de la novela y algunos lectores han visto en ella un discurso sobre la diferencia de clases, lo cual me hace mucha gracia porque no era en absoluto mi intención, pero está bien porque todo tiene un discurso y una relectura y entiendo que esta se puede dar.
Yo, básicamente, creo mucho en los extremos en la literatura: en colocar a dos personajes completamente opuestos que, en unas circunstancias extrañas u hostiles, se encuentran, se comprenden y se dan la mano.
En este caso, un chico huérfano e idealista que tiene muy poco y unas cuantas personas ricas y cínicas que lo tienen todo. Ambos tienen algo en común: son bastante libres, desde sus posiciones no tienen nada que perder.
¿Cómo sobrevive una persona así en medio de tanta gente poderosa?
Adaptándose, observando, filtrándose, aprendiendo. Es algo un poco animal, de cazador y presa. Me interesan mucho los comportamientos animales. Uno de los libros más fascinantes que he leído últimamente es La inesperada verdad sobre los animales, de Lucy Cooke.
Explica comportamientos y desmiente mitos sobre los animales. Y leyéndolo, los encuentras profundamente humanos. Al terminar la novela me di cuenta de que a menudo describía los comportamientos o movimientos de los personajes comparándolos con los de algunos animales.
Incluso cuando creemos estar fabulando o conspirando, intentando conseguir cosas muy complejas del cerebro humano, respondemos a lo mismo que mueve a una hiena, un tejón o un hipopótamo: queremos conseguir algo. Ellos lo tienen mucho más claro, me dan envidia.

El efecto deseado transcurre entre Madrid y una isla mediterránea, entre la decadencia y el lujo. ¿Ese contraste te resultaba atractivo?
Muchísimo. Supongo que hay muchos tipos de lujo, pero a mí me interesaba sobre todo hablar sobre el decadente, sobre ese tipo de casas que yo llamo de vieja loca millonaria, que es mi tipo de decoración favorito y en el fondo lo que aspiro llegar a ser.
El cochambroso hotel donde crece el protagonista y la casa de la gran señora madrileña en la que acaba trabajando son ambos lugares llenos de secretos y cosas inútiles que, con la mirada adecuada, pueden convertirse en un hogar.
Una vez estuve en la casa de un señor que había ganado muchísimo dinero en la televisión y se había comprado un enorme apartamento con terraza, habitaciones a mansalva y vidrieras de colores en el barrio de Salamanca, en Madrid.
Una vez allí me guió a una habitación pequeña, con una estantería, un sofá donde apenas cabíamos los dos y una mesita de centro y me dijo: aquí es donde yo estoy siempre. Me pareció muy significativo. Al final buscamos una cuevita pequeña, segura y cálida en la que refugiarnos.
Siempre has dicho que te atraen los personajes que están 'en los márgenes', aquellos que muchas veces hasta pasamos por alto. Gaspar es un ejemplo. ¿Por qué?
Porque es huérfano, porque es pobre, porque es amoral, porque es maricón, porque es escritor. Por todo eso junto. Cosas que ya te ponen en otro lugar, que te dan otra mirada sobre las cosas. Me hace gracia cuando me dicen que escribo "novela LGTB" porque mis personajes protagonistas siempre son homosexuales. Qué horror pensar eso.
No, yo escribo con cierta mirada sobre el mundo que es la de alguien que vive un poco agazapado, observador, temeroso y avergonzado. Es la mirada que me interesa. Y no creo que sea exclusiva de personas homosexuales, ojo. Hay algunos heterosexuales interesantísimos y homosexuales que son un auténtico coñazo. Si lo sabré yo, que conozco a cientos.

Es un chico que no se siente querido. ¿Dirías que es el conflicto central de esta historia?
No tengo ni idea de cuál es el conflicto central ni me interesa averiguarlo. Me gusta mucho la literatura como un artefacto generador de ideas, que pueda hacer de catarsis para la mirada y las creencias del que lee y así se diga: vaya, pues para mí esta novela habla de esto o de esto otro.
No me gustan nada las novelas que, de forma explícita, me dicen: te voy a hablar de esto. Buf, pues qué aburrimiento y qué traición. Me has arrebatado el placer de averiguar por mí mismo cuál era el conflicto de esta historia.
El protagonista pasa de ser presa a cazador. Eso va evolucionando a lo largo de la novela. Quizá por el ambiente en el que se mueve. ¿Es la salida natural para su supervivencia?
Sí, y para la supervivencia de cualquiera de nosotros, me imagino. Siempre, siempre, siempre llega un momento en la vida en el que te dices: estoy harto de ser bueno. Se van a enterar. Y ahí dejas de ser presa o, en otras palabras, imbécil. Te puede pasar con la familia, con el trabajo o con un novio cabrón al que decides mandar a tomar por el saco.
También, por eso, decidí hablar de un protagonista muy joven, tiene unos 20 años. Y esa es una edad muy especial, en la que eres un hombre en lo básico pero todavía un poco niño en tus comportamientos y en tu mirada sobre el mundo.
O probablemente digo esto porque yo, con 20 años, era un idiota integral. Y escribir sobre chicos de esa edad es una forma de redimirme por eso.
¿Y qué papel juega la memoria -el pasado de Gaspar, la madre que muere- en la construcción del personaje y en la forma de narrar la historia?
El que juega siempre: el de pura ficción. Gaspar quiere ser escritor, o vaya, lo es, y va entendiendo pronto y bien que la memoria es una narración, una ficción, o para ser claros, una mentira. Con nuestros recuerdos somos comisarios de arte: seleccionamos cuidadosamente los que no vienen bien. Y con esto no me refiero a quedarnos con los buenos, ojo, ¡ojalá!
No, seleccionamos los que nos ayudan a construirnos a nosotros mismos y, a menudo, a justificarnos. Como cuando tenemos un amigo que es un desastre y un bala perdida porque lo pasó muy mal en su infancia. Oiga, pues problema suyo, pero que no me rompa la vajilla cada vez que viene a cenar.

Para no ser una novela de crítica social, hablas de cuestión de clase, de privilegio, de poder...
Entiendo que ese componente lo pone el lector. Y si él ve crítica social en ello, pues a lo mejor está, pero no era mi intención en absoluto. Es posible que haya algunos personajes pintorescos, paródicos, pero no pretendo convertirlos en representantes de un conjunto entero.
Lo hago porque esos personajes dan lugar a escenas divertidas, risueñas, que me apetecía escribir. Si para ello algunos de ellos tienen que ser clasistas, racistas o unos cabrones de mala entraña, que lo sean. Pero no pretendo decir: él y todos los que son como él son así. Para nada.
A lo largo de trama también se abordan ámbitos más personales como la identidad, la soledad, el deseo o la sexualidad. ¿Es difícil evitar las etiquetas o no caer en estereotpos?
Supongo que todos somos puro estereotipo, que hay como diez o doce tipos de personas, de cara, de cuerpo y de forma de ser en el mundo y todos caemos en alguno de esos conjuntos. Pero luego la gente te sorprende.
¿Cómo se planea una historia así? ¿Tienes un planteamiento rígido que vas moldeando a medida que vas desarrollando la trama o prefieres escribir con más libertad?
No, soy un escritor suicida. Nunca sé hacia dónde va la historia, escribo sin brújula, una cosa que no recomiendo hacer. Mi problema es que cuando he intentado formar una escaleta para contar una historia conociendo el camino me he acabado aburriendo.
Prefiero que los propios personajes cobren vida, me hablen y empiecen a tomar decisiones autónomas. Lo cual no quiere decir que no me preocupe la estructura: digamos que escribo sin rumbo, pero intentando que ese camino sin rumbo siga el formato de una historia que tiene giros, sorpresas y sus actos bien ordenaditos.
¿Cómo lo consigo? No tengo ni puñetera idea, la verdad. Es probablemente que en realidad ni lo haya conseguido pero, en todo caso, parece que funciona. Que la gente me dice: parece que tú sí conocías el final. Pues no.
Tu estilo mezcla humor, melodrama, situaciones absurdas, muchos giros... Es una novela que, sin duda, entretiene. ¿Alejarte de una mayor seriedad era necesario para esta historia?
Nunca es mi intención mezclar drama y comedia, pero mi intención sí es plasmar un poco la vida real y en la vida real ocurren todo el rato cosas tristes y trágicas pero también cosas absolutamente divertidas, impredecibles y encantadoras.

¿Qué esperas que suceda en el lector después de leer esta novela? ¿Qué efectos deseados esperas conseguir en ellos?
Que compren muchísimas copias, cada uno 20 o 30 para regalar a sus amigos y seres queridos, y que se tengan que imprimir cientos de miles de ejemplares más y se acabe traduciendo a 100 idiomas y yo me haga millonario como se hizo García Márquez.
Y si eso no puede ocurrir, que lo cierto es que sería mi intención principal, pues simplemente que se diviertan leyéndola, que se rían, que se conmuevan. Creo que cuando la literatura tiene más intenciones que esa, se endiosa.
Un ensayo sobre Michael Jackson, un libro de relatos y, ahora, una novela con tintes picarescos. Has mostrado una versatilidad asombrosa. ¿Qué será lo próximo? ¿Hay algún tema o algún género en el que te gustaría probar?
Mis autores favoritos escriben la misma novela durante toda su vida. Los lees y piensas: vaya, es igual que todas las anteriores, pero esta vez la ha escrito mejor, ¡no puedo esperar a volver a leerla cuando la vuelva a escribir! Mi intención también es esa: escribir siempre la misma novela y hacerlo cada vez mejor.
¿Y te gustaría, conociendo tu querencia por el audiovisual, que alguna de tus historias se convirtieran en película o en serie?
Por supuesto. Si nada se tuerce, es posible que pronto ocurra con mi primera novela, Vivan los hombres cabales, y espero que las dos siguientes, Muestras privadas de afecto y esta, El efecto deseado, sigan el camino.
Sobre todo porque creo que son muy cinematográficas, soy de esa generación de escritores que hemos crecido inspirados no solo por textos, sino por imágenes, y por lo tanto muy adaptables. Bueno, y porque quiero hacerme rico, claro.
¿Presentar tus novelas en Pontevedra te impone más o, al contrario, te sientes más arropado?
Me impone porque viene mi familia, o lo que queda de ella, y me digo: Guillermo, no repitas aquí los chascarrillos sobre cocaína y sexo anal, que han venido las amigas de tu madre.
Además de esta faceta literaria, en 2023 recibiste un Premio Ondas por el podcast Arsénico caviar. ¿Qué he aportado este proyecto? ¿Te gustaría seguir por esa línea?
El podcast ha creado una comunidad de seguidores pequeña pero fiel que me hace muy feliz. Son gente que comprende el sentido de humor negro e incorrectísimo del proyecto y no se escandaliza, lo cual me da muchísima esperanza en el mundo.
Y, por supuesto, me ha permitido ganar lectores que como por el motivo que sea están muy interesados en las cosas que yo digo, Dios sabrá por qué, se han acercado también a mis libros.
A mí siempre me ha encantado escuchar la radio, así que que de repente a todo el mundo le guste escuchar podcasts, dejarse acompañar por voces ajenas que no callan mientras ellos están en el gimnasio, en el metro, haciendo footing o cortando cebollinos, me encanta. Y si mi voz les gusta y les acompaña, pues miel sobre hojuelas.